UCINY: círculo de tierra, agua y cielo

En el Pantanal paraguayo, la Nación Yshir lucha por mantener viva su conexión ancestral con la naturaleza y su cultura. La Unión de Comunidades Indígenas de la Nación Yshir (UCINY) es la voz que los representa y el motor de nuevos desafíos, como la construcción de una sede propia que es símbolo de resistencia, unión y esperanza.   *Por Noelia Díaz Esquivel   El cielo, el agua y la tierra no son solo elementos naturales para los Yshir: son memoria, alimento y espíritu. “Yshir Ybytoso” significa “hijos de la tierra y pertenecientes a ella”. El murmullo de los ríos, el sonido del silencio de las constelaciones, el canto de las aves y el rugir de los animales del monte del Pantanal paraguayo les recuerda que el mundo visible y el invisible están tejidos en un mismo entramado. En esa sinfonía de vida, encuentran su fuerza y la razón de su lucha.   “Cuando uno escucha los cantos de los ancianos siente cómo la palabra viaja con energía en el aire”, dice Críspulo Martínez, presidente de la Unión de Comunidades Indígenas de la Nación Yshir (UCINY), en Puerto Diana, comunidad ubicada a más de 830 km de Asunción, capital de Paraguay.     La nación que resiste   Antes de la Guerra del Chaco, la Nación Yshir ocupaba más de 3.400.000 hectáreas en el Pantanal paraguayo. Hoy acceden a apenas unas 43.000 hectáreas. La pérdida territorial —cercana al 97%— se traduce en una amenaza múltiple: ambiental, cultural, económica, política y social.   Pese a todo, la Nación Yshir mantiene una población de 3.500 personas repartidas en siete comunidades. Está conformada por seis comunidades en el Alto Paraguay: Puerto Diana, Puerto Esperanza, Puerto Pollo, Puerto Caballo, Virgen Santísima y Karcha Bahlut (Puerto 14 de Mayo).  Además de una séptima en la ciudad de Luque, en el área metropolitana. A estas se suman asentamientos más pequeños como Abundancia y Buena Vista, vinculados a las comunidades principales.     La UCINY fue creada como una respuesta organizada a un despojo histórico. “La lucha por el territorio y por el cielo que nos cubre solo se sostiene con organización”, resume Walter Escobar, líder de Puerto Diana. Desde su fundación, la organización se dedica a gestionar los reclamos legales y sociales, a denunciar ante autoridades, a exigir la restitución de tierras y a fortalecer la voz de los yshiro frente a amenazas externas. También se convirtió en un espacio de encuentro comunitario.   El primer local de la organización, ubicado en el centro urbano de Puerto Diana, era pequeño y fue construido con ladrillos y tejas, por lo que no representaba la cosmovisión del pueblo. Cuando surgió la posibilidad de construir una nueva sede, pidieron que se tratara de una casa que sea a la vez política, cultural y espiritual, construida con materiales de la tierra y con la sabiduría de los ancianos.   Un  centro que represente a todxs   El nuevo local se está construyendo nuevamente en Puerto Diana, pero en un terreno cedido a la organización y ubicado a un par de kilómetros del centro urbano. A diferencia del antiguo local, no hay peligro de inundaciones ni de sedimentación del terreno. Los materiales para la construcción provienen de la naturaleza: 500 karanda’y, postes de quebracho, techo de palmas. La estructura es circular y en el centro, un gran poste sostiene las vigas que representan a los siete pueblos de la Nación. Cada comunidad tiene su lugar.     “Antes teníamos una sede de ladrillo, muy pequeña, que no representaba lo que somos. Ahora queremos una casa que hable de nosotros”, explica Críspulo Martínez.   La arquitecta Luz Ferreira, yshir de Puerto Esperanza, fue la encargada de diseñar el plano. “La forma circular está inspirada en las casas antiguas. Es un espacio abierto, con ventanas grandes para aprovechar la luz y la ventilación natural. Se pensó también en captar agua de lluvia y en elevar la construcción para resistir inundaciones”, cuenta. Para ella “diseñar algo que se va a construir en mi comunidad, para mi gente, fue muy especial”, señala.     La nueva sede tendrá un salón, dormitorios y un espacio para rituales, como el de iniciación de adolescentes. Será el corazón donde se reúnan las comunidades para decidir, celebrar y proyectar.     Aliados para el desarrollo   La construcción es impulsada con el acompañamiento de Pro Comunidades Indígenas (PCI), que en paralelo trabaja en la identificación de medios de vida en las comunidades Yshir. El nuevo espacio de la UCINY servirá también como centro de capacitación: contabilidad básica, marketing, bancarización. Todo con el objetivo de desarrollar una economía comunitaria que mejore la calidad de vida sin dañar la naturaleza y resguardando la cultura.   “Durante años, un kilo de sal se cambiaba por una artesanía que podía costar diez veces más. Hoy, gracias a la organización, esas piezas encuentran mercados justos y las mujeres pueden decidir qué hacer con sus ingresos”, cuenta Cintya Martínez, técnica de PCI.   El proyecto cuenta con el aporte del proyecto Voces para la Acción Climática Justa (VAC), que permite replicar metodologías de organización ya probadas en otras regiones y fortalecer capacidades.   Un círculo que se abre al futuro   En el monte, donde se levanta el centro, cada poste y cada palma tienen un significado. Es un edificio que nace de la tierra y que mira al cielo. Representa la unión de comunidades que no se resignan a desaparecer, sino que se fortalecen en la memoria y en la acción.     La Nación Yshir, hijos y guardianes de la tierra, sigue latiendo. Su nueva casa será símbolo de resistencia y de esperanza. Porque defender la tierra es defender la vida.       *𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.

Bioemprendimientos, un camino hacia la libertad

En el Chaco paraguayo, las mujeres —indígenas y latinas— encontraron en los bioemprendimientos una llave para abrir caminos de independencia económica, cuidar el medio ambiente y garantizar medios de vida dignos para sus familias. A través de capacitaciones, organización y alianzas estratégicas, sus manos ya no solo producen: también venden, negocian y se hacen un lugar justo en el mercado.   *Por Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui    Cuando una mujer siembra, no planta solo semillas porque lo que cosecha es futuro. Así empieza la historia de cientos de mujeres que, cansadas de que sus saberes queden invisibles, deciden emprender.   Bajo estas consignas, la organización Pro Comunidades Indígenas (PCI) puso manos a la obra diseñando y ejecutando un ambicioso proyecto para las mujeres chaqueñas. El objetivo fue crear oportunidades económicas sostenibles que respeten la naturaleza y fortalezcan la autonomía femenina.   “Primero producir, después aprender cómo vender lo que producís. Y ahí entró el marketing digital. Se crearon ferias, pero vender tampoco era suficiente. Había que llegar al mercado de verdad”, cuenta Cintya Martínez, de PCI.       El plan se puso en marcha en 2023, acercando capacitaciones en contabilidad básica, marketing digital y herramientas audiovisuales. Aprendieron a calcular costos reales, a poner precio justo a sus productos, ingresaron al sistema bancario para evitar pérdidas en comisiones abusivas. Varias ya tienen su cuenta bancaria, su factura propia y hasta accedieron a créditos para crecer.     Diversidad de rubros, un mismo objetivo   En cada territorio se identificaron rubros distintos, siempre ligados al entorno. Apicultura y meliponicultura para aprovechar la miel de abejas nativas, horticultura y avicultura, donde descubrieron que procesar los productos genera mayor ganancia. Artesanía, gastronomía, animales menores y pesca, según las posibilidades de cada comunidad.     Lo importante no fue solo diversificar, sino fortalecer cada organización y la solidaridad entre mujeres. Antes competían entre ellas, creyendo que poniendo precios más bajos que la vecina, iban a salir ganando. Efectivamente vendían más rápido, pero con pérdidas. Hoy acuerdan precios justos y se apoyan mutuamente: si una no tiene producto, otra le presta. Después, cuando vende, devuelve, según explica Cintya. Una red de sororidad que asegura que todas ganen. “Con las capacitaciones vimos que crecer como asociación también es apoyarse para que cada una tenga las mismas oportunidades”, resalta.   Bancarización y precios justos: aprender a valorar el trabajo   Uno de los grandes aprendizajes de las mujeres fue poner en números su propio esfuerzo. Antes, muchas vendían sus productos sin calcular realmente cuánto invertían en semillas, en alimento para los animales, en transporte o en su propia mano de obra. Así, terminaban vendiendo barato y perdiendo dinero sin darse cuenta.   Con las capacitaciones en contabilidad básica aprendieron a registrar gastos e ingresos, a calcular cuánto cuesta producir un kilo de miel, criar una gallina o elaborar una artesanía. Y desde ahí, a fijar un precio justo, que cubra los costos y deje una ganancia que valga su trabajo.      La otra pata fundamental fue la bancarización. Hasta hace poco, muchas recibían pagos en giros o incluso en mercadería, perdiendo hasta un 10% de lo que les correspondía. Hoy, gracias al apoyo de WWF – Paraguay que articuló para que las capacitadoras del Banco Nacional de Fomento (BNF) lleguen a sus territorios, tienen cuentas bancarias propias, tarjetas y hasta acceso a créditos. Eso les permite cobrar directamente lo que venden, sin intermediarios, y manejar su dinero con más seguridad y autonomía. Con estas herramientas, las mujeres ya no solo producen: también son empresarias, capaces de decidir, negociar y proyectar su crecimiento.   Formalización y salida al mercado   El salto cualitativo fue la formalización. Asociaciones de mujeres y grupos de jóvenes apicultores registraron su producción, crearon logos y etiquetas propias, fortalecieron su imagen. Ahora venden como productoras organizadas, con más credibilidad en el mercado.   “Después de estas capacitaciones hay varias emprendedoras que hicieron su factura propia, tienen su cuenta bancaria y hacen pagos electrónicos. Son súper cool, ya están en otro nivel”, dice Cintya con una sonrisa orgullosa. Ese proceso cerró el círculo: producir, vender y cobrar de forma justa. Lo que antes se perdía en manos de intermediarios o giros con comisiones, hoy queda en las manos de las productoras.     El apoyo del proyecto Voces para la Acción Climática Justa (VAC) fue decisivo para consolidar este camino. La cooperación posibilitó el financiamiento de capacitaciones, acompañó procesos de organización y facilitó la llegada de servicios financieros a comunidades alejadas, donde antes era impensable que el BNF habilitara cuentas.   Gracias a ese empuje, más de 12 asociaciones de mujeres y 6 de apicultores fortalecieron sus capacidades, y decenas de emprendedoras lograron insertarse en el mercado con mayor seguridad y autonomía.   En el Chaco, donde la sequía parece eterna, hoy florecen mujeres que tejen dignidad con sus manos. Cada bioemprendimiento es un canto de libertad. Una mujer que logra vender su miel, su gallina o su artesanía, está asegurando alimento, educación y futuro para su familia.   Porque cuando una mujer emprende, no se enriquece sola: enriquece a toda su comunidad. Y en esa red solidaria, hecha de raíces y alas, crece la esperanza de un Chaco con igualdad, dignidad y vida plena.   *Edición: Mónica Bareiro @monibareiro     *𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣    

La fuerza del relevo generacional en el liderazgo de las mujeres chaqueñas

El Gran Chaco vive un momento clave: las mujeres que durante décadas defendieron con coraje a sus comunidades hoy empiezan a pasar la posta a las nuevas generaciones. En el Encuentro Trinacional del Colectivo de Mujeres del Chaco, la voz de las jóvenes se alza con fuerza para asumir el liderazgo y enfrentar desafíos presentes y futuros. La experiencia de las lideresas adultas y la energía innovadora de las juventudes se entrelazan en una transición histórica que busca consolidar la articulación trinacional y llevar la voz de las mujeres chaqueñas hasta espacios globales.   El Gran Chaco americano atraviesa un momento decisivo. Los desafíos sociales, ambientales y culturales exigen hoy, más que nunca, la unión de fuerzas entre generaciones. Durante décadas, las lideresas adultas han sostenido con valentía la defensa de los derechos de sus comunidades, transmitiendo conocimientos, experiencias y valores. Hoy, ellas trabajan para entregar la posta a las nuevas generaciones de mujeres, quienes representan la continuidad y la renovación de esta lucha.     La formación de jóvenes mujeres chaqueñas se vuelve fundamental para asegurar el futuro de los procesos organizativos. Ellas encarnan el recambio necesario: liderazgos, con energía, innovación y compromiso para enfrentar los retos actuales y venideros. Hay un camino recorrido de las líderes adultas que con valentía han sostenido la defensa de los derechos de sus comunidades y han transferido sus saberes, experiencias y valores ancestrales.   Rosalía Acevei, joven representante de la Organización de Pueblos Guaraníes (OPG) parte del Encuentro Trinacional del Colectivo de Mujeres del Chaco, aseguró que “los jóvenes tenemos que estar preparados para enfrentar los obstáculos por nuestra comunidad y por todos los pueblos indígenas. Principalmente para defender nuestro territorio. El problema del agua es lo más urgente: sin agua no hay futuro”. Su voz refleja la urgencia vital de empoderar a las juventudes y brindarles herramientas para asumir el liderazgo en la defensa del territorio, impulsar una búsqueda de soluciones para el acceso al agua y la construcción de un futuro digno para los pueblos indígenas del Chaco Americano que se extienda por Paraguay, Bolivia y Argentina.     Desde Bolivia, Jacinta Rivera reafirmó esta necesidad al señalar que, muchas veces, la exclusión de las mujeres —y especialmente de las jóvenes— responde a la falta y ausencia de oportunidades formativas para fortalecer sus conocimientos: “Las jóvenes deben ser las cuidadoras del futuro. Con conocimiento, ellas podrán ocupar ese lugar y cuidarse, al mismo tiempo que cuidan a los demás”.     El Encuentro Trinacional del Colectivo de Mujeres del Chaco 2025: “Nosotras movemos el territorio”, que se celebra en Filadelfia, Paraguay. Durante dos días, reúne a mujeres guaraníes en un espacio de articulación regional busca consolidar la voz y el protagonismo de las mujeres como defensoras de la vida y del territorio. Este encuentro fortalece la coordinación trinacional y promueve una estrategia común de incidencia a nivel local, nacional y fronterizo.   Con el propósito de fortalecer la articulación trinacional, visibilizar sus aportes económicos y políticos, y construir una estrategia común de incidencia, las participantes proyectan sus demandas y propuestas hacia el Encuentro Mundial del Chaco Americano (EMCHA 2025) y el Encuentro Mundial de Partes (COP 30).   Para Mariana Franco, secretaria ejecutiva de la Red Chaco de Paraguay, el encuentro también es un puente rumbo a la COP 30 para posicionar y visibilizar al Gran Chaco Americano a través de la voz de las mujeres, quienes han estado trabajando y formándose para formular propuestas claras sobre cómo el cambio climático impacta sus vidas y cómo sus conocimientos y sus prácticas ancestrales pueden ser integrados a los proyectos de mitigación para asegurar la sostenibilidad de los procesos a corto, mediano y largo plazo.   Esta red de mujeres reivindica su rol fundamental en el buen vivir en el gran chaco americano. El futuro se teje hoy con hilos de lucha, memoria y esperanza, entrelazando la experiencia de las lideresas y la fuerza renovadora de las juventudes.     *𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣

Del cielo a la canilla: la ruta del agua en el Chaco

¿Dónde va el agua que cae del cielo? La respuesta, por fin, tiene rostro de esperanza en el Chaco paraguayo. Mediante el trabajo en equipo, la consulta previa con las comunidades y una red de alianzas estratégicas, hoy es realidad un sistema que garantiza acceso a agua potable durante todo el año.   *Por Noelia Díaz Esquivel   ¿Qué pasa con el agua de lluvia? La pregunta suena a misterio, a plegaria y a milagro. En el Chaco paraguayo —ese territorio semiárido donde la vida se abre paso en condiciones extremas—, la respuesta durante décadas fue desoladora: el agua caía, corría, se evaporaba… las comunidades quedaban sedientas, no por castigo divino, sino por un histórico abandono estatal.   Millones de guaraníes de fondos públicos se gastaron en proyectos que nunca funcionaron. Promesas que se evaporaron como el agua misma. La sed y la sequía se repetían cada año por cinco o seis meses, como una condena. Entonces, entre la desesperanza, un grupo de soñadores se preguntó ¿y si el agua del cielo pudiera guardarse en la tierra para sostener la vida todo el año?   Luego de numerosas pruebas y aprendiendo de cada experiencia desarrollada tanto a nivel nacional como en otros países que atraviesan la misma problemática, nació la idea de desarrollar un sistema de macrocaptación de agua de lluvia, pensado desde la naturaleza y con la gente como protagonista.     De la idea al proyecto: cuando la naturaleza inspira   La chispa se encendió en 2019, cuando la organización Pro Comunidades Indígenas (PCI), con más de 30 años de trabajo en el Chaco, propuso al Servicio Nacional de Saneamiento Ambiental (SENASA) explorar una solución distinta.    “La propuesta comenzó en 2019, pero recién se efectivizó en abril de 2020, justo cuando arrancaba la pandemia. Igual nos movimos, casa por casa, para consultar a las comunidades. Dos problemas se repetían: la falta de agua en la sequía y que los sistemas instalados no daban abasto. Además, eran proyectos pensados sin la gente”, recuerda Carlos Giesbrecht, referente del proceso.     Inspirados en reservorios usados en la producción ganadera, surgió otra pregunta: ¿por qué no aplicar lo mismo para el consumo humano? Parecía un sueño lejano, pero el tiempo y la terquedad lo acercaron a la realidad.   El sistema se diseñó de manera sencilla y ecológica: el agua de lluvia se capta, filtra con piedra, grava, arena y carbón, y luego se clora para garantizar seguridad microbiológica. Todo por gravedad, sin grandes dependencias tecnológicas. Un invento adaptado al Chaco y mucho más económico que los megaproyectos estatales que fracasaron.     La captación, entonces, solucionaba el primer problema. Pero para el consumo humano es necesario pasar por otros procesos de filtrado y purificación. Nacía otro desafío ¿cómo desarrollar un sistema amigable, sostenible y asequible para las comunidades?   Ciencia práctica y manos comunitarias   Fulgencio Mendez, como ingeniero empírico, hizo la primera prueba en una simple damajuana, colocando capas de grava y arena. El agua se filtró. Y ahí comenzó la certeza de que funcionaría en grande.     Las comunidades de Cucaani y Guida Ichái, en Carmelo Peralta, fueron las primeras en tener plantas piloto. No fue un proyecto impuesto, sino construido con la gente: hombres y mujeres participaron en la obra, aprendieron el manejo y se organizaron en consejos de agua para garantizar el mantenimiento.   “Participo en el mantenimiento, ayudo a mi marido a limpiar. Ahora todo está mejor. Antes tomábamos agua cruda del río, ahora ya es agua filtrada y clorada. Eso es salud, sobre todo para los niños”, lo resume con sencillez Sonia Quena Dosapei, pobladora de Cucaani.     La fuerza de las alianzas   La innovación generó resistencias. “Muchos pensaban que iba a ser un elefante blanco”, recuerda Giesbrecht. Pero la directora de SENASA en ese entonces entendió el valor de la propuesta. Aun así, costó convencer a los financiadores: estaban acostumbrados a presupuestos millonarios, no a soluciones baratas y efectivas.   Finalmente, el apoyo llegó de la mano de alianzas público-privadas: SENASA, PCI, empresas como COITEA, y más tarde el proyecto Voces para la Acción Climática Justa (VAC). El trabajo en conjunto permitió no solo instalar los sistemas, sino también formar capacidades locales y generar confianza en las comunidades.   Hoy hay cuatro plantas de macrocaptación operativas: dos en Laguna Negra, que abastecen a 15 comunidades (1517 personas), y dos en La Patria, que benefician a 18 comunidades (2329 personas). En total, casi 4000 latinos e indígenas tienen acceso a agua potable de lluvia durante todo el año.   Un cambio que se siente   Fulgencio Quencho Méndez, técnico del proyecto, explica:   “Succionamos agua del río con bomba, pasa por un prefiltro y luego por filtros de piedra, arena y carbón. Todo funciona por gravedad, cae a un reservorio enterrado, y desde allí se eleva a un tanque con cloro para distribuir en cada canilla. Es un sistema sencillo, pero eficaz”.   En los lugares donde no existe un río cercano, el sistema de filtrado se adapta al territorio: el agua de lluvia se recoge en extensiones de tierra especialmente cercadas, con canales que concentran y conducen el líquido hasta caños. Luego el agua pasa a una pileta protegida con una malla especial para filtrar impurezas grandes, antes de ingresar al sistema de grava, arena y carbón. Así, lo que antes se perdía en el suelo árido, hoy se guarda y se transforma en agua segura que llega directamente a las casas.     El secreto está en su diseño: tecnología apropiada, bajo costo, fácil de mantener y respetuosa con la naturaleza. Y lo más importante: es manejada por las propias comunidades.   “Siempre quise que mi hijo tomara agua potable, y ahora eso me hace tan feliz. Cuando falta energía usamos generador, pero ya no necesitamos volver al río”, cuenta con emoción Elías Posoraja, presidente del consejo de agua de Guida Ichái.    La diferencia en la vida cotidiana es enorme. Nelio Ramón Añasco, encargado de mantenimientoSeguir leyendo “Del cielo a la canilla: la ruta del agua en el Chaco”

Mujeres que siembran sueños

En Bahía Negra, un grupo de mujeres decidió transformar su realidad con una huerta comunitaria. Entre risas, aprendizajes y cosechas, fortalecen la economía familiar, la alimentación sana y el tejido social de su comunidad. *Por Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui    En el extremo noreste del Chaco paraguayo, donde la tierra  es dura, arcillosa y el calor implacable, un grupo de mujeres se propuso un reto: hacer florecer la esperanza. Desde 2024, las “Mujeres Emprendedoras de Bahía Negra” trabajan juntas en una huerta agroecológica y colectiva que ya se convirtió en un espacio de unión, aprendizaje y alegría.     Leticia Rosales, ingeniera agrónoma y alma del proyecto, explica cómo logran cultivar en un suelo tan difícil: “La tierra acá es arcillosa, muy dura. Para sembrar primero preparamos los tablones, removemos todo y luego traemos ‘mantillo del monte’, que usamos como abono natural. Mezclamos con la arcilla y así queda lista para la siembra. Todo es orgánico, sin ningún químico”.     La huerta se instaló gracias a un pequeño fondo de apoyo, pero hoy las mujeres siguen adelante con recursos propios y un compromiso que crece cada día.   Un espacio de terapia y alegría   Cada viernes, las productoras se reúnen para limpiar, regar y compartir vivencias. Para ellas, la huerta no solo produce verduras, sino también afecto, confianza y sueños colectivos.   Griselda González, de 50 años, cuenta con una sonrisa que “me encanta porque pasamos bien, nos reímos, nos divertimos. Es una alegría total para nosotras”.   La hermana Lucía, una religiosa que acompaña el proyecto, destaca el valor humano de este espacio: “Este momento es como un relax. Nos ayuda a conocer a las mamás y sus realidades. Es una oportunidad para acompañarlas, visitarlas y fortalecer la familia”.     Aunque la última inundación cubrió la huerta de agua y aisló a toda la ciudad, apenas el terreno se secó, las mujeres volvieron a sembrar con más fuerza. Ahora sueñan con agrandar el espacio, vender sus productos y abastecer, al menos de manera parcial, el programa Hambre Cero.   Leticia señala con emoción que “ya nos dijeron que podrían comprarnos para el programa Hambre Cero. Tenemos ganas de producir más y tener dónde vender. La idea es que este esfuerzo sea sustentable”.     Otro de sus proyectos es reunir y guardar sus propias semillas. Así podrán asegurar la próxima siembra y también intercambiar semillas con otras mujeres agricultoras de la zona.   La fuerza de la organización   El trabajo en el Chaco no es fácil. Durante los días de intenso calor, la huerta necesita riego al menos dos veces al día. Por eso, uno de los grandes objetivos de este año es conseguir recursos para instalar un sistema de riego que les permita mantener las plantas saludables y reducir el esfuerzo físico.     A pesar de los desafíos, las mujeres no pierden el entusiasmo. Varias de ellas ya se animaron a hacer huertas en sus casas y a cocinar con sus propias verduras.    “El año pasado tuve mi huertita. Salieron lechuga, locote, tomate, pepino y todavía tengo perejil y espinaca”, cuenta Esther Acuña, una de las integrantes.   Además de producir alimentos sanos, varias mujeres cocinan y venden sus preparaciones por encargo. La tecnología también juega su papel: basta un estado de WhatsApp para que los pedidos lleguen volando.   Estas mujeres demostraron que con ganas, unión y conocimiento se pueden cambiar realidades. Su huerta no es solo un proyecto productivo: es un símbolo de que cuando las mujeres se organizan, florecen los sueños.     Bahía Negra: corazón chaqueño   Bahía Negra es uno de los distritos más extensos del Paraguay, con más de 3.500.000 hectáreas. Está ubicada a orillas del río Paraguay, en el extremo noreste del departamento de Alto Paraguay, a 820 kilómetros de Asunción. Allí viven alrededor de 2.500 personas.   Fundada oficialmente en 1987, Bahía Negra combina paisajes únicos y una cultura rica en tradiciones. Aunque la vida en esta zona remota del Chaco tiene desafíos, la comunidad sigue apostando por el trabajo, la solidaridad y la conservación de su entorno natural.     Edición: Mónica Bareiro / @monibareiro     *𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣

Conectividad como derecho

En el Chaco paraguayo, donde la falta de oportunidades suele ser parte de la rutina, un grupo de mujeres logró acercarse a pesar de los kilómetros que las separan unas de otras. Defendieron algo que pocos creían necesario: el acceso a internet. Demostraron que conectarse no es un lujo, sino una herramienta para transformar la vida.   *Por Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui   A solo 50 kilómetros de Asunción, la comunidad Santa Rosa del pueblo Qom, vivía aislada digitalmente. Hasta hace pocos años, acceder a internet 24 horas era un lujo que ninguna familia podía costear. “Antes usábamos mucho el saldo cuando había alguna actividad que hacer. No podíamos sacar fotos y subir a redes porque no teníamos saldo”, recuerda Bernardina Pesoa, pobladora de la comunidad. Todo cambió en 2020, cuando se instaló el primer centro de inclusión digital Nanum en Paraguay. La antena, la red comunitaria y el espacio equipado con computadoras fueron la semilla de un cambio más grande.     El acceso a internet permitió a la comunidad abrir nuevas puertas: capacitación, venta de productos, información y la posibilidad de contar sus propias historias.   El impulso de la pandemia   Mientras Santa Rosa se conectaba, en otras comunidades la idea de los telecentros empezaba a tomar forma. La iniciativa se inspiró en la experiencia argentina de la Fundación Gran Chaco, que, desde hace más de una década, instalaba espacios de inclusión digital gestionados por mujeres. Mariana Franco, secretaria ejecutiva de Sunú, recuerda las primeras reuniones: “Nos decían que había cosas más urgentes que la conectividad, que estábamos locas por priorizar internet”.     Pero la pandemia de 2020 vino a darles la razón. Cuando las escuelas cerraron y las comunidades quedaron aún más aisladas, las que contaban con conectividad pudieron organizarse para recibir alimentos, gestionar ayudas de emergencia y sostener la educación a distancia. Ese momento marcó un antes y un después en la percepción de lo que significaba estar conectadas.   Poco a poco, Sunú, organización con 25 años de trayectoria, se alió con la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL), el Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicación (MITIC) e Internet Society para llevar la red a más territorios. Cada nuevo centro requirió acuerdos comunitarios, capacitación y un compromiso firme de que el servicio sería colectivo.   Mujeres que se organizan y enseñan   Los telecentros Nanum se convirtieron en mucho más que lugares con computadoras y wifi. Allí se dictan talleres de alfabetización digital, derechos humanos, creación de contenidos, gestión ambiental y cambio climático. “Internet es un derecho porque habilita muchos otros derechos”, explica Mariana. “Te permite aprender, comunicarte y mostrarle al mundo que existís. Eso es lo que más nos importa: que estas mujeres sepan que su voz cuenta y que nadie las va a volver a silenciar”.   Hoy en Paraguay funcionan 13 telecentros, distribuidos en localidades como Samaria, Campo Largo, Loma, La Patria, Pozo Hondo y Santa Rosa, que benefician a cientos de familias, escuelas, puestos de salud y radios comunitarias. También se instalaron dos redes comunitarias, como la Red Nivaclé, que conecta a La Abundancia, Jericó, Jope y Samaria, ampliando la conectividad más allá de los telecentros. Estos espacios ofrecen conectividad, equipamiento digital y sirven como centros de capacitación, organización comunitaria y generación de contenido local.     En Santa Rosa, por ejemplo, el internet llega también a la unidad de salud familiar y a la dirección escolar indígena del pueblo Qom. Parte del modelo consiste en que las comunidades gestionen su servicio de manera cooperativa, destinando un pequeño pago que reemplaza el gasto en saldo individual.   Para muchas mujeres, perderle el miedo a la tecnología fue el primer paso. Luego vinieron los cursos y las primeras publicaciones propias. “Desde que nos capacitaron, aprendimos a sacar fotos, grabar videos y editar. Hoy podemos hacer denuncias y mostrar nuestros trabajos, de todo un poco”, relata con orgullo Bernardina.     Qataqui Noticias y Loma Digital: voces que resuenan desde el Chaco   La experiencia de Qataqui Noticias es uno de los grandes logros del proyecto Nanum Mujeres Conectadas. Este medio digital no solo informa a otras comunidades Qom, también se convirtió en una herramienta de protección y promoción cultural. Gracias a sus publicaciones, se difunden avisos urgentes, historias de resiliencia y los emprendimientos de mujeres artesanas, quienes crearon su propia página para vender en línea. El impacto se siente en lo cotidiano: niñas y niños ahora usan computadoras en la escuela sin que eso implique un costo extra, y las jóvenes pueden continuar su formación sin abandonar sus territorios.    Nidia Pessoa Torres, estudiante de Ciencias de la Educación, es la encargada de generar contenido para las redes de Qataqui Noticias “Queremos que avance Qataqui Noticias para que todos sepan que el pueblo Qom tiene su propia página”, dice convencida de que contar sus historias es un acto de dignidad.     A unos 700 kilómetros de Asunción, en la comunidad Loma del pueblo guaraní Ñandeva, una experiencia similar comienza a florecer. La inauguración del Centro Nanum, equipado con computadoras, impresoras y Smart TV, dio origen a Loma Digital, un medio gestionado por mujeres que busca visibilizar las problemáticas locales, fortalecer la lucha por la tierra y potenciar la voz de la comunidad. Al igual que en Qataqui, el protagonismo femenino fue clave: cuatro mujeres elegidas por la comunidad lideran el espacio, organizan actividades, promueven la formación digital y tejen redes de comunicación y resistencia. Ambas iniciativas muestran cómo la tecnología, en manos de las mujeres, se convierte en una herramienta poderosa de empoderamiento, arraigo, organización comunitaria y defensa de derechos.     Un modelo que quiere ser política pública   Aunque los logros son enormes, todavía existen muchos desafíos. La sostenibilidad económica de la red, la capacitación continua y la apropiación estratégica de las tecnologías siguen siendo prioridades. La meta es que estas experiencias sirvan de base para una política pública que garantice el acceso universal a internet como derecho humano.   Según datos del InstitutoSeguir leyendo “Conectividad como derecho”

Guardianes del Pantanal

Saúl y Lidia llegaron a Bahía Negra por caminos distintos, pero se quedaron por elección. Hoy lideran iniciativas para cuidar el Pantanal paraguayo, enseñan a nuevas generaciones y siembran compromiso con el cuidado del planeta. *Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui   Saúl Arias (32) no nació en Bahía Negra, pero casi. “Nací en San Carlos, pero desde los 9 años vivo acá”, cuenta con el tono sereno que lo caracteriza. Bahía Negra es el municipio más septentrional del Paraguay, ubicado a orillas del río Paraguay, a 830 kilómetros de Asunción. Es un lugar donde el tiempo parece tener otro ritmo: calles de tierra arcillosa, lodosa en tiempos de lluvia, casas sencillas rodeadas de árboles, un puerto por donde llegan barcos cargados de mercaderías, y una calma que solo se interrumpe con el rugido del motor de alguna moto o el canto de las aves.     La infancia de Saúl estuvo marcada por excursiones detrás de su hermana mayor, en un programa llamado Eco Club, que hacía recorridos de observación de aves y campamentos de educación ambiental. “Siempre me iba con ella y así me fui enganchando”, recuerda.   Lo que empezó como curiosidad infantil se convirtió en vocación. Cuando Eco Club se transformó en la organización Eco Pantanal en 2010, Saúl ya estaba listo para asumir responsabilidades. Es ingeniero ambiental, presidente de la organización y también concejal municipal. “Yo no sé hacer otra cosa que esto. Me encanta trabajar con la gente, en educación ambiental, en conservación”, asegura.     Eco Pantanal fue la primera organización de jóvenes ambientalistas en Bahía Negra y, con los años, aprendieron a gestionar proyectos, coordinar acciones con comunidades indígenas y a escribir propuestas de financiamiento. Gracias a su empeño, el grupo sigue creciendo, aunque a veces, como relata Saúl, “es difícil porque siempre hay desinformación, prejuicios de que las oenegés vienen a quedarse con la tierra. Pero trabajamos igual”.   La chispa que encendió una brigada   En 2019, el Pantanal ardió como nunca. Fue el primer gran incendio forestal que arrasó el paisaje. La comunidad, hasta entonces sin bomberos, entendió que ya no podía esperar ayuda de lejos. Ese mismo año, con el impulso de un curso de bomberos forestales y la urgencia latente, se formó la Brigada Yaguareté.     Por su parte, Lidia Galeano Portillo (33) llegó a Bahía Negra por amor y decidió quedarse incluso cuando su esposo falleció. “El único lugar donde me sentía bien era acá, también por la naturaleza”, relata. Se unió como voluntaria de Eco Pantanal, pero encontró en el combate al fuego su principal causa.   “Cuando hicimos el curso, el segundo día hubo un incendio. Nos fuimos sin equipo, sin botas, sin protección. Fue peligroso, pero a la vez emocionante”, recuerda con una mezcla de susto y orgullo. Hoy, Lidia lidera la Brigada, que cuenta con 25 integrantes, aunque 12 son los más activos. “Cuando hay incendios, vienen todos. Parece que les motiva más”, dice entre risas.     Mujeres que se plantan ante el fuego   Lidia no solo coordina la brigada. También se forma, entrena y busca recursos. “No tenemos casi apoyo estatal. Si recibimos algo, es por gestiones de Eco Pantanal. Los uniformes adecuados todavía no llegaron”, lamenta.   En la brigada hay cinco mujeres activas y dos integrantes de comunidades indígenas que volvieron al grupo tras un tiempo alejados. “Me motiva el amor a la naturaleza. Amo a los animales y quiero hacer algo por este planeta”, dice Lidia mientras su hija Isabela Sofía, de un año, la acompaña a cada paso.     Cuando no hay incendios, Lidia se las rebusca como guía turística, comerciante o consultora ambiental. “Acá no hay mucho trabajo. Hago de todo”, reconoce.   Educación ambiental entre juegos y libros    Más allá de apagar incendios, Saúl y Lidia creen que la acción climática empieza en las aulas. Con Eco Pantanal, desarrollaron un material didáctico llamado 12 meses en el Pantanal, pensado para que los niños aprendan el ciclo del agua y la conservación de la biodiversidad de su propia región. “Es triste que en las escuelas no se enseñe nada de esto. Por eso adaptamos el contenido al currículum de ciencias naturales”, cuenta Saúl.     El material incluye juegos de mesa y guías para docentes. “Si los chicos crecen con ese conocimiento, algún día no vamos a tener que convencer a nadie de proteger lo que tenemos”, dice convencido.   Esta apuesta educativa recibió apoyo del programa Voces para la Acción Climática Justa (VAC), que financia iniciativas que buscan que la juventud se involucre y que la conservación deje de ser un tema lejano.   El camino de Saúl y Lidia no es sencillo. Requiere convicción, paciencia y un corazón enorme. “Conservar es hacer que la gente interprete lo que les rodea y lo ame”, dice Saúl.    Un tesoro vivo   El Pantanal Paraguayo es el humedal más grande del mundo. Ocupa 170.500,92 hectáreas en la cuenca alta del río Paraguay, departamento de Alto Paraguay. Este ecosistema alberga 2.000 tipos de plantas, 582 especies de aves, 132 mamíferos, 113 reptiles y 41 anfibios, y es vital para la regulación del clima y del ciclo del agua.     Pero su belleza también enfrenta amenazas cada vez mayores: los incendios forestales, la deforestación, la expansión ganadera y la crisis climática ponen en riesgo el equilibrio de uno de los mayores tesoros naturales de Paraguay y el mundo.     Edición: Mónica Bareiro / @monibareiro Fotografías: Leo De Blas / @leodeblas     *𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣

Custodias del arte yshir

En Alto Paraguay viven mujeres que sostienen con sus manos la memoria viva de su pueblo. Entre pinceles, fibras y colores, Salmi y Rumilda desafían la distancia, el silencio y la falta de apoyo para preservar la esencia de la cultura Yshir, que se niega a desaparecer.   *Por Noelia Díaz Esquivel @noediazesqui    Un portón alto con postes de madera blanca anuncia la entrada a Puerto Diana, un territorio ancestral a más de 830 km de Asunción. Un cartel de tránsito recuerda que por aquí no se corre: “30 km, velocidad máxima”. Después del umbral, un camino recto con árboles que parecen estar en medio de una carrera de resistencia, conduce al centro de Puerto Diana. El suelo, de un gris pálido y seco, refleja la luz de un cielo claro que no deja adivinar la hora.     Ese día el viento soplaba con una insistencia que obligaba a mantener la campera cerrada hasta el cuello. Ocho grados de sensación térmica. Lo primero fue encontrar al líder y presentarnos para solicitar permiso para caminar sobre su territorio y conversar con su gente. La autorización nos fue otorgada.   La casa de las flores y las pinturas   Unos metros adelante, una casa llamó nuestra atención. No porque fuera más grande o lujosa que las demás, sino porque la rodeaban decenas de macetas, baldes y recipientes con flores recién regadas. Cada planta parecía tener su lugar exacto.   En el patio, una mujer de bufanda colorida observaba satisfecha ese pequeño jardín. Su nombre es Salmi López, llegamos por curiosidad pero pronto descubrimos que también se trataba de una artista visual, de las que saben contar historias con pinceles y colores.     “Desde chiquita, nueve o diez años, ya pintaba con mi abuelo (Rubén Balbuena, Owga). Él me enseñaba a mirar bien las cosas que ocurrían a nuestro alrededor, saber su historia y después a dibujar”, contaba apasionadamente.   Los cuadros de Salmi muestran la cultura Ishir: rituales, animales, espíritus que habitan el monte y el río. Cada pieza es un testimonio. Pero producirlas no es fácil. “Ahora me faltan pinceles finitos, la pintura… Acá es imposible conseguir. El señor Fernando (Allen) me manda por avión, pero si no vendo, no puedo comprar”, explicó con cierto aire de resignación.     A veces sus obras viajan mucho más lejos que ella. Han estado en Sao Paulo y Madrid. “Yo quiero irme a esos lugares, que la gente me conozca. Pero no tengo recursos y tengo miedo al avión”, dijo sonriendo con una mezcla de timidez y deseo.   Mientras hablamos, mencionó con orgullo que una parte de lo que gana la guarda para que su hija menor pueda estudiar. “Ella quiere ser enfermera, ayudar a la gente. Pero todo es caro acá y no hay universidades. Mientras tanto yo sigo con mi trabajito, vendiendo, para juntar plata para que ese sueño se haga realidad”, agregó.   Manos que resisten y perduran la cultura   Un día después, todo parecía distinto. El viento frío había cedido su turno a un sol que se sentía con fuerza en la misma calle, sobre las mismas casas. El líder pasó en motocicleta, ocupado en algún asunto urgente, solo nos saludó de reojo.   Más adelante, tres mujeres tejían sentadas en sillas de plástico color amarillo y bordó. Las más jóvenes se trenzaban el cabello unas a otras, ahí estaba Rumilda Aquino, madre y dueña de casa, nos recibió con agrado. Mientras nos saludaba, entre sus manos se deslizaba la palma que, con paciencia, se transformaría en una canastita.     “Esto aprendí cuando me casé con mi marido, hace veinte años. La palma y el caraguatá hay que ir a buscar lejos, 14 kilómetros. Después hay que secar muchos días, que no se moje. Si no, no sirve”, relató sin dejar de tejer.   Rumilda dedica muchas horas a la artesanía, pero no siempre alcanza. “A veces no vendo nada, entonces entro a trabajar mensual limpiando casas. Gano cuatrocientos mil guaraníes. Somos pobres, no se puede vivir solo del arte”, comentó con naturalidad, casi sin contradecir su destino.     Cuando logra reunir suficientes piezas y dinero para el pasaje, viaja en colectivo hasta Asunción. “Yo quiero seguir haciendo porque es nuestra historia. Pero acá todo queda lejos. Si no hay mercado, si nadie ayuda, ¿cómo vamos a sostener esto?”, preguntó mientras un hilera nueva se sumaba a su canasto.   En natural equilibrio   La historia de Salmi y Rumilda es la prueba de que el arte o la artesanía no son simples pasatiempos, sino la forma más concreta de mantener vivo un idioma, un relato, un modo de habitar el mundo. Cada obra que sale de sus manos es un puente entre generaciones. También es un recordatorio de que la cultura ancestral y la protección del ambiente no pueden separarse: cuidar la tierra es cuidar el origen de la materia prima, el alimento y el sentido.   Si su arte no encuentra mercado, si las familias no acceden a apoyo, todo ese conocimiento poco a poco se perderá. Sostener estas actividades es mucho más que comprar un cesto o un cuadro: es reconocer que en esos colores y tramas hay un equilibrio que no hemos sabido valorar.   La Nación Yshir   Los siete pueblos de la Nación Yshir habitan el Alto Paraguay. Sus antepasados navegaban el río, cazaban, recolectaban y tejían con una relación íntima con la naturaleza. Creen que el mundo visible y el invisible se conectan, que todo tiene un porqué y un espíritu.   Su lengua y sus relatos son un mapa que se transmite de abuelos a nietos. Y en ese cielo al que miraron por siglos también están hoy Salmi y Rumilda, con su saber, su paciencia y su deseo de que su pueblo no sea solo un recuerdo.   Edición: Mónica Bareiro Ibarra @monibareiro Fotografías: Leo De Blas @leodeblas   *𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯Seguir leyendo “Custodias del arte yshir”

Periodismo valiente para un futuro posible

Una celebración al valor y al compromiso de las y los periodistas, es lo que se vivió este 24 de julio con la entrega del Premio Nacional de Periodismo Ambiental 2025. Ciencia del Sur, The Paraguay Post y la Revista Pausa, de la Última Hora, así como otros nueve finalistas, fueron reconocidos por sus investigaciones rigurosas, enfoques humanos y capacidad de visibilizar las luchas socioambientales del país.   Con una sala llena y mucha emoción, se vivió la segunda edición del Premio Nacional de Periodismo Ambiental, una iniciativa de Global Infancia, Emancipa Paraguay y El Surtidor, con el apoyo de WWF Paraguay y Fundación Avina, en el marco del proyecto Voces para la Acción Climática Justa (VAC). Este año se postularon 38 trabajos en diversos formatos y por primera vez se abrió una categoría para estudiantes, que sorprendió por su nivel y compromiso.   El jurado, compuesto por Andrés Colmán Gutiérrez (periodista y director de El Otro País), Romina Cáceres Morales (jefa editorial de El Surtidor), Hanan Callejas (comunicadora de Fundación Avina, Bolivia) y Aldo Benítez (periodista de investigación y editor en OCCRP), tuvo el difícil trabajo de elegir a los 12 mejores, destacar menciones de honor y seleccionar los 5 reportajes ganadores.   Finalistas que visibilizan territorios, luchas y soluciones   Estos fueron los 12 trabajos finalistas del Premio Nacional de Periodismo Ambiental 2025: Las dos caras del agro: extractivismo o soberanía – Universidad del Pacífico Frazadas que abrigan al planeta – Universidad del Norte Cerro Kavaju – Universidad del Pacífico – Katherine Rolón y equipo Alberdi: vivir del río – Universidad del Pacífico Conservación y cultura: el camino sostenible del pueblo Aché – El Otro País Los guardianes del bosque bajo amenaza – The Paraguay Post En busca de la tierra prometida – Revista Pausa + Última Hora La otra Guerra del Chaco: los taguás luchan contra su extinción en el siglo XXI – Ciencia del Sur El Estado paraguayo habilitó minería de litio en tierras ayoreo – Consenso Con calor no se puede estudiar – Consenso Legado tóxico Pilas usadas en Paraguay el veneno invisible que nadie controla – ABC TV La lucha de la yerba mate contra la contaminación minera en Paso Yobai – Independiente Menciones de honor   El jurado también entregó menciones de honor a cinco trabajos que, por su impacto, profundidad o innovación, merecieron un reconocimiento especial: Legado tóxico. Pilas usadas – ABC TV La lucha de la yerba mate contra la contaminación minera en Paso Yobai – Matteo Fabi Con calor no se puede estudiar – Consenso De la tierra al remedio – Yenifer Guainer Jara (Red de Comunicadores) Universidad del Pacífico, por su participación activa y el acompañamiento comprometido de su equipo docente Las investigaciones ganadoras   Los cinco reportajes ganadores fueron seleccionados por su narrativa, rigurosidad, sensibilidad y compromiso con las comunidades. No hubo primer, segundo ni tercer puesto: cada uno fue reconocido por su mérito propio. Categoría Estudiantes Las dos caras del agro: extractivismo o soberanía – Universidad del Pacífico Frazadas que abrigan al planeta – Universidad del Norte Categoría Profesionales La otra Guerra del Chaco – Eduardo Quintana (Ciencia del Sur) Los guardianes del bosque bajo amenaza – The Paraguay Post En busca de la tierra prometida – Laura Ruiz Díaz y Elisa Marecos Saldívar (Revista Pausa + Última Hora)   Una celebración del periodismo que informa y transforma   Durante el acto, se destacó el rol del periodismo ambiental para narrar las realidades invisibilizadas del Paraguay. También se presentó la Expo Periodismo Ambiental, una muestra interactiva que expuso los trabajos finalistas a través de paneles y dispositivos digitales, pensada para seguir recorriendo espacios comunitarios y educativos.   El evento cerró con palabras de agradecimiento, música y el compromiso colectivo de seguir impulsando un periodismo que cuida la vida. Porque la acción climática también se escribe, se filma y se escucha.     *𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 proyecto 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣

La comunidad que transformó el dolor en esperanza

Tras más de una década de lucha, las familias de San Oscar Romero – ex Marina Kué – celebran el inicio de la titulación de sus tierras. un territorio de resistencia, siembra y sueños construidos con esfuerzo colectivo. La historia de una conquista que es de todas y todos.   *Por: Noelia Díaz Esquivel – Edición: Mónica Bareiro.   «Nosotros sabíamos que Marina Kué no era de los Riquelme, que no tenían los títulos de propiedad. Siempre tuvimos la esperanza de que estas tierras serían de las y los campesinos. Nunca dejamos de luchar”, dice Cristina Ozuna, la primera persona en pagar por su título de propiedad en San Oscar Romero, Curuguaty.    «En su momento hubo divisiones, tuvimos miedo por nuestras vidas. Hubo tiempos en que las reuniones las sostuvimos apenas entre cuatro personas. A pesar de todo, la meta siempre fue llegar a la titulación», recuerda la dirigente y secretaria de la Asociación de Víctimas y Familiares de Marina Kué.     Cristina, agricultora y ama de casa, pagó por el título de propiedad de un lote de 9 hectáreas ubicado en el corazón de la comunidad. Tiene 39 años y es madre de dos hijas, Yamili y Estrella. La primera, de 19 años, hace unos meses migró a la Argentina en busca de nuevos horizontes, quiere ser policía.   Con la venta de gallinas y cosechando mandioca y sésamo, Cristina logró, a duras penas, que estudie y se reciba de peluquera y maquilladora profesional, pero el rubro no tiene mucha salida en pueblos pequeños del interior del país. Su madre sueña con que Yamili vuelva a su lado, a su tierra.   «No me alegro de que se haya ido, como mamá estoy muy preocupada, pero no puedo todo sola», dice con impotencia Cristina. Está segura de que, de haber tenido un hogar y su propia tierra antes, hubiera podido generar mayores ingresos para que sus hijas accedieran a una mejor educación y a un proyecto de vida en su propio país.   Estrella, de 15 años, todavía no terminó la secundaria, y es uno de los motivos por los cuales no pueden asentarse definitivamente en San Oscar Romero. La escuela del asentamiento, Niños Mártires de Marina Kué, ofrece educación solo hasta la primaria. Esta realidad la obliga a trasladarse sin descanso entre los 35 km que separan a Yvypytá y el asentamiento.    Ninguna de estas dificultades logró hacer que Cristina pierda la certeza de que esas tierras, algún día, pertenecerían oficialmente a las y los campesinos.   En el lote número 4 se asienta, rebosante de dignidad, su casa de madera, levantada con la ayuda de su padre, don Ramón Ozuna, de 79 años, y la solidaridad de sus compañeros. Está ubicada sobre el camino principal del asentamiento. La vivienda de dos dormitorios, una sala y una cocina, se erige bajo la cobija de árboles nativos y frutales. Este hogar es para ella sinónimo de victoria.     «Él siempre luchó —dice Cristina al referirse a su padre—, fue uno de los primeros en entrar, una de las 37 personas que ingresaron en 2012. Siempre luchó en Marina Kué. Hace un año tuvo que volver a Yvypytá, porque tiene problemas respiratorios y acá todavía no hay atención sanitaria, además ya está viejo».   Detrás de la casa, varios metros adentro del monte, está el kokue (chacra). Hasta hace poco, todo lo que cosechaban era para el autoconsumo. Sin embargo, el último año Cristina sembró mandioca, maíz y poroto. Logró cosechar y vender una hectárea de mandioca.   «No fue el mejor precio, pero gané ocho millones. Antes solo era para consumo porque no había camino. Ahora que ya tenemos, puede entrar el camión para transportar la producción», dice con una emoción difícil de ocultar.    Concentración de la tierra   Según datos del Censo Agropecuario Nacional 2022 del Instituto Nacional de Estadística (INE), la estructura de la tenencia de la tierra en Paraguay continúa mostrando una marcada concentración: de las 291.497 fincas agropecuarias registradas, el 55% (160.273 fincas) cuenta con título definitivo, el 29% (84.965 fincas) posee documentos provisorios, y el 22% (64.352 fincas) se encuentra en situación de alquiler, aparcería, ocupación u otras formas de tenencia.   La concentración de la tierra en Paraguay es una de las más altas del mundo, con un índice de Gini (medida estadística empleada para cuantificar la distribución de la riqueza) de 0,93, lo que indica una extremada desigualdad de la propiedad.   Según la organización Base-IS, Horacio Cartes, empresario y expresidente de Paraguay, es considerado uno de los mayores propietarios de tierras del país. Además, durante la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989), aproximadamente 8 millones de hectáreas destinadas a la reforma agraria fueron asignadas irregularmente a aliados del régimen. Estas tierras, conocidas como «malhabidas», siguen en manos de particulares y empresas, sin que se haya logrado una redistribución efectiva según refleja la investigación del medio paraguayo El Surti, que desarrolló una herramienta para identificar a los «Invasores VIP del Paraguay».   Estos datos reflejan una persistente concentración de la tierra, con una distribución desigual que afecta especialmente a pequeños productores y comunidades rurales.   Que hoy Cristina sea propietaria de su propio lote es un paso importante hacia la justicia social y la resolución de conflictos históricos relacionados con la tenencia de la tierra en Paraguay.   Victoria   «Me emocioné, lloré, porque es un logro muy importante. Imaginate, después de 12 años de lucha. Para mí fue una enorme alegría. Como mujer siempre luché, ni un momento abandoné, incluso cuando todos nos decían que no íbamos a ganar, cuando aseguraban que nos vendimos. Ahora llegamos a la conquista de nuestro sueño», relata Cristina.   El 24 de febrero de 2025, fecha en que se conmemora el Día de la Mujer Paraguaya, Cristina entregó un millón de guaraníes, la primera cuota por el título de propiedad del lote número 4. Fue la pionera en materializar la tenencia de tierra propia, además con este acto, honró laSeguir leyendo “La comunidad que transformó el dolor en esperanza”

Defender la tierra no es delito, vivir en paz es un derecho

*Por Noelia Díaz Esquivel   El aire en Hugua Po’i se vuelve espeso cada vez que alguien pronuncia la palabra «desalojo». No es un miedo abstracto, es la memoria, es la alerta constante de que, en cualquier momento, un operativo fiscal vuelva a ingresar a la fuerza, con uniformados armados, con helicóptero sobrevolando sus casas, con niñas y niños llorando y cultivos pisoteados. El último desalojo fue en julio de 2022. Y aunque lograron regresar gracias a una medida cautelar, la amenaza no se fue nunca. Esta semana, volvió a tocar la puerta.     Hugua Po’i, comunidad Mbya Guaraní ubicada en el distrito de Raúl Arsenio Oviedo (Caaguazú), volvió a estar en la mira del despojo. El 10 de junio, el Ministerio Público tenía previsto realizar un allanamiento en el territorio. Supuestamente no se trataba de una expulsión, pero la experiencia les enseñó a desconfiar: en Paraguay, las tierras indígenas se quitan por partes, con excusas técnicas, con despliegues policiales, con resoluciones firmadas en oficinas donde nadie escucha a las comunidades.   Esta vez, lograron frenarlo. La presión de organizaciones sociales, defensoras de derechos humanos y comunicadores hizo lo suyo. Una comitiva se plantó frente a la Fiscalía General del Estado en la mañana del lunes 9 de junio, y exigió garantías. En una reunión improvisada, representantes del Ministerio Público se comprometieron verbalmente a suspender el operativo. Pero no hay nada oficial por escrito.     Además en octubre de 2024, la decisión judicial de levantar la medida cautelar que protegía a la comunidad encendió todas las alarmas. Para la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy), se trata de un acto arbitrario que expone a más de 50 familias a un nuevo desalojo. Y peor aún, indican que el pedido de levantamiento de la medida fue impulsado por representantes cercanos al Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados y a ex autoridades del INDERT, lo que compromete la imparcialidad del caso.   El crimen de cuidar la tierra   El fiscal Alexis Takahashi alegó que el procedimiento se daba por una supuesta denuncia ambiental. La misma narrativa repetida una y otra vez: responsabilizar a quienes cuidan la tierra, mientras los desmontes arrasan con los territorios frente a sus ojos.   «Nos acusan a nosotros de delitos ambientales, pero ya no quedan ni pájaros por la tala que hacen frente a nuestra comunidad», reclamó Mario Rivarola, vocero de la Articulación Nacional Indígena por una Vida Digna (ANIVID).   Lo cierto es que no es la primera causa penal que enfrenta Hugua Po’i. Ni la segunda. Es la tercera. Y todas comparten un patrón: criminalizar la vida en comunidad y desgastar emocionalmente a sus integrantes.   La comunidad cuenta con dictámenes técnicos, estudios antropológicos, medidas, pero aún así, deben defender lo obvio: que esa tierra es suya. Que es ancestral. Que no la compraron, porque la habitan desde antes de que existiera el Estado paraguayo.   Las empresas, el negocio y el Estado ausente   Desde hace años, esta comunidad reclama al Estado la titulación de unas 1.000 hectáreas que consideran suyas por derecho ancestral. Mientras tanto, empresas agroganaderas como Tres Palmas hacen presión desde los tribunales para apropiarse de esas tierras.   «Producimos sin destruir. Cuidamos nuestros árboles. Respetamos la tierra. Pero alrededor nuestro todo es fumigación y tala. Y nadie investiga eso», sostuvo Manuel Ramos, uno de los líderes de la comunidad.   Ni el Ministerio Público ni el Instituto Nacional del Indígena (INDI) han cumplido plenamente con su rol de garantizar la protección de esta comunidad. Tampoco el Poder Judicial ni la Policía Nacional. La Constitución Nacional es clara: ninguna comunidad indígena puede ser desalojada sin su consentimiento.      Lo que Hugua Po’i exige   La comunidad no pide privilegios. Solo quiere vivir en paz, en su territorio. Exige que se cumpla la Constitución y se respeten los tratados internacionales que garantizan el derecho a la tierra, al territorio y a una vida digna.   Sus pedidos puntuales son: Al Ministerio Público: suspensión inmediata del procedimiento y auditoría del caso. Al Poder Judicial: revisión de las medidas arbitrarias y garantía del debido proceso. Al INDI: celeridad en la titulación de tierras y entrega de informes. Al Ministerio del Interior y la Policía Nacional: que no usen la fuerza, y prioricen el diálogo. Hugua Po’i no quiere más violencia. Quiere sembrar, criar, respirar, cuidar su monte y vivir con dignidad.    *𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 proyecto 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣

Una red juvenil que late en el corazón del Chaco

*Redacción: FortaleSer (Fortaleza del Ser)   En el amplio y desafiante paisaje del Chaco paraguayo, donde el sol brilla con intensidad y la vida cotidiana exige creatividad y esfuerzo, un grupo de adolescentes y jóvenes decidió sembrar algo diferente: esperanza, compromiso y comunidad. Así nació la Red Juvenil del Chaco, un espacio impulsado por y para jóvenes indígenas y latinos del departamento de Boquerón, que sueñan con transformar su entorno y, al mismo tiempo, construir nuevas respuestas frente al cambio climático desde sus propios territorios.   Todo comenzó con una pregunta sencilla pero poderosa: ¿Para qué queremos estar juntos en esta Red? Las respuestas surgieron rápidamente. Querían unirse para enfrentar las realidades que viven día a día: la falta de conocimiento y acción para una gestión eficaz del agua, la ausencia de prácticas adecuadas para el manejo de residuos, y la necesidad de plantar y proteger los árboles en sus comunidades. Pero también los movía el deseo de compartir, aprender, hacer nuevas amistades y animarse a liderar proyectos que transformen su entorno.       Durante los encuentros presenciales, muchos de ellos viajaron largas distancias, dejando sus casas, sus estudios, sus obligaciones. Entre dinámicas, caminatas, debates, visitas a lugares históricos y risas, fueron construyendo una identidad colectiva. Pensaron un nombre, diseñaron un logo, planificaron actividades en escuelas, radios y plazas. Decidieron hablarles a sus comunidades desde su propia voz.     Pero lo más valioso no fue lo que se planificó en papel, sino lo que se encendió en sus corazones. En cada encuentro, los jóvenes se miraron con más fuerza, con más orgullo. Descubrieron que tienen mucho para decir, mucho para aportar. Que pueden liderar, organizar, proponer y sostener. Que no están solos.   Hoy la Red Juvenil del Chaco sigue creciendo con la convicción de que las transformaciones más profundas comienzan en comunidad. Con cada acción, demuestran que el liderazgo juvenil no es un futuro prometido, sino un presente que se construye con valentía, creatividad y raíces profundas.   *𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 proyecto 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣

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