Cuando el racismo se disfraza de feminismo: el caso Amarilla-Mbappé

*Por Montserrat Valladares

Hay episodios que funcionan como radiografías. La carta que la senadora Celeste Amarilla le dirigió a Kylian Mbappé, y todo lo que vino antes y después de ella, es una de esas radiografías, porque muestra con una nitidez incómoda cómo el racismo puede convivir en la misma boca que invoca al feminismo, y cómo ambos discursos, cuando se usan de mala fe, terminan dañándose entre sí.

 Vayamos a los hechos. Tras la eliminación de Paraguay en el Mundial, Amarilla publicó mensajes que llamaron a Mbappé “camerunés colonizado” y lo compararon, en términos abiertamente animalizantes, con simios. No son ocurrencias nuevas ni excesos aislados de calentura futbolera; son fórmulas que pertenecen al arsenal más antiguo y más dañino del racismo colonial, ese que durante siglos necesitó deshumanizar a las personas negras para justificar la esclavitud y el saqueo. Es un lenguaje con historia, y esa historia se sigue escribiendo sobre los cuerpos de las comunidades afrodescendientes también aquí, en Paraguay, un país que prefiere pensarse mestizo antes que mirar de frente su propio pasado esclavista y su presente racista. Comunidades como Kamba Cuá y Kamba Kokue, y organizaciones como Kamba Sapukái, la Asociación Kuña Afro y la Red Paraguaya de Afrodescendientes, vienen sosteniendo desde hace años una identidad afroparaguaya que el relato oficial del país insiste en volver invisible, incluso en un Censo Nacional que hoy en día sigue sin reflejar su verdadera magnitud demográfica.

Después vino la carta abierta. Una carta larga, cuidada, que abría presumiendo de una infancia en un colegio francés y cerraba exigiendo disculpas bajo amenaza de acciones legales por “violencia de género”. Ahí está el segundo movimiento, el más interesante para pensar desde una perspectiva feminista: la apropiación del lenguaje de la violencia de género para blindar una conducta racista frente a cualquier consecuencia.

Esto nos exige ser precisas. La violencia de género es una categoría política y jurídica construida a lo largo de décadas de lucha feminista para nombrar algo específico: la violencia ejercida sobre una persona por su género, generalmente dentro de relaciones de poder estructurales entre varones y mujeres. No es un comodín para cualquier situación en la que una mujer reciba una crítica, por dura que sea, en respuesta a expresiones que ella misma reconoció haber escrito “con la sangre hirviendo”. Usar esa categoría la vacía de contenido. Y cada vez que se la vacía, se la debilita para las mujeres que sí atraviesan violencia de género real, muchas veces sin ninguna carta abierta, sin ninguna repercusión internacional, sin nadie que las escuche.

Un feminismo antirracista no puede mirar esto sin nombrar ambas cosas a la vez. No alcanza con decir “no hay que insultar a las mujeres” si, al mismo tiempo, se calla el racismo. Tampoco basta con denunciar el racismo sin advertir que instrumentalizar el género como escudo es, en sí mismo, un problema. Las mujeres racistas no dejan de ser responsables de su racismo por ser mujeres, y del mismo modo, un hombre que responde con dureza a un insulto racista no está por eso ejerciendo violencia de género.

Hay, además, una dimensión de clase que no puede pasarse por alto y que la propia carta expone sin querer: la ostentación de vacaciones de esquí y de una educación francófona de élite como credencial para hablar en nombre de “los oprimidos” o incluso para victimizarse. 

Es una paradoja que se repite en ciertas élites latinoamericanas: proyectar hacia afuera, a un hombre negro que construyó su carrera desde los banlieues franceses con su talento y su esfuerzo, el resentimiento de clase que no logran resolver puertas adentro.

¿Qué le debemos, entonces, a la comunidad afroparaguaya y a las comunidades afrodescendientes de todo el mundo en momentos como este? Por lo menos esto: no tratar el racismo como una anécdota graciosa de redes sociales, no equipararlo en gravedad a la respuesta dura, pero no racista, que provocó, y no permitir que se diluya detrás de una polémica mediática que ya pasó a otra cosa. El racismo no es una opinión más en el debate público; es una forma de violencia con consecuencias materiales y también fue así como lo entendieron organismos como la Oficina de Derechos Humanos de la ONU y hasta el propio Senado francés, que expresaron su repudio a estas declaraciones.

Desde Emancipa creemos que la tarea de la comunicación feminista y popular es, justamente, sostener la complejidad. Nombrar el racismo sin medias tintas. Defender la categoría de violencia de género, cuidándola de los usos oportunistas. Y recordar, siempre, que ninguna lucha se construye pisando a otra.

 

Nota elaborada a partir de fuentes periodísticas públicas (ABC Color, La Silla Rota, RPP, entre otras) sobre declaraciones difundidas en redes sociales y medios de comunicación.

 

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