Por Daniela Fernadez*

Pasé el año nuevo sola y no fue un desmadre de tristeza. Lloré como corresponde llorar un ciclo que se va, disfruté más de lo que me hubiese imaginado. Con la promesa de ni una sonrisa falsa, ni una preocupación ajena, ni una presión por el disfrute. Deseé que ojalá todes tuvieran esta oportunidad alguna vez en la vida, los ovarios pa atreverse, y agradecí por ser humanamente inconforme, feliz cuando corresponde y triste también.

Las fiestas nos llegan como mandatos a veces, que a ratos nos desafían, nos incomodan, como cuando aprendemos a saltar la cuerda, con experiencia podemos meternos, juguetear y salir, sin que el cordel deje de dar vueltas. Ya estoy en momento de ser la fiesta y no que la fiesta me marque el paso.

Los días previos estuvieron llenos de incertidumbre, de mucha presión, de ese TENER que celebrar. De mucha gente acercándose pa festejar más en mi casa que conmigo, de mucha invitación que mi cuerpo cansado no terminaba de cuajar. De afectos que amo, pero no cuadraban con mi momento, de desarme y arme, de este momento tan lleno de mí, tan lleno de ahora. De excesivos o nulos cuidados covid. De cansancio. De conversas y desafíos.

Quería estar tranqui, rodeada de amor ¿quién mejor que yo ahora pa darme ese amor? ¿Cómo será atreverse? Me preguntaba una y otra y otra vez. Siempre me ha dado ansiedad estar sola, este año lo terminé de aprender. Con llanto y lágrimas, con risa y goce. Fui mi mejor profesora. Me alejé y me acerqué, con un egoísmo que a los corazones cáncer nos cuesta tanto. Que los ascendentes sagitario, como yo, la vacilan en manada, no solas

¿Cómo nos compartimos libremente si tememos estar solas? Me pregunté sin parar el 2020. El desafío, se volvió escuela y mi cuerpo colegio. La hice y esta era mi ceremonia de cierre. Elegí por mí, cagada de miedo, como si este día que no es nada y es al mismo tiempo, me fuera marcar de cierta forma. A mi corazón cáncer le afecta más la luna llena que el fin de año, pero rescato el sentir de cambiar de número, de esa necesidad de efervecer pa cambiar el calendario.

«Elegí estar sola», escribí y lloré un poco, de emoción, como cuando ponen la canción cebolla en la graduación de cuarto medio. Con nostalgia de lo que queda atrás y orgullo de lograrlo. La tecnología me trajo una quema de 2018, según yo de ese entonces, el peor año de mi vida. Donde me accidenté, dejé de caminar, interminables terapias, llegó Piñera, inicié una denuncia de maltrato laboral, me echaron y quedé sin pega. Quemé ese año, pidiendo que la vida se llevara todo lo que me hacía mal. Algo aprendí a la fuerza: las brujas debemos cuidar lo que deseamos, el 2019 fue un vómito de aprendizaje, de llevarse cosas con fuerza, de traerme a mí, de construir camino, que en 2020 no paró. Los años no se clasifican aprendí, mientras me paraba en mi escenario viendo ciclos, disfrutando mi cuerpo, que una vez estuvo herido, ya curado. Con la certeza de estar enchufada recargando las últimas barritas. De estar cerrando. Y viendo que realmente prefiero años de mierda llenos de sentir, a la llanura de la pasividad inmóvil. Como bañarse en mar con olas: a veces raspa, a veces duele, pero puta que es rica la sensación tras el baño y tanto goce entre medio. El agradecimiento al cuerpo alerta que te mantuvo a flote, saborear los labios salados, mirar la piel enrojecida y apretada. Elegí quitarle esta fecha al mercado, me elegí a mí. No libre de contradicciones y sentires. No libre de aceptar lejanías e intencionar otras.

Guardé esta decisión como un secreto na de discreto, porque es muy fuerte la tristeza que genera en otres la soledad, la cara que ponen las personas al decir que quieres estar sola, con un sentir que no viene por el mandato de competir y gastar individualmente, pero sí por parar a construirte. Las dudas que se delizan: de amargada, de triste, de grave, de extrema, de tantas cosas. Hay un acto revolucionario al elegirse, al vivirse, al desearse, al ser nuestra mejor compañera.

La soledad es triste cuando no tienes opción (tal vez), eso es quizás abandono, pero ¿cuántas cosas más no son tristes en la vida? Estar sola es un ejercicio de poder, de pensar, de invocar tus fuerzas, de conjurar y organizar resistencias, a la vida, al gobierno, al mal amor o lo que sea. Elegirse es un acto de amor, que no cabe en el capital y yo soy mis propios experimentos anti sistema.

Que he bailao arriba de la mesa, he bailao. Que he pegado mi cuerpo, repartido besos, me dejado llevar por el beat, el mar, la playa, las luces o terminado en el baño por los tragos de más, lo he hecho. He quemado, he tomado, he abrazado, y pucha que he bailado. Y este año, hice mucho de eso sola y fue bakán, ojalá todes lo hagan algún día. Sentarse con nosotres susurrando al oído, en paz. Con la certeza que seguirás quemando, tomando, abrazando y compartiendo. Como, en mi caso, solo una sol en cáncer y ascendente sagitario sabe quererla y disfrutarla.

La gente siempre me ve como brígida cuando digo que vivo sola en casa esquina, yo veo menos que temer a este lugar que amo, que en otros sitios . Pero pienso ¿y si soy así de brígida pa esta sociedad que no se atreve a la soledad? Y me río. Conozco a tantas brígidas que admiro y juego a serlo también. Y la verdad es que sé que lo soy en gran manera y me admiro también.

El primer día del año, mi vecina me gritó por el muro pa que me asomara. Yo apoyada con mis dos brazos en la pandereta, ecuchaba su separación y entendí que a veces ser la brígida es necesario, porque nos animamos a serlo, vemos a esas brígidas, que ahora era yo y como ella misma dijo, vernos permite saber que hay otras que se eligieron, que se compartieron y volvieron a elegirse y las admiramos, nos admiramos. Nos animamos a no necesitar dolores y así, desde el muro, prometimos acompañarnos. Me gradué de brígida quizás, cerré tanto, que abrí mil cosas. Es brígido que nosotras, las con A, decidamos por nosotras con fantasmas de egoísmo. El resto trata de traerte, de empujarte, de hacerte recapacitar, te mira con ojos agudos y gargantas apretadas. Perseverar las convicciones resulta necesario. Porque aprender a estar sola, te da libertad.

Ser más libre es gozarse. Gozarse es compartirse con liviandad. Y eso es profundamente poderoso. Bienvenidos los yo quiero de año nuevo, el orgasmos necesarios, las despedidas añoradas, las lágrimas, las risas, el compartir el cuerpo y las ganas. Compartir la casa y los deseos con otres y con nosotras mismas. Feliz 2021 me dije y no fue un deseo, fue una certeza, como sé también que no será perfecto.

*Daniela es periodista feminista, activista y defensora de los Derechos Humanos. 

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