Por María José Guerrero González*

La evidencia muestra que cuando se está en período de crisis son mayoritariamente niñas, mujeres y personas de la diversidad y disidencia sexual y de género quienes más violencia explícita sufren. Esto simplemente refleja que seguimos siendo ciudadanas de segunda categoría a pesar de los tratados internacionales firmados, sus protocolos y las legislaciones específicas que en teoría apuntarían a disminuir tales violencias. Las crisis recrudecen la realidad donde nosotras/es seguimos sin ser sujetas/es de derecho pleno.

 

Con las crisis se evidencia que las democracias en las que hoy vivimos siguen siendo democracia sólo para algunos (el masculino es intencional). Y es que al final del día no tiene que ver tanto con qué delito tipificamos (importante por cierto), sino que el escenario donde se alojan tales legislaciones. En Chile, como en otros países de la región y del mundo, tales leyes se alojan en una democracia de Hombres, donde La Mujer (el singular y la mayúscula es intencional) calza siempre y cuando performe un ideal, excluyendo a las mujeres, sus diversidades y todo lo que se le parezca.

 

La crisis sanitaria que hoy estamos viviendo nos vuelve a recordar todo esto. Expertos y expertas en el área mencionan que lo más seguro para enfrentar la pandemia del COVID-19 es quedarnos en nuestros hogares, evitando así el aumento de la curva de contagios. Sin embargo, esa seguridad no lo es para miles de niñas y mujeres que se quedan encerradas con sus agresores, donde el toque de queda total para la cuarentena hace aún más difícil el escape de sufrir alguna situación de violencia extrema.

 

Un informe de ONU del año 2018 ya daba cuenta que el hogar es el lugar más peligroso para las mujeres, donde del total de mujeres asesinadas el año 2017 casi el 60% lo fue en manos de algún familiar o de su pareja. Sumado a ello, es de amplio conocimiento que las violencias sexuales son mayormente perpetradas por personas cercanas a la víctima, entre ellos familiares directos. Por lo tanto, el hogar no resulta ser un lugar de seguridad para muchas niñas y mujeres, el que sumado a un contexto de crisis sanitaria se erige como un escenario tapado por una tela de impunidad.

 

El aislamiento que permite aplanar la curva de contagio, paradojalmente, propicia el aumento de las violencias hacia las mujeres. En nuestro país las llamadas al fono de orientación de violencia contra la mujer (1455) aumentaron en un 70% el fin de semana que se inició el toque de queda de cuarentena total en algunas comunas en comparación al fin de semana anterior. Queda preguntarse a cuánto aumentará cuando el obstinado gobierno escuche y, dejando de pensar en la economía de unos pocos, haga caso a las recomendaciones de especialistas de la salud y aumente las cuarentenas totales.

 

Pero que no se malinterprete, no es porel aislamiento que suceden las violencias, sino que éste las recrudece. En simple, se está más tiempo en el escenario de agresión, por lo que su frecuencia aumenta. Las violencias de género ocurren porque hay un sistema que las re/produce, y distintos escenarios dejarán la puerta más o menos abierta para su libre ejecución. Por lo tanto, cualquier acción que pretenda modificar la realidad de las violencias de género en el hogar, deberá tomar en consideración el sistema donde se alojan tales violencias.

 

Esta crisis sanitaria y el aislamiento viene a subrayar lo que las feministas hemos dicho desde hace dos siglos, no es sólo que falte mucho por recorrer, sino que falta todo. Al momento en que el Estado siga con una lógica en la medida de lo posible, enmarcadas en un sistema patriarcal y neoliberal, será incapaz de ejecutar acciones reales para entregar autonomía y derechos a las mujeres, y por lo tanto nos volveremos a encontrar con situaciones similares. Basta con recordar el estallido social (convertido en crisis por el accionar del ejecutivo) y la violencia política sexual de la que mujeres y disidencias fuimos/somos víctimas: al momento en que se suspende la democracia también la ilusión de nuestros derechos.

 

Las mujeres corremos peligro hoy, el Estado debe actuar ejecutando acciones inmediatas de contención para tales emergencias. Sin embargo, no se puede quedar ahí, es urgente avanzar en acciones políticas transversales, como por ejemplo la educación no sexista, y así avanzar en un sistema educativo que reproduzca sujetas de derecho. Lamentablemente con un ejecutivo de derecha, encabezado por un presidente que cada vez que el discurso se lo permite realiza comentarios misóginos –develando sin pudor su propia concepción de género-, tal norte parece una quimera.

 

La crisis sanitaria y todo lo que conlleva con el aislamiento desde un enfoque de género (las violencias físicas, sexuales, el aumento de la carga de los cuidados, etc.), develan la mano no-tan-invisible del patriarcado neoliberal, y para hacerle frente los feminismos tienen mucho que decir. Cuestionar las bases de la reproducción y no sólo administrarlas es un norte, para el cual permanecer juntas/es como el 8 de marzo recién pasado es un deber. Si el patriarcado nos quiere en lo privado y el neoliberalismo administrando nuestras necesidades individualmente, la unidad y lo colectivo es tremenda revolución.

 

*Presidenta Observatorio Contra el Acoso Chile (OCAC).

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