Por Melina Victoria Mazzarotti*

La jornada del jueves 24 de junio de 2021 se inscribió en la memoria colectiva de la población travesti trans como aquella en la cual hemos obtenido un nuevo logro en materia de derechos.

Las votaciones afirmativas por amplísima mayoría en ambas cámaras reflejan – en parte – el cambio sociocultural que atraviesa nuestro país, de la mano de un gobierno nacional y popular, que instala como uno de sus ejes centrales la perspectiva de derechos humanos, géneros y diversidad (no sólo sexual)

Resulta, a las claras, una muestra de la sociedad que queremos y hacia la cual vamos; pero también deja en evidencia desde dónde se agitan las banderas anti derechos, de aquelles (incluso nombrarles así les resulta insultante!) que no desean ceder en su resistencia por el mantenimiento de las desigualdades, la opresión, y el usufructo de sus privilegios en detrimento de las posibilidades del resto de la población. 

Esta Ley de promoción de la empleabilidad para las personas travestis y trans, tanto en el sector público como privado, se basa en el reconocimiento del propio Estado, de la estructural, sistemática y sostenida en el tempo, cadena de exclusiones hacia nuestra comunidad. Y el Estado es responsable de generar las medidas necesarias para revertirlas; no sin mencionar a la vez que ha sido el propio Estado quien otrora ha fomentado tales prácticas de instalación en el ideario colectivo de la patologización, criminalización y persecución hacia nuestras identidades. Y que incluso, en algunas regiones de nuestro país aún seguimos batallando contra los códigos contravencionales y edictos. 

Reconocer es reparar. Al menos en parte. Porque aún queda, también, hacernos cargo de todas aquellas personas que ante aquella situación de exclusión y persecución sobreviven literalmente día tras día cargando sobre sus espaldas – y en todo su cuerpo – con las consecuencias de décadas de abandono, de arrojo a la marginalidad, de falta de toda clase de formación, socialización y sometimiento a tratamientos corporales con secuelas irreparables y que las alejan de toda posibilidad de acceso a un empleo; y mucho menos de una jubilación, de una vivienda digna y de una alimentación sana y saludable. Esta es otra de las batallas en ciernes. La de reparar económicamente a todas esas personas y proveerles la mejor calidad de vida en las etapas finales de sus vidas. 

Aún falta también que la propia Ley de Identidad de Género sea cumplimentada por todo el Estado donde, por caso, aún seguimos encontrando resistencias paradójicamente en el Registro Nacional de las Personas, en los sistemas informáticos y documentales binarios, en las partidas de defunciones de compañeres que fallecen y por no tener el cambio registral efectuado, que recordemos, es un derecho y no una obligación. Y que la propia Ley establece el mecanismo para consignarlo cuando no exista tal cambio registral y fuera estrictamente necesario expresar la “identidad muerta”. O como en el caso de nuestras niñeces y adolescencias que en muchos casos ven vulnerados sus derechos al someterles a innumerables trastornos y dilates para que sea escuchada su voz en la expresión identitaria y así consignada en su documentación, como la propia ley establece.

Falta también que en los relevamientos nacionales (por ejemplo el Censo Nacional) se recaben datos poblacionales teniendo en cuenta las diferentes construcciones identitarias. Hoy por hoy ni siquiera sabemos cuánta población travesti trans (y otras expresiones por fuera de la hétero-cis-norma) vivimos en nuestro país.

¡Y qué decir de la representatividad! Seguimos escuchando en cada uno de los recintos, con sus matices e ideologías, discursos acerca de la población travesti trans pero no estamos allí sentadas también debatiendo y aportando nuestra perspectiva no sólo acerca de nuestras identidades y construcciones personales, sino de la propia vida en general. Y es allí, donde también se cumplirá como paralelismo aquello de que cuando una trava ingrese a la banca le cambiará la vida a esa trava. Cuando muchas lo hagan, le cambiará la vida a la sociedad.

Como decía en un principio, la jornada de ayer es histórica para nuestra comunidad y es un eslabón más en la cadena hacia el ejercicio pleno de nuestra ciudadanía. Pero no tenemos tiempo para detenernos. Nuestra situación no puede esperar. Abrazos fuertes y sostenidos, lágrimas que explotan y drenan tanta impotencia frente a los atropellos que hemos sufrido – y seguimos sufriendo – como así también cerrar los ojos y repasar los nombres de todas aquellas, aquellos y aquelles que han quedado en el camino. Una visita a ese cementerio que todas las personas travestis y trans tenemos en nuestra mente. Una caricia a cada una de nuestras partes internas muertas y arrancadas. Un reconocimiento para todas aquellas personas que han dejado su vida gritando y peleando por lo que hoy es un logro. No en vano la Ley lleva el nombre de dos camaradas del partido comunista: Lohana Berkins y Diana Sacayan. No paramos. No hay tiempo. La realidad se impone. Y nos seguimos preguntando dónde está Tehuel de la Torre.

*Meli es integrante de la Corriente Nacional Lohana Berkins / PC

 

 

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