A las mujeres que nos enseñan a mirar

Gracias tía. Gracias por existir en mi vida con esa profundidad tuya que a veces me hace pensar que hay pedacitos de mí que fueron escritos con tu letra y voz.

Hay personas que llegan a nuestras vidas y dejan huellas. Otras, en cambio, se vuelven parte de la arquitectura misma de quienes somos. Vos pertenecés a esa segunda caegoría. Cuando intento reconstruir la historia de mis afectos, de mis búsquedas, de mis lecturas y de mis convicciones, inevitablemente te encuentro.

La memoria trabaja así: no como una línea recta, sino como un tejido de escenas, conversaciones, libros prestados, viajes compartidos, silencios cómplices y gestos aparentemente pequeños que terminan transformando una vida.

Fuiste quien me abrió ventanas que yo ni sabía que existían.

Me acercaste a la sociología, a las Mais do Santos, a Lemebel y a otros mundos posibles. Me mostraste que existen muchas maneras de ser, de sentir y de habitar la vida. Con vos entendí que el conocimiento no es solamente una acumulación de saberes, sino una forma de comprender el mundo y, también, de transformarlo.

Pero las enseñanzas más profundas no llegaron únicamente a través de los libros.

Mi primer encuentro con el feminismo no fue una teoría ni una consigna. Fue verte caminar la vida. Fue observar una mujer libre, digna, autónoma y profundamente fiel a sí misma. Mucho antes de conocer palabras como emancipación o igualdad, aprendí de vos que la libertad se construye en decisiones cotidianas, en la valentía de elegir el propio caminio aún cuando no sea el más fácil.

Entre las muchas cosas que me dejaste, hay una forma particular de mirar el mundo.

Una atención paciente hacia aquello que suele pasar desapercibido. Los objetos cotidianos, las conversaciones largas, los paisajes que parecen hablarnos y las pequeñas maravillas escondidas en la rutina. DE vos aprendí que un frasco de vidrio puede ser mucho más que un recipiente, que un servilletero puede guardar una historia, que un libro puede cambiar el rumbo de una vida y que ciertas conversaciones tienen la capacidad de rescatarnos cuando menos lo esperamos.

Gracias por regalarme el amor por los libros, las ganas de andar por el mundo y esa curiosidad que nunca termina. Gracias por sembrar en mí la idea hermosa de que siempre se puede aprender algo nuevo, incluso alemán, incluso a cualquier edad, incluso cuando parece tarde.

También aprendí de vos algo que me acompaña hasta hoy: que decir no puede ser un acto de amor propio. Que el enojo tiene una potencia transformadora cuando señala una injusticia. Que hay momentos para sostener y momentos para soltar. Que cuidarse también es una forma de dignidad.

Durante mucho tiempo pensé que la herencia era solo algo material. Con los años entendí que las mujeres heredamos otras cosas: maneras de mirar, preguntas incómodas, gestos de resistencia, formas de amar, de cuidarnos y de sobrevivir.

Hoy puedo ver que nuestras conversaciones formaban parte de una historia más larga. La historia de mujeres que abrieron caminos para otras mujeres. De quienes compartieron libros, ideas y deseos para que las que veníamos detrás pudiéramos llegar un poco más lejos. 

Pienso que muchas de nuestras historias feministas nacen precisamente así: en los vínculos que nos sostienen. En las sobremesas. En las cocinas. En los viajes compartidos. En las recomendaciones de lectura. En esas conversaciones que nos cambian sin que nos demos cuenta de inmediato.

Vos fuiste una de esas mujeres para mí.

Y entre las muchas cosas que me regalaste está la certeza ed que existen infinitas maneras de vivir. Como un caleidoscopio – de esos que tanto te gustan – me enseñaste que ningún camino vale más que otro si nace de un deseo honesto. Que la vida no consiste en ajustarse a un molde, sino en animarse a construir una forma propia de estar en el mundo.

Te quiero con todo mi corazón, tía.

Te llevo conmigo en mis decisiones, en mis lecturas, en mis búsquedas, en mis dudas y en mis ganas de ser un poquito mejor cada día.

Si hoy puedo imaginar otros mundos posibles es porque hubo mujeres que me enseñaron a mirarlos antes de que existieran.

Vos sos una de ellas.

Nada de lo que me diste se pierde. Todo sigue creciendo en mí.

Con todo mi amor,

Clemen.

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