Custodias del arte yshir

En Alto Paraguay viven mujeres que sostienen con sus manos la memoria viva de su pueblo. Entre pinceles, fibras y colores, Salmi y Rumilda desafían la distancia, el silencio y la falta de apoyo para preservar la esencia de la cultura Yshir, que se niega a desaparecer.

 

*Por Noelia Díaz Esquivel @noediazesqui 

 

Un portón alto con postes de madera blanca anuncia la entrada a Puerto Diana, un territorio ancestral a más de 830 km de Asunción. Un cartel de tránsito recuerda que por aquí no se corre: “30 km, velocidad máxima”. Después del umbral, un camino recto con árboles que parecen estar en medio de una carrera de resistencia, conduce al centro de Puerto Diana. El suelo, de un gris pálido y seco, refleja la luz de un cielo claro que no deja adivinar la hora.

 

 

Ese día el viento soplaba con una insistencia que obligaba a mantener la campera cerrada hasta el cuello. Ocho grados de sensación térmica. Lo primero fue encontrar al líder y presentarnos para solicitar permiso para caminar sobre su territorio y conversar con su gente. La autorización nos fue otorgada.

 

La casa de las flores y las pinturas

 

Unos metros adelante, una casa llamó nuestra atención. No porque fuera más grande o lujosa que las demás, sino porque la rodeaban decenas de macetas, baldes y recipientes con flores recién regadas. Cada planta parecía tener su lugar exacto.

 

En el patio, una mujer de bufanda colorida observaba satisfecha ese pequeño jardín. Su nombre es Salmi López, llegamos por curiosidad pero pronto descubrimos que también se trataba de una artista visual, de las que saben contar historias con pinceles y colores.

 

 

Desde chiquita, nueve o diez años, ya pintaba con mi abuelo (Rubén Balbuena, Owga). Él me enseñaba a mirar bien las cosas que ocurrían a nuestro alrededor, saber su historia y después a dibujar”, contaba apasionadamente.

 

Los cuadros de Salmi muestran la cultura Ishir: rituales, animales, espíritus que habitan el monte y el río. Cada pieza es un testimonio. Pero producirlas no es fácil. “Ahora me faltan pinceles finitos, la pintura… Acá es imposible conseguir. El señor Fernando (Allen) me manda por avión, pero si no vendo, no puedo comprar”, explicó con cierto aire de resignación.

 

Salmi López Balbuena, de la muestra “La danza de los mitos” © Joa?o Liberato

 

A veces sus obras viajan mucho más lejos que ella. Han estado en Sao Paulo y Madrid. “Yo quiero irme a esos lugares, que la gente me conozca. Pero no tengo recursos y tengo miedo al avión”, dijo sonriendo con una mezcla de timidez y deseo.

 

Mientras hablamos, mencionó con orgullo que una parte de lo que gana la guarda para que su hija menor pueda estudiar. “Ella quiere ser enfermera, ayudar a la gente. Pero todo es caro acá y no hay universidades. Mientras tanto yo sigo con mi trabajito, vendiendo, para juntar plata para que ese sueño se haga realidad”, agregó.

 

Manos que resisten y perduran la cultura

 

Un día después, todo parecía distinto. El viento frío había cedido su turno a un sol que se sentía con fuerza en la misma calle, sobre las mismas casas. El líder pasó en motocicleta, ocupado en algún asunto urgente, solo nos saludó de reojo.

 

Más adelante, tres mujeres tejían sentadas en sillas de plástico color amarillo y bordó. Las más jóvenes se trenzaban el cabello unas a otras, ahí estaba Rumilda Aquino, madre y dueña de casa, nos recibió con agrado. Mientras nos saludaba, entre sus manos se deslizaba la palma que, con paciencia, se transformaría en una canastita.

 

 

Esto aprendí cuando me casé con mi marido, hace veinte años. La palma y el caraguatá hay que ir a buscar lejos, 14 kilómetros. Después hay que secar muchos días, que no se moje. Si no, no sirve”, relató sin dejar de tejer.

 

Rumilda dedica muchas horas a la artesanía, pero no siempre alcanza. “A veces no vendo nada, entonces entro a trabajar mensual limpiando casas. Gano cuatrocientos mil guaraníes. Somos pobres, no se puede vivir solo del arte”, comentó con naturalidad, casi sin contradecir su destino.

 

 

Cuando logra reunir suficientes piezas y dinero para el pasaje, viaja en colectivo hasta Asunción. “Yo quiero seguir haciendo porque es nuestra historia. Pero acá todo queda lejos. Si no hay mercado, si nadie ayuda, ¿cómo vamos a sostener esto?”, preguntó mientras un hilera nueva se sumaba a su canasto.

 

En natural equilibrio

 

La historia de Salmi y Rumilda es la prueba de que el arte o la artesanía no son simples pasatiempos, sino la forma más concreta de mantener vivo un idioma, un relato, un modo de habitar el mundo. Cada obra que sale de sus manos es un puente entre generaciones. También es un recordatorio de que la cultura ancestral y la protección del ambiente no pueden separarse: cuidar la tierra es cuidar el origen de la materia prima, el alimento y el sentido.

 

Si su arte no encuentra mercado, si las familias no acceden a apoyo, todo ese conocimiento poco a poco se perderá. Sostener estas actividades es mucho más que comprar un cesto o un cuadro: es reconocer que en esos colores y tramas hay un equilibrio que no hemos sabido valorar.

 

La Nación Yshir

 

Los siete pueblos de la Nación Yshir habitan el Alto Paraguay. Sus antepasados navegaban el río, cazaban, recolectaban y tejían con una relación íntima con la naturaleza. Creen que el mundo visible y el invisible se conectan, que todo tiene un porqué y un espíritu.

 

Su lengua y sus relatos son un mapa que se transmite de abuelos a nietos. Y en ese cielo al que miraron por siglos también están hoy Salmi y Rumilda, con su saber, su paciencia y su deseo de que su pueblo no sea solo un recuerdo.

 

Edición: Mónica Bareiro Ibarra @monibareiro

Fotografías: Leo De Blas @leodeblas

 

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