• Por Mónica Bareiro

Distancia: Espacio, considerado desde una perspectiva lineal, entre una persona o cosa y otra.
RAE

“Dame tus titulares”, dice mi amiga M cuando quiere saber a grandes rasgos cómo va mi vida. Yo respondo cuando tengo tiempo para hacerle un audio con calma y sabiendo que pueden pasar meses antes de que me responda, cuando mucho de lo que le conté como importante, se me olvidó.

Los años de experiencia, la cantidad y variedad de vínculos que mantengo a distancia me dan el poder (y la soberbia) para asegurar que hay un solo ingrediente fundamental para cualquier tipo de amor a distancia: la generosidad.

¿Acaso hay algo más generoso que respetar los tiempos de tu amiga que está disfrutando con otras amigas -que no sos vos- ese momento tan importante de su vida como una boda o los primeros pasos de su hija, o un “simple” fin de semana en la naturaleza?

¿Acaso hay algo más generoso que respetar los tiempos de la persona que amás, mientras está posiblemente teniendo muchos orgasmos con una persona que no sos vos? O que haga planes en los que no vas a poder estar, y entusiasmarte como si pudieras.

El concepto de amar que yo aprendí es el que se alegra con las alegrías de la otra persona, que acompaña en las penas e incentiva en las luchas. No importa cuántos son los kilómetros de distancia.

Al final, cuando llegan los podcasts personalizados de mis amigas y siento en sus voces toda esa confianza y complicidad, es cuando entiendo todo. Y cuando en al menos una videollamada veo los ojos de R y su sonrisa, me siento tan poderosa que no me importa nada más.

Hablo de vínculos porque no se trata solo del amor romántico. Aprendí a cultivar a distancia las mejores amistades porque el mundo me presentó a las personas de mis sueños –como decía Alanis Morissette en Ironic-, solo que en mi caso la perfección no se rompe por un estado civil sino por muchos, muchos miles de kilómetros.

Desde afuera puede verse como “solo la distancia” o el gran drama de no poder abrazar, de no poder tocarse, olerse. Para mí son también las horas de diferencia, la imposibilidad de que en las videollamadas coincidamos con abrigos o trajes de baño y esa capacidad que tanto tiempo me llevó desarrollar: los abrazos que no se sienten envolventes sino como una presión en el pecho, ahí en el lado izquierdo, con los ojos cerrados para poder verles.

Mantener vínculos a distancia debe ser una de las tareas que más horas le insumen a mi día. En verano madrugo, en invierno me desvelo y madrugan las otras personas. No se trata de escribir un Whatsapp en modo automático, se trata de las respuestas de calidad y de transmitir que, a lo mejor, nuestros planes de vida difícilmente nos sitúen en la misma ciudad, pero el lazo permanecerá sellado de confianza y complicidad.

Me gusta mi vida como es y es tal vez mi mayor acto de egoísmo. ¿Será que no le quiero tanto como para dejar mi familia, mi casa, mi entorno, por ese amor romántico?. Sé que le gusta su vida ahí ¿podría perdonarme si alguien tan solo se planteara dejar todo por mí? No llego a comprender cuánta generosidad puede haber en él para respetar mis decisiones. Ya no me cuesta reconocer mi generosidad para aceptar que le guste su vida.

Mis amigues tienen sus rutinas, familias y otros círculos de amistades ¿podría yo integrarme si fuera a vivir a sus países? Tengo tantos vínculos locales, maravillosos, tengo una familia a la que me gusta dedicar tiempo de calidad, tengo trabajo y tengo amantes que me insumen muchas horas. Si mis amigues vinieran o volvieran a la ciudad ¿podría yo estar a la altura del tiempo de calidad que merecen o me sumiría en la incapacidad de ser la anfitriona que debería? Sí, así de ridículo como se lee es pensar en esas opciones.

¿Es madurez? ¿O simplemente existimos en el mundo personas con el gran don de mantener relaciones a distancia que, al contrario de lo que pueda pensar cualquiera, se fortalecen con el tiempo?

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