Capitalismo y patriarcado un solo ♥

* Por Anilla

2017.12.21 El capitalismo nos exprime el corazón - Omar Sanabria
Ilustración: Omar Sanabria

Leí las noticias del feminicidio de Sabryna Breuer con todos sus detalles macabros, veía como se mencionaba reiterativamente que su marido, golpeador y femicida es un empresario, el empresario Gerardo Stadecker, esta caracterización que pareciera casi un detalle dentro de la trama de la noticia me llevaba constantemente a preguntarme ¿empresario de qué?.

La noticia dejó en shock a la opinión pública, un brutal femicidio que involucra a una “familia de bien” de la burguesía asuncena. La mayoría de las noticias sobre violencia de género y feminicidios brindan todo tipo de detalles sobre los involucrados víctimas y victimarios, su nombre completo, número de documento, edad, barrio de residencia, profesión, número de hijos. Estos detalles se contrastan con la carencia de análisis sobre el contexto o las causas estructurales de esta violencia cotidiana convertida en costumbre nacional. Esta ausencia de mirada crítica, en contraste al exceso de detalles morbosos e innecesarios sobre la identidad de agresores y agredidas alimenta la construcción arquetípica y los prejuicios sobre el contexto donde ocurre la violencia y los perfiles de lxs involucrdxs. En el imaginario del sentido común hay un fuerte sesgo de clase, de que se trata de familias de la clase trabajadora, con poca instrucción, que se dedican al trabajo informal y habitan barrios de la periferia urbana.

Investigando me encontré con el perfil de Linkedin de este empresario, que detalla de qué es empresario el femicida Gerardo Stadecker, se dedica nada más y nada menos que a la exportación de commodities agrícolas, soja para ser más precisa y a la importación de bebidas y alcoholes entre Paraguay y Bolivia.

Esto que parece un detalle, no es un dato menor, porque este modelo del que exitosamente Stadecker formaba parte constituye una forma de producir que considera que la naturaleza, incluidos los seres humanos como especie dentro de ella, y concretamente ciertas seres humanas que somos las mujeres, somos objetos, meros medios de producción sea de commodities agrícolas, de hijos/as, de placer sexual o de cualquier tipo de actividad humana convertida en mercancía y servicio obligatorio que los hombres blancos, que comandan este modelo, requieren para perpetuar sus privilegios.

Es decir, este femicida, en particular, es parte del modo de producción más expoliador y violento a escala mundial, en el que Paraguay está inserto con una función particular, un modelo económico que cuesta cada día y cada hora la colonización y destrucción del territorio, de la naturaleza, de las personas y muy concretamente de las mujeres y los niños/as. Un modelo en el que 38% de las mujeres que trabaja la tierra en Paraguay, carece de ingresos propios, en comparación a un 15% de los hombres. Un modelo donde 55% de los hogares rurales con jefatura femenina viven en la pobreza y un 35% en la indigencia (Oxfam, 2016).

Este modelo capitalista agroexportador que se nos presenta como la panacea del éxito al que todxs debemos aspirar (siempre y cuando nuestras aspiraciones sean en el marco de los roles de clase, género y raza que nos asigna este sistema) nos está llevando a relaciones y vínculos cada vez más violentos e inhumanos. Un modelo que mide nuestro valor como personas en base a nuestra capacidad productiva, una capacidad artificialmente creada y llevada al límite de los cuerpos y de la naturaleza, a través de todo tipo de drogas y estimulantes sintéticos (desde el azúcar hasta la cocaína pasando por el alcohol, rubros de alta rentabilidad para los empresarios importadores y latifundistas).

Los detalles sobre como construimos una noticia, como tejemos una explicación, como elaboramos un duelo, como procesamos nuestros miedos, anhelos y frustraciones como sociedad son importantes. A este sistema conviene que no cuestiones los “detalles”, que no cuestionemos a quienes benefician estas formas de trabajar, producir, habitar y amar. La violencia fundacional de este sistema tiene su correlato en cada hogar, en cada familia, en cada persona que habita esta tierra y nos exige movilizarnos, rebelarnos, organizarnos por Sabryna, por todas las mujeres asesinadas y maltratadas, porque las familias campesinas puedan seguir cultivando, porque lxs trabajadorxs no necesitemos alcoholizarnos para aguantar la depresión post jornada de trabajo y porque los perpetradores importadores de la cocaína y los venenos que nos matan no sigan dirigiendo nuestros destinos como sociedad.

 

 

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