*Por Viviana Ávila Alfaro

Los cuestionamientos sobre nuestras vidas afectivas en tiempos de crisis del amor romántico han llegado para quedarse: las rosas, los chocolates y los mimos pierden relevancia cuando está en el tapete nuestra integridad y nuestra existencia en el mundo. ¿Cómo iba a ser posible creer que nacimos de un dios hombre y que luego fuésemos propiedad de nuestros padres para pasar a serlo, luego, de nuestros esposos?, ¿cómo iba a ser posible que siguiéramos siendo un simple trofeo?, ¿cómo iba a ser sostenible nuestra obediencia, porque, eventualmente, nos mantendrían económicamente?


Sabemos que el amor romántico se adscribe a patrones machistas a la vez que mercantiles: la relación es jerárquica y el intercambio se condice con la cesión de garantías por parte de la mujer en función del hombre, pues él tiene el poder económico, social y sexual. Es así como el amor se configura en deuda y saldo: el amor es, entonces, otro bien de consumo, cuyo territorio de conquista es nuestra cuerpa que es canjeable por alimentos, por hijos, por un hogar «propio», por pasajes de metro, por la independización de nuestros hogares filiales, por un par de zapatos, por la estabilidad del macho, etc. Incluso con independencia económica, somos cuerpas de consumo al arbitrio del sistema.


Pese a que el patriarcado es el caldo de cultivo del machismo, hemos dado importantes pasos relativos a la autodeterminación de nuestras vidas íntimas y las relaciones que las gobiernan: por lo menos, como feministas, entendemos que no vale la pena siquiera subyugarnos ante la imagen del macho. Hemos entendido que el amor romántico es pasado, pues es la construcción social que se configuró para seguir ostentando un poder infundado sobre nuestras vidas, pero: ¿nos hemos liberado absolutamente del yugo de este amor? Evidentemente la respuesta es no.


Lamentablemente, «a cada logro feminista ha seguido un retroceso, a cada golpe femenino un contragolpe social destinado a domar los impulsos centrífugos de la liberación», ya afirma Lina Meruane, porque, evidentemente, el sistema económico encuentra dónde y cómo penetrar, cual violación, las dinámicas que están siendo revolucionadas: en este caso, el cuestionamiento de las relaciones que se establecen bajo el alero del amor romántico. Así, la monogamia se ha puesto en tela de juicio, pues en esta pervive el amor romántico por excelencia, sin embargo, ¿son el poliamor y las relaciones libres una salida viable? o más bien, ¿pueden estas garantizarnos el respeto de nuestros compañeros?, ¿es esta estructura capital el lugar propicio para romper estructuras a través de estas nuevas configuraciones afectivas?


¿Cuál es el secreto, entonces, para vivir una vida amorosa sana y coherente con el feminismo?, porque, pongámonos a hablar de responsabilidades afectivas, de transmisión de infecciones sexuales o del cuidado de hijos deseados en una relación libre: siempre las mujeres saldremos perjudicadas, porque claro, la madre es el centro de la vida y la mujer quien debe dedicarse al cuidado y/o, peor aún, ganarse el respeto (como si no viniese garantizado en nuestras actas de nacimiento); entonces, ¿quién gana con el poliamor en este momento histórico?, ¿dónde queda el autocuidado en esta dinámica? Sí lo sabemos: bastante experiencia hemos conseguido, pero no sé si nuestros compañeros lo sepan (porque parece que solo creen que lo saben).


Quizás no haya respuestas más válidas que otras respecto de las relaciones afectivas, pero en este mundo del consumismo que ha permeado inclusive nuestras vidas íntimas, la transacción del amor en la dinámica del capital enceguece decisiones y fija relaciones jerárquicas de poder difíciles de deshacer. Entonces, ¿somos realmente libres en la elección de las relaciones afectivas que vivenciamos?, ¿estamos realmente conscientes de que el amor romántico es el opresor por antonomasia? Es 14 de febrero y vale la pena pasar esta reflexión por nuestras cabezas, por nuestros corazones y, sobre todo, por nuestros úteros. 

*Viviana Ávila es feminista chilena, profesora de Lengua Castellana y Comunicación y Magíster en Lingüística, autora del libro La mató por amor, Lenguaje, Genero y Estereotipos. 

Instagram: @laverdaderavivi

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