Fotografía Pablo Cruz (Pausa Digital)

 

Florencia Strods y Lorena Mayer*

 

El aislamiento social preventivo obligatorio (ASPO) -que ambas preferimos llamar “aislamiento físico”- trajo consigo una reconfiguración de nuestras actividades cotidianas, culturales, sociales, económicas, políticas, etc. a partir de la obligación de estar en nuestros hogares y, para ejercer el control del efectivo cumplimiento, “se sacó” a las policías locales, las fuerzas federales y las fuerzas armadas a la calle.

Si bien, ya estamos habituadxs a ver a las diversas fuerzas en las calles por sus propias funciones de prevención del delito, lo cierto es que el control del cumplimiento del aislamiento físico, amplía de manera significativa el contacto entre integrantes de las fuerzas de seguridad y el pueblo.

Una de las principales diferencias de este “nuevo rol” frente a la realidad sanitaria que se está viviendo, es la subjetividad sobre el espacio público. Hoy, la amenaza está en el exterior y la seguridad en el interior de nuestras casas, es decir, que el espacio público se convirtió en un territorio de extremo control, sobre el cual tienen disposición pocas personas – o instituciones -, entre ellas las fuerzas.

En este sentido, uno de los primero interrogantes que nos efectuamos tiene que ver con esta “hegemónica seguridad hacia el interior”.

¿Todxs estamos más protegidos dentro de nuestros hogares? ¿ingresan en esta categoría las mujeres víctimas de violencias que debe convivir con su victimario? O ¿están acaso contempladas las familias que comparten habitaciones de a 10 personas?.

Nuestra primera hipótesis es que no.

A su vez, en los últimos días hemos visto varios videos que circularon por diversas redes en los que se pudo visualizar un accionar abusivo por parte de diferentes fuerzas hacia pibes de diversos barrios. No importa de qué provincia se trate, en la mayoría de los casos los/as policías o gendarmes involucrados recurren al sometimiento de, por lo general, pibes a prácticas cercanas a “ejercicios militares”, insultos, retos moralizantes, acusaciones sobre lo irresponsables que son y, en todos los casos, la referencia al peligro al que nos y les exponen al circular.

Por otro lado, también vemos cómo los medios de comunicación dan a conocer casos en los que gendarmes escoltan a un muchacho que se fue a surfear y luego incumplió con la cuarentena o cómo una persona trata de ingresar a una trabajadora en su baúl.

En estos últimos casos, es decir, todas aquellas infracciones, incumplimientos, delitos o como querramos llamarlo, han sido registradas sin ningún tipo de ejercicio abusivo por parte de las fuerzas. De igual modo, en las comisarías no encontramos al surfer o al empresario, sino que ellos están en sus casas, a diferencia de los pibes que pasan noches en las dependencias de todo el país. Es decir, nos encontramos en la configuración de un “enemigo externo” -virus- al cual, como históricamente lo ha hecho el poder punitivo, se le adjudica un tratamiento diferenciado en atención a la clase social a la que pertenecen.

No podemos desconocer, pues, que el poder punitivo, en este caso ejercido a través del poder de policía, es selectivo, sin importar si se lo coloca al servicio de proteger la propiedad privada o el cumplimiento del aislamiento físico obligatorio.

Cabe aclarar, que entendemos que en este caso particular, está en riesgo la salud pública y que en atención a ello deben tomarse medidas acordes. Sin embargo, nos preocupa un creciente discurso en el que no tienen lugar las distinciones sobre diversos “hogares” en los que debemos quedarnos, las consecuencias inmediatas de no salir a trabajar y tantas otras situaciones.

En este sentido, creemos necesario problematizar el aislamiento físico. Esto implica tener una lectura de manera transversal con, al menos, una perspectiva de clase y de género.

Salir y “romper el aislamiento” para una mujer víctima de violencias, puede ser salvarse.

Salir y “romper el aislamiento” para un pibe que convive con sus 7 hermanxs, puede ser respirar.

Salir y “romper el aislamiento” para una vendedora ambulante, puede ser comer.

Sin embargo, el creciente discurso que monopoliza los medios y las redes de los sectores medios y altos de nuestra sociedad, insisten en denunciar a aquella persona que, sin que lo sepamos, intenta salvarse, respirar o comer.

Asimismo, resulta inevitable problematizar sobre algunas cuestiones vinculadas con el poder otorgado a las fuerzas de seguridad para el control del cumplimiento y sus consecuencias en los barrios populares.

En este contexto, las afirmaciones como “guerra contra un enemigo invisible”, “sujetxs peligrosxs”, “amenazas”, “infectados/as”, “estamos poniendo nuestra vida en riesgo” y otras que circulan, no son más que sustento para las intervenciones policiales plagadas de violencias que hemos visto en los últimos días. Estos discursos, en cambio, debieran orientarse a la importancia del cuidado colectivo, de la empatía, de la construcción de lazos y redes que nos permitan, de manera conjunta transitar esta realidad.

Entonces, pensar que nuestro comportamiento como ciudadana/o no está vinculado a la violencia que ejercen (o que puedan ejercer) las fuerzas de seguridad, es negar nuestro rol como seres sociales. Además de involucrarnos en los hechos abusivos de los que seamos testigxs y transmitir racionalidad, diálogo y gestión del conflicto, debemos reconocer al otrx.

Y reconocer no es ni más ni menos que aceptar la sociedad capitalista, patriarcal y posmoderna plagada de desigualdades estructurales que habitamos. Mi realidad, no es la del otrx y, solo por ello, no puedo exigirle lo mismo.

Entendemos que hay, también, otros mecanismos posibles de “control”, como por ejemplo un esquema mixto compuesto por empleados/as de la administración pública en general, organismo judiciales, etc.. No estamos diciendo con ello que deben conformarse patrullas civiles de control, sino que existen otros dispositivos que se alejan del poder de policía y se acercan más a la responsabilidad ciudadana.

Finalmente, creemos que nos corresponde como sociedad interpelar la cómoda utilización del paradigma del poder punitivo y control policial que, en la amplia mayoría de los casos, solo protege a determinados sectores. Y para ello, no planteamos otra cosa que contemplar las desigualdades estructurales y sostener políticas públicas que protejan a todo el pueblo.

Porque, como ya hemos dicho, el aislamiento es físico y no social, no proponemos otra cosa que la empatía.

 

 

 

 

 

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