LEER ES RESISTIR: Mujeres latinoamericanas para contrarrestar el autoritarismo

*Por: Laura Tabares

 

Como señaló Hitler en Mein Kampf, las grandes mentiras suelen resultar más creíbles que las pequeñas porque a muchas personas les resulta difícil imaginar que alguien pueda distorsionar la verdad a una escala tan descomunal. Actualmente, la realidad ya no está moldeada únicamente por los discursos o los medios masivos, sino también por los algoritmos. En ese sentido, las redes sociales se han convertido en una gran cámara de eco para la desinformación, la polarización y los discursos que apelan al miedo y a la diferencia como amenaza. Este es el escenario en  donde las ideas autoritarias encuentran espacio para expandirse por dos razones: en primer lugar, la simplificación de la realidad en dicotomías rígidas como buenos y malos, blanco y negro, héroes y traidores a la patria. Y en segundo lugar, a esto se suman narrativas la reaparición de narrativas que históricamente han servido para justificar la desigualdad, la persecución y la represión pero en una versión más light para todos los públicos. Es así que hablamos de temas como  la batalla cultural contra lo woke, promesas populistas de echar motosierra a lo que valga y promesas de milagros endulzados con reflectores, showmans con vibras de therian enclosetado y mucha (pero mucha) inteligencia artificial para darle sabor a la cosa. 

 

Por ende, este cambio de brújula política era de esperarse. Y se le puede echar la culpa a múltiples causas, pero yo quiero arrojar luz a una sola: la crisis de lectura. De acuerdo al último informe de lectura presentado por  la Cámara del Libro, se muestra que el  72% de los adultos en Colombia declara tener hábito de lectura y el promedio nacional es de 3,75 libros al año; sin embargo, la mayoría consume entre 1 y 5 libros anuales, lo que indica limitaciones en la frecuencia. A ello se suma que diversas investigaciones han señalado que la enseñanza de la lectura y la escritura suele orientarse hacia la comprensión literal y la memorización de contenidos en lugar de promover habilidades de interpretación, argumentación y evaluación crítica de los textos. Y es así que el ciudadano se convierte en una oveja más del rebaño que aplaude que la asfixie la bota del opresor; todo en nombre de la patria.

 

En este contexto de incertidumbre, noticias falsas y narrativas simplonas, es necesario volver a las raíces: a los espacios comunitarios, a los afectos y a las formas colectivas de cuidado, pero también a la pedagogía. En ese sentido, la educación crítica no solo implica fomentar la lectura, sino transformar la manera en que se lee. Dotar a las personas de herramientas para agudizar el debate, cuestionar el estatus quo y sobre todo, conocer su historia. Incluso el mismísimo Mario Mendoza lo menciona en su libro: leer es resistir. Por eso, en tiempos de discursos autoritarios, les traigo este kit de 6 libros escritos por mujeres para leernos y pensarnos Latinoamérica desde nuestras gafas moradas.

 

  1. Cometierra (Argentina)  — Dolores Reyes

Empezaba a ver que los que buscan a una persona tienen algo, una marca cerca de los ojos, de la boca, la mezcla de dolor, de bronca, de fuerza, de espera, hecha cuerpo. Algo roto, en donde vive el que no vuelve.

 

Esta frase acuña la esencia de esta novela de Dolores Reyes. La historia sigue a una joven huérfana conocida como Cometierra, una muchacha capaz de ver el destino de personas desaparecidas al ingerir tierra de los lugares donde fueron vistas por última vez. A través de los cuerpos ausentes, las desapariciones y los feminicidios, Reyes construye una narración donde la búsqueda de la verdad se enfrenta constantemente a la indiferencia, el silencio y la impunidad. Mientras la protagonista ayuda a otras familias a encontrar respuestas, también reconstruye su propia historia y descubre la violencia que marcó la muerte de su madre. La novela se caracteriza por un lenguaje crudo y escenas explícitas de violencia, lo que ha generado controversias. En Argentina, sectores conservadores cercanos al gobierno de Milei cuestionaron su presencia en bibliotecas escolares por considerar que contenía contenidos inapropiados para menores y que promovía la “degradación e inmoralidad”.

 

Léalo en caso de: que quieran meterle el cuento negacionista de que “los falsos positivos” no existen.

 

2. Hot Sur (Colombia) — Laura Restrepo

 

Seamos honestos: colombiano que se respete leyó Delirio en el bachillerato. Pero si aquella novela explora cómo el narcotráfico y las fracturas sociales se filtraron en la vida cotidiana de toda una generación, Hot Sur se adentra en otro de los grandes espejismos contemporáneos: el sueño americano.

 

La historia sigue a María Paz, una migrante latina que, como tantas otras personas, llega a Estados Unidos persiguiendo la promesa de una vida mejor. Sin embargo, ese sueño pronto se convierte en pesadilla cuando es acusada del asesinato de su esposo, un policía blanco, y condenada a prisión. La novela da un giro vertiginoso cuando María Paz descubre que el verdadero horror no se encuentra tras las rejas, sino esperándola fuera de ellas. A partir de esta premisa, Laura Restrepo construye una crítica feroz a la idea de prosperidad y al white picket fence dream que durante décadas se nos ha vendido: la promesa de que al otro lado de la frontera existen más oportunidades, mayor bienestar y una vida mejor. A través de una trama que entrelaza migración, racismo y violencia de género, Hot Sur desmonta el mito de que basta con cambiar de país para escapar de las injusticias, los prejuicios y las violencias que marcan una vida.

 

Léalo en caso de: que quieran convencerle de que los migrantes son responsables de todas las crisis sociales y de que papi Estados Unidos viene a salvarnos de nosotros mismos.

 

3. El canto de las moscas (Colombia)— María Mercedes Carranza

 

La poesía colombiana nos ha legado voces extraordinarias que han sabido transformar en versos sentimientos complejos como la rabia, el duelo, la impotencia y la esperanza.

En 1997, la poeta colombiana María Mercedes Carranza publicó El canto de las moscas, un poemario compuesto por veinticuatro cantos breves, cada uno titulado con el nombre de una población colombiana marcada por una masacre o un episodio de violencia. Entre los cantos más recordados se encuentran Necoclí, Mapiripán, Dabeiba, Ituango y Soacha, territorios donde la guerra dejó huellas imborrables. La preocupación de Carranza por la violencia no fue únicamente literaria. Como intelectual, periodista y gestora cultural, promovió iniciativas de diálogo y paz en medio del conflicto armado colombiano. La guerra también marcó profundamente su vida personal cuando su hermano, Ramiro Carranza, fue secuestrado por las FARC en 2001. A través de una escritura contenida, sobria y desgarradora, la autora convierte estos territorios en símbolos de la memoria y del dolor colectivo del país, recordándonos que la violencia no es una estadística abstracta, sino una herida que permanece abierta en quienes la han vivido y en quienes se niegan a olvidarla.

 

Léalo en caso de: que le vendan discursos glorificando en la guerra cuándo nunca en su vida han cargado un fusil.

 

4. El invencible verano de Liliana (México) — Cristina Rivera Garza

 

¿Qué ocurre cuando el duelo se convierte en una investigación y la memoria en un acto de resistencia? 

 

En El invencible verano de Liliana, Cristina Rivera Garza reconstruye la vida de su hermana, víctima de feminicidio, para enfrentarse no solo a una pérdida personal, sino también a las violencias estructurales que hicieron posible su muerte.  Décadas después, al abrir las cajas donde su familia guardó las pertenencias de Liliana, Cristina encontró cartas, diarios, fotografías y recuerdos que le permitieron escuchar nuevamente la voz de su hermana. Más que una investigación familiar, El invencible verano de Liliana es una excavación de la memoria en la que Rivera dignifica la figura de su hermana, al tiempo que reflexiona sobre una época en la que ni siquiera existían las palabras necesarias para nombrar el feminicidio o  la violencia de género. Esa voz  se convirtió en una exigencia de justicia, no solo para Liliana, sino para las miles de mujeres que han sido víctimas de la violencia machista.

 

Léalo en caso de: que le digan que el feminicidio es una exageración ideológica o que “también a los hombres los matan”.

 

5. Mugre rosa (Uruguay)— Fernanda Trías

 

¿Qué ocurre cuando el fin del mundo no llega de golpe, sino que se instala lentamente en la vida cotidiana? 

 

En Mugre rosa, Fernanda Trías imagina una ciudad costera asediada por una plaga  marcada por vientos tóxicos, niebla y la aparición de algas que transforma el paisaje, los cuerpos y las relaciones humanas. Mientras que el futuro parece desmoronarse, una mujer intenta aferrarse a los vínculos que aún le quedan. La novela se adentra en un universo centrado más en la psicología de los personajes que en el colapso ambiental global. La «mugre» del título se siente tanto literal como simbólica: no es solamente el smog o la contaminación citadina, sino también es esa “mugre emocional”,  el caos y  la sensación de deterioro que interpelan ese día a día. La prosa es cruda, minuciosa y, por momentos, asfixiante. La ciudad deja de ser un escenario para convertirse en un cuerpo enfermo que se descompone lentamente, arrastrando consigo a quienes la habitan. Más que una novela distópica, Mugre rosa es una reflexión inquietante sobre el duelo, la negación y la crisis ambiental que atraviesa nuestro presente. Trías nos recuerda que el verdadero terror no siempre está en un futuro apocalíptico, sino en aquello que desaparece frente a nuestros ojos mientras fingimos no verlo.

 

Léase en caso de: que le intenten vender la idea de que el cambio climático es solo un mito o que se puede hacer fracking “amigable con el ambiente”. O cuando le intenten decir que el cambio climático no existe y que se puede hacer fracking amigable con el ambiente.

 

6. Las malas — Camila Sosa Villada

 

Cuando hablamos de literatura escrita por mujeres latinoamericanas, con frecuencia dejamos por fuera las voces de las mujeres trans. Personalmente,  esta fue la oportunidad de mirar América Latina desde otro ángulo y de acercarme a una experiencia de feminidad de la que rara vez se habla.

 

Narrada por la propia autora, la novela reconstruye su recorrido desde una infancia marcada por la marginación en Mina Clavero hasta su llegada a Córdoba, donde encuentra una nueva familia entre las travestis y trabajadoras sexuales del Parque Sarmiento, bajo el amparo de la inolvidable tía Encarna. Allí descubre, por primera vez, un espacio de pertenencia en un mundo que constantemente las expulsa. Pero Las malas es mucho más que una historia de exclusión. Es una novela que mezcla memoria, realismo mágico, cuento de hadas, terror y crónica para retratar la violencia, la precariedad y el afecto que atraviesan la vida de las travestis en América Latina. En sus páginas conviven la furia y la ternura, el dolor y la fiesta, la discriminación y la resistencia.

 

Léase en caso de que: Le quieran decir que la existencia de las mujeres trans es contra-natura o peor aún: deseen meterle el discurso de la ideología de género por  enésima vez.

 

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