Participación política en tiempos de revolución feminista

*Por Solana Lopez

En el mundo crece una revolución. Nada será igual ni sencillo. Los desafíos son siempre un laberinto a atravesar que nos enseñan cada vez acerca de la naturaleza de perderse y buscar salidas sobre caminos que otres han enredado y desenredado.
Nunca se trata de resolverlo solxs aún en la soledad de la desorientación.

Los desafíos están centrados en la capacidad que vayamos desarrollando de vincular nuestro proceso transformador y descolonizante en la práctica política.
Para ello es necesario constituir una ética que nos atraviese todo nuestro acontecer basada en un Pacto, como manifiesta la antropóloga Marcela Lagarde, un pacto entre feministas, entre mujeres, entre quienes sostenemos identidades y luchas en el carril de los géneros contra la opresión. El valor fundamental de poder establecer un marco ético está en la dimensión global de nuestra praxis como dinamizador del poder vital que estamos dispuestxs a desplegar en la ofensiva antipatriarcal y por consiguiente antimperialista y anticapitalista.

La sororidad es el eje principal de esta construcción ética política del feminismo, esa particular vinculación con el otre que se basa en una complicidad entre pares en la búsqueda de las transformaciones necesarias para que se materialicen las igualdades.
Hace a la lucha antipatriarcal, a su desmontaje y a nuestra deconstrucción de todo aquello que aún nos ata a los sectarismos, propios de la esencia misma del capitalismo y del patriarcado. La mirada empática entre compañeras, no es un ideal romántico, es un principio necesario a la ética feminista.

La participación política de las mujeres requiere de nuestra voluntad consciente y organizada como feministas de ejercerlas desde otras lógicas, métodos y paradigmas. Ser creativas incluir otras dimensiones silenciadas, ocultas o mutiladas y que hacen a la condición humana. Las emociones, el cuerpo, la temporalidad, el goce, la subjetividad e intersubjetividad y la solidaridad. Todas ellas son resultantes de las experiencias de sujetas colectivas en la tarea política transformadora.

Una Revolución es un proceso contradictorio en tensión con ensayos, aprendizajes y ante una resistencia del poder opresor que se expresa de múltiples maneras y encarnado por todos quienes se vean en peligro de la pérdida de sus privilegios, más allá de los proyectos políticos a los que pertenezcan y claramente encabezado por el imperialismo.
La pregunta es cómo hacemos para avanzar ante esta realidad tan adversa, porque la gran paradoja es que la revolución feminista se produce en un momento de ofensiva imperialista en el mundo.

Justamente de lo que requiere esta realidad es del fortalecimiento del feminismo como práctica política y como proyecto emancipador.
Nosotras mismas tenemos que consolidar nuestro pacto en el quehacer de la vida cotidiana haciendo propias las demandas contra la explotación humana a la que este capitalismo nos está arrojando, producir una unidad que ejercite la ética feminista como eje del tejido revolucionario que vamos gestando.
Toda nuestra agenda mundial a la que le ponemos el cuerpo de las mil maneras que conseguimos, que conquistamos y que inventamos para alcanzar cada vez mayores libertades y justicias está sostenida sobre una red pluricolor que expresa nuestra riqueza pero que a la vez une, hace puente y sostén de un rincón a otro del planeta, es una red universal. Por eso nuestra práctica y nuestro protagonismo político es tan propio del territorio al que pertenecemos porque somos muy territoriales, como también atravesamos y somos atravesadas por esa universalidad que nos hace hermanas, que sentimos y respondemos colectivamente ante los mismos dolores. Esa es la riqueza política que nos hará libres.

*Solana Lopez es referente de la Corriente Nacional Lohana Berkins, Argentina.


Este artículo es parte de nuestro Dossier Marzo 2918 Mes de las Mujeres. Lee más aquí 👇

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