Recuperar la palabra

*Por Selva María Etcheverry Guerin

La violencia de género se manifiesta como una multitud de casos que, acorde con las normas legales, deben ser atendidos y procesados en el sistema institucional.

Sin embargo, una vez denunciados los hechos de violencia, el propio sistema hace pedagogía sobre la dificultad y las trabas que encontraremos al intentar romper el estado de las cosas. Y lo hace con todo tipo de recursos porque, en la medida en que su precepto es irracional, los esfuerzos para mantenerlo vigente deben extremarse.

Instituciones de todo tipo cooperan en este sentido, un juez redactando su sentencia, el periódico que elige la redacción de sus titulares de prensa, un ministro de educación que impone por resolución oficial la derogación de la perspectiva de género, iglesias que desde los púlpitos organizan hordas de linchamiento en base a discursos apocalípticos, etc. En este esquema de cooperación se difunde el miedo fundado en mentiras, y se estabiliza la situación de violencia a través de una repetición de frustraciones y sensación de impotencia de las víctimas.  La confusión y el miedo son parte del sustrato donde la violencia se mantiene y se fortalece.

En esta confusión, nuestra decisión de luchar contra la violencia de género y otras formas de violencia estructural se orienta a desvelar las mentiras, disipar las confusiones y exponer la realidad de la vida de las mujeres en esta sociedad, buscando un análisis propio y genuino que oriente una acción colectiva emancipadora.

Pero no podemos recurrir a la misma estrategia que los opresores para lograr tal resultado. No deberíamos buscar evangelizar desde nuevas liturgias, no deberíamos generar la demanda de nuevos intérpretes externos que expliquen nuestra situación, necesitamos desinvertir la propia estrategia utilizada por la hegemonía para mantener el status quo. Si la defensa de los privilegios se nutre del monopolio de la palabra, nosotras debemos trabajar por socializarla.

Recuperar la palabra, como herramienta de desconstrucción y construcción de saberes y experiencias. Recuperar la palabra de la propia comunidad, allí mismo donde la violencia hace mil pedazos la vida de las personas, allí donde quedan esparcidas las piezas del rompecabezas de nuestra realidad. Los fragmentos de la realidad están allí, a disposición de quien las reclame.

Cuando los reclama el opresor los une mediante discursos que esbozan una explicación taimada, inconexa y mentirosa que sólo sirve para confundir, construyendo aún más dolor, sufrimiento e impotencia. Cuando las palabras son del dominador, nos guía con ellas a más violencia. Cuando estas palabras aparecen, ya construidas, mediadas por el discurso dominante en el espacio comunitario crean una ficción que desautoriza y envía al silencio a la propia comunidad.

Recuperar la palabra para el barrio, para el local de trabajo, para el espacio de recreación, para la escuela es devolver a las propias personas que padecen la violencia una herramienta para organizar su propia reflexión y, a partir de ella, planificar su intervención en esa realidad que les agobia y de la que auténticamente desean liberarse.

El planteamiento pasa por la necesidad de desarrollar el escenario del debate comunitario, colocando como actores protagónicos del análisis a aquéllos que sufren y conocen desde adentro la violencia en el día a día.

Asumir que las respuestas no serán dadas, que debemos buscarlas nosotros mismos, es desorganizar el silencio, ese silencio que se construye con espectadores a quienes se les presentan, ya hechas, propuestas que responden a intereses casi siempre contrarios a los suyos.

Recuperar la palabra es, en última, apostar a construir comunidad, a recuperar los canales de comunicación del conocimiento y de los vínculos con aquéllos con quienes convivimos en la misma realidad, recuperar las preocupaciones por los problemas comunes, recuperar los lazos que nos dan protección y fuerza para transformar la realidad.

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