*Por Emilia Yugovich

Despertamos, nos alimentamos, producimos, cuidamos de otras personas, estudiamos, organizamos, bailamos, lloramos, reímos, acompañamos, empatizamos, deseamos, amamos. Nada raro en nuestro cuaderno de bitácora mientras navegamos en aguas de esta sociedad, excepto por esa estela de colores que se va dejando ver en nuestro transitar y que pone en jaque el orden social.

Las lesbianas venimos a recordar que, no todas las mujeres tenemos el mismo objeto de deseo, de hecho, ni todas las personas lo tienen; y que, existimos mujeres junto con otras identidades que ocupamos las siglas LGTBIQ que, establecemos vínculos que no se adaptan la norma heterosexual; que construimos nuestras familias por fuera del modelo sobre el que se ordena nuestra sociedad, a la que, dicho sea de paso mucho no le interesa lo que sucede dentro de ellas, siempre y cuando se adapten a aquel y sean funcionales al orden social.

Ese orden y sus mandatos aparecen temprano en nuestras vidas, ya con el anuncio de si somos niña o niño, una serie de códigos de género que se van imprimiendo minuciosamente en los cuerpos de todas las personas. De ahí que, debemos ser sensibles o ser fuertes, ser la protegida o el protector, cuidar de la familia y gestionar el hogar o salir a trabajar y hasta participar la gestión de la vida pública; todo esto para luego, con el imperativo binario de hombre-mujer, establecer vínculos que por la asignación de roles se “complementen” en un esquema de subordinación. Esto supuestamente fundado en las leyes de la naturaleza, tesis que se desmorona frente a nuestra existencia, porque aquí estamos como prueba irrefutable, viviendo y sintiendo; y también se desmorona ante la historia, dado que hay incontables relatos escritos y no escritos sobre como vivían su sexualidad y establecían vínculos otras civilizaciones, en otros tiempos históricos.

Nuestra existencia desacata todos los días ese mandato de vinculación heterosexual para cual nos prepararon, no nos presentamos al lugar que nos reservaron de acuerdo con el rol de género que nos fue impuesto y que está previsto en el modelo de familia dominante; aquella que reproduce una economía y un orden político al funcionar con distribución de tareas (preestablecidas) que hacen a su reproducción, cuidado, financiación y dirección. Nuestra existencia desafiante, con su realización se convierte en un manifiesto contra hegemónico, y es precisamente esa razón la que nos deja vulnerables a todos los mecanismos de discriminación presentes en todos sus niveles y en todos los espacios, contra los cuales libramos batalla para erradicarlos, exigiendo el avance progresivo de derechos.

En esa batalla, aportamos feminismo al cuestionar los roles de género que nos imponen socialmente, que sostienen la heterosexualidad obligatoria como cultura del orden patriarcal que nos subordina e invisibiliza y entendemos que, sin este planteamiento no conseguiremos emanciparnos; y a la par, en este proceso que es liberador, aportamos junto con otras identidades y disidencias, la diversidad que fortalece al feminismo y permite que se expanda en la búsqueda por la emancipación humana.

Hoy además, a poco más de medio siglo de Stonewall así como de otros hitos de igual significancia que tuvieron lugar en nuestras latitudes del sur, con avances y también retrocesos en materia de derechos y con mucho más aún por conquistar, a la cultura que pretende negar nuestros derechos y negarnos ocultándonos en un entramado de relaciones predeterminadas que se hacen pasar por naturales, desafiantes decimos: y sin embargo, existimos.

 

 

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