Por Dra. Constanza Gómez-Rubio y Dra. © Nicole Mazzucchelli*

Llevamos algunos años trabajando con mujeres mayores e investigando sobre vejeces femeninas. En este contexto, hemos presenciado el poco interés que han tenido much@s profesionales y académic@s, por las problemáticas de las personas mayores, más cuando nos referimos a ellas, las mujeres mayores. Básicamente, esta situación se expresaba en dos fenómenos: el primero se relacionaba con la homogenización de la vejez, vale decir, con tratar a las personas mayores como un solo colectivo, con características universales, y generalmente asociadas a lo masculino. El segundo fenómeno, era la escasa producción feminista respecto a las vejeces. En este sentido, las feministas hemos ido abordando diversas problemáticas que nos han aquejado durante años como mujeres, principalmente centradas en la etapa reproductiva, donde las vejeces femeninas no fueron causales de interés y entusiasmo hasta entrada la década de los ´90, donde comenzó un desarrollo incipiente, que se ha ido robusteciendo los últimos años. Si bien Simone de Beauvoir(1) en su libro “La Vejez” -en los 70´- ya nos advertía con lucidez que el envejecer femenino arrastraba mayores brechas, porque a las mujeres se les despojaba de toda valoración social al encarnar un cuerpo envejecido y carente de atractivo, el interés por las viejas siguió navegando en la periferia. Si bien hoy en día las producciones feministas son robustas, y tensionan el conocimiento androcéntrico, la Gerontología Feminista sigue siendo desconocida, constituyéndose silenciosamente desde los márgenes.

 

En paralelo, y de forma paradojal, nos llama la atención cómo las personas mayores, esos mismos sujetos ignorados y excluidos de lo público, se han convertido durante la pandemia por COVID19 en trending topic, por ser considerados el grupo de mayor riesgo. Hoy son objeto de interés en las producciones científicas-académicas, en las discusiones mediáticas y en los discursos de diferentes actores políticos en torno a las medidas de control epidemiológico. Pareciera ser que tod@s tienen y deben decir algo sobre las personas mayores, sumergiéndonos entonces en un juego narcisista y competitivo que contabiliza quiénes aparecen de forma más recurrente en las redes sociales, qué contenidos impulsan, y cuántos like logran conseguir. Así, en este contexto de incertidumbre frente a la magnitud de la crisis sanitaria, las personas mayores se convierten en objetos de consumo mediático, pues sobre ellas se habla, se regula, se disciplina, y las mujeres comienzan a ser cada vez más visibles.

 

Los efectos mediáticos no son desconocidos en el feminismo, pues éste ha estado en la palestra en los últimos años, y cada vez con mayor fuerza se ha convertido en objeto de consumo. No sorprende cómo el capitalismo -amigo y fiel compañero del patriarcado- ha hecho una apropiación de las luchas feministas a favor de él, emergiendo así una serie de productos publicitarios que en nombre del feminismo llenan sus arcas. Ahora bien, si conjugamos los efectos de la pandemia en los discursos mediáticos y académicos sobre las personas mayores, con la apropiación que ha hecho el capitalismo del feminismo, tenemos la instauración de “temáticas de moda” que emergen sin ninguna responsabilidad ética y sin incluir un conocimiento respecto de las mujeres mayores, ni mucho menos contando con ellas. Esta emergencia no regula el contenido, las formas, ni los efectos que se producen, siendo una situación del todo grave, pues puede incrementar los prejuicios y mitos en torno a las mujeres mayores, volviendo a cosificarlas, esta vez desde su ciclo vital.

 

Con gran sorpresa, nos hemos encontrado con profesionales y organizaciones que de un día para otro han “descubierto” que existen ellas, las mujeres mayores; que existe el trabajo doméstico y de cuidado, y, sobre todo, que han dado con un nuevo nicho de mercado. Así, las mujeres vuelven a ser reducidas y consideradas objetos, sobre los cuáles se construyen representaciones, juicios y consumo, muchos de los cuales, incluso, se hacen en “nombre” del feminismo. Pero ¿qué sucederá cuando pase la pandemia, cuando ya no esté de moda hablar del COVID-19? ¿qué sucederá cuando ya no sea rentable hablar de feminismo para aparecer en los medios de comunicación o para vender productos? No tenemos la certeza de lo que ocurrirá, pero sí consideramos relevante advertir que los discursos que se están instalando sobre las vejeces femeninas pueden continuar universalizando las experiencias de envejecer y promoviendo así nuevas formas de normativizar los cuerpos. A su vez, nos preocupa que los discursos -en nombre del feminismo-, se centren excesivamente en las brechas y desigualdades, sin hacer una lectura compleja de las múltiples formas de ser mujer mayor, y de las trayectorias e intersecciones que las constituyen.

 

Entonces, frente a la pregunta ¿tod@s debemos hablar de las mujeres mayores a propósito del COVID-19?, o si ¿tod@s podemos hablar de otr@s, sin incluir sus voces? Nuestra respuesta e invitación es ir más allá. En primer lugar, debemos respetar a las mujeres mayores y disponernos a escuchar sus experiencias. En segundo lugar, debemos reconocer esta pandemia como una oportunidad para que l@s profesionales de distintas disciplinas conozcan los aportes que se han desarrollado desde la Gerontología Feminista, dando cabida a los discursos de las mujeres mayores, a las personas que desde ahí producimos conocimiento crítico, a los trabajos y estudios que se han realizado. Desde allí pueden contribuir comprometidamente a la temática, y dialogar hacia vejeces no normativas, y diversas.

 

Si no avanzamos en esta línea, las mujeres mayores nuevamente serán mercancías del consumo mediático y académico. Su efecto, será el desplazamiento de las mujeres mayores a una calidad inmaterial, que anula sus experiencias y opiniones sobre lo que acontece, siendo invisibilizadas y reducidas a objetos de consumo de diferentes sectores sociales. Cómo diría Luce Irigaray(2), la mercancía como forma básica del poder del capitalismo, ubica los cuerpos femeninos como valor de cambio, no teniendo valor en sí mismas, sino en la producción que los hombres hacen sobre ellas. Este es uno de los riesgos que hoy estamos enfrentando, a través de la cosificación de las mujeres mayores desde el consumo mediático, y frente al cual como feministas debemos actuar.

 

  1. de Beauvoir S. La vejez. Buenos Aires: Editorial Sudamericana; 1970. 1–678 p.
  2. Irigaray L. Ese sexo que no es uno. Madrid: Akal; 2009.

 

*Constanza Gómez-Rubio es terapeuta de Mujeres y gerontóloga feminista. Doctora en Psicología Social, Universidad Autónoma de Barcelona. Magister en Estudios de Género y Cultura, Universidad de Chile. Psicóloga de la Universidad de Chile.

Nicole Mazzucchelli es trabajadora social Feminista, doctora (c) psicología social UAB y PUCV, investigadora.

1 comentario

  • Muy interesante y agradecida por comentar sobre el tema de las mujeres mayores. Ustedes hacen que se nos visibilice en esta sociedad machista. Tenemos mucho que decir. Felicitaciones.

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