Hipervigilantes en la alianza criminal: patriarcado y capital

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* Belencha Rodríguez

Recientemente, estuvimos conversando entre las mujeres más íntimas de la familia y como siempre,  haciendo catarsis sobre la adaptación de nuestras personas feministas en un mundo de machos, descubrimos un patrón respecto a ciertas conductas desarrolladas alrededor de los varones de nuestras vidas. Todas mencionamos que en cierta medida hemos sentido una ansiedad desmedida desde cuando debíamos ser anfitrionas de eventos hasta desarrollar las tareas domésticas más simples del mundo -que nos tocaban por ser minas- y que nos sometió a un estado de estrés cuando tenemos que pasar  tiempos comunes con ellos, nuestros hermanos y padre hetero-normados de creencias cristianas y súper bien estructurados en la coyuntura socio-económica.

Hablábamos del estado ansioso en el que entrábamos inconscientemente cuando mi padre llegaba del trabajo o mis hermanos preguntaban por sus cosas perdidas como zapatillas, llaves, etc. Notamos que sin pensar y como acto reflejo las mujeres entramos a una hipervigilancia. La hipervigilia o hipervigilancia se refiere a un estado psicológico de mayor sensibilidad sensorial acompañado de una exageración en la intensidad de conductas cuyo objetivo primordial es detectar amenazas (google), lo que vuelve ale sujete más irritable de lo normal, y en este caso, las sujetas mujeres de la familia. La hipervigilia no es un concepto ajeno a las madres o cuidadoras, mujeres o “anfitrionxs”. No es algo que sucede atípicamente y no está de ninguna manera desvinculada a la estructura patriarcal ni a la atribución de los roles sociales. Si bien se entiende que pueden existir variables biológicas o instintivas que despiertan estas condiciones, no nos enfocaremos en esa perspectiva ni en la mirada psicológica propia del estado. Comentaremos lo que implica estar hipervigilantes dentro de una familia patriarcal machista de metas individualistas y cómo nuestras vaginas de nuevo interfirieron en el peso extra que añade este concepto a la vida de las chicas.

Uno de mis hermanos suele comentar en forma de anécdota cómo mi Madre y mi Abuela dejaban absolutamente todo lo que hacían en el momento para calentar el alimento o incluso enfriarle la sopa para que coma sin problemas. Imagino y recuerdo los momentos previos a la hora de almorzar y las escucho al cerrar los ojos… Aparte de cocinar, limpiar, lavar, organizar, administrar y demás, las dos mujeres mayores de mi vida entraban a ese estado estresante cuando escuchaban los autos estacionar o mi Padre cruzaba el patio porque tenía la oficina al lado. La ansiedad que sentían era contagiosa y todas sentimos los cuellos tensos para que todo esté bien para y por ellos: los eternos proveedores. En este punto, colgarse de los valores monetarios y conceptos socio-económicos para medir una situación que efectivamente era brusca me parece absurdo, sobre todo porque estoy comentándoles un suceso dado aproximadamente a los 25 años de uno de mis hermanos.

Pienso en mi Madre y mi Abuela. Pienso en las comodidades y los privilegios de tener el uniforme planchado y el tupper lleno de comida a las 6 de la mañana para mi otro hermano. Pienso en las piernas cansadas de Mamá y la ansiedad de mi Abuelita la noche anterior pensando en qué lo que podría prepararle a mi hermano de almuerzo y que no se aburra de su menú. Pienso en la hipervigilia como herramienta facilitadora del continuo del machismo y capital. Pienso en que todo lo que pienso tal vez sea absurdo pero cuando las ideas calzan no me parece descabellado el análisis. Creo que uno de los errores que tendemos a cometer como seres pensantes es entender a la explotación y a la opresión como conceptos meramente socio-económicos y con esto, le sacamos la humanidad a estas palabras y no las dimensionamos como posibles variables dentro de nuestra cotidianidad. Nuestras madres y abuelas fueron personas íntegras y propias de ellas, con metas y objetivos truncados, sólo que algunes nos dimos cuenta de ello un poco tarde. Duela a quien duela, vivieron -en mi caso- todas sus vidas en función a les demás y como extensiones de otras personas.

Uno de mis cánticos feministas favorito y cantado dice “patriarcado y capital, alianza criminal” y no puedo evitar relacionar todo lo arriba mencionado a esa frase. Si bien el sistema capitalista trajo consigo la incorporación de las mujeres a lo libre en lo laboral y desde una necesidad salida de la economía capital, omitió la valorización real del trabajo doméstico y naturalizó los deberes de cuidado y la administración del hogar desde una perspectiva secundaria para el propio sistema que no puede moverse sin esclavas domésticas. Cumplimos papeles de segunda pero somos esenciales, el crédito se lo lleva el proveedor y quien maneje el capital, una vez más denotando contradicciones que mueven sus ejes a favor de los varones. Entiendo que existen muchísimos hombres incapaces de relacionar la pobreza de las mujeres con la realidad casera de sus vidas, pero es indiscutible que el aliado mayor del patriarcado es el sistema capitalista, a su vez aliado con lo religioso (que explayo en otra entrada porque lo merece). Nos sacó de lo privado para llamarnos “libres” pero nos introdujo oprimidas a un sistema en el que nos toca el triple de trabajo pero un nulo valor capital; tensas, nerviosas, exhaustas y trabajando en silencio.

Pienso en mi vida y la vida de mis hermanas, amigas y demás mujeres. Pienso en que somos nosotras nuevamente las que tomamos las realidades por las astas y las adaptamos a estos tiempos. Pienso en la desproporción deshumanizante de los recursos, de los medios, de los amores, de la plata e incluso del tiempo. Pienso en cómo funcionar ante el sistema que nos oprime y en cómo puedo no repetir la vida de mi Madre o de mi Abuela y ser realmente libre y estirar conmigo a la mayor cantidad de hermanas posible. Me congelo al pensar en los suspiros de mi Madre y lo tenso de su cuerpo antes de que lleguen ellos, los proveedores y trabajadores de la familia. Tiemblo. Tiemblo ante lo oscuro de la alianza y lo violento de estar en un estado de hipervigilancia ante la presencia de los hombres de mi casa o de mi vida inicialmente nuclear.

Tiemblo, lloro, pero no me quedo quieta y voy a usar mi testimonio de vida, mi voz, mis dedos y mi cuerpo como estamentos políticos. Debemos entender que el momento histórico en el que estamos situadas como feministas latinoamericanas implica un accionar en todos los frentes posibles. No sólo el ámbito laboral, ni el académico, ni el económico, ni el político, ni el relacional, ni lo extrínseco, sino debemos analizar y tratar de vivir un feminismo desde lo intrínseco de nuestra esencia de mujer en todas las aristas de la vida. Que el cuello se nos tense al lidiar con los hombres es densísimo. Que entremos a un estado de estrés con la sola idea de compartir con varones es alarmante, pero sería peor no identificar estas “pequeñeces” y seguir con estas prácticas tratando de vivir externamente una vida feminista. Debemos dejar de estar hipervigilantes ante las necesidades de los machos, ante las extensiones que también nosotras tejemos. Debemos, así también, ser pacientes con este tipo de ejercicios. No es insignificante o simplemente evitable reconocernos o reconocer a nuestras madres y abuelas como víctimas de la violencia estructural ejercida por el sistema capitalista-patriarcal. Todo quiebre ideológico implica un proceso, y algunas compañeras ya lo han descubierto, lo difícil de la desestructuración empieza en lo cotidiano, en los pequeños actos y las “pequeñas emociones” de la vida diaria.

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