Guardianes del Pantanal

Saúl y Lidia llegaron a Bahía Negra por caminos distintos, pero se quedaron por elección. Hoy lideran iniciativas para cuidar el Pantanal paraguayo, enseñan a nuevas generaciones y siembran compromiso con el cuidado del planeta.
*Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui

 

Saúl Arias (32) no nació en Bahía Negra, pero casi. “Nací en San Carlos, pero desde los 9 años vivo acá”, cuenta con el tono sereno que lo caracteriza. Bahía Negra es el municipio más septentrional del Paraguay, ubicado a orillas del río Paraguay, a 830 kilómetros de Asunción. Es un lugar donde el tiempo parece tener otro ritmo: calles de tierra arcillosa, lodosa en tiempos de lluvia, casas sencillas rodeadas de árboles, un puerto por donde llegan barcos cargados de mercaderías, y una calma que solo se interrumpe con el rugido del motor de alguna moto o el canto de las aves.

 

Saúl Arias, ingeniero ambiental, presidente de la organización y también concejal municipal de Bahía Negra, Chaco.

 

La infancia de Saúl estuvo marcada por excursiones detrás de su hermana mayor, en un programa llamado Eco Club, que hacía recorridos de observación de aves y campamentos de educación ambiental. “Siempre me iba con ella y así me fui enganchando”, recuerda.

 

Lo que empezó como curiosidad infantil se convirtió en vocación. Cuando Eco Club se transformó en la organización Eco Pantanal en 2010, Saúl ya estaba listo para asumir responsabilidades. Es ingeniero ambiental, presidente de la organización y también concejal municipal. “Yo no sé hacer otra cosa que esto. Me encanta trabajar con la gente, en educación ambiental, en conservación”, asegura.

 

A orillas del rio Saúl, generosamente, nos comparte su vida y sus sueños.

 

Eco Pantanal fue la primera organización de jóvenes ambientalistas en Bahía Negra y, con los años, aprendieron a gestionar proyectos, coordinar acciones con comunidades indígenas y a escribir propuestas de financiamiento. Gracias a su empeño, el grupo sigue creciendo, aunque a veces, como relata Saúl, “es difícil porque siempre hay desinformación, prejuicios de que las oenegés vienen a quedarse con la tierra. Pero trabajamos igual”.

 

La chispa que encendió una brigada

 

En 2019, el Pantanal ardió como nunca. Fue el primer gran incendio forestal que arrasó el paisaje. La comunidad, hasta entonces sin bomberos, entendió que ya no podía esperar ayuda de lejos. Ese mismo año, con el impulso de un curso de bomberos forestales y la urgencia latente, se formó la Brigada Yaguareté.

 

Lidia Portillo, lideresa de la Brigada Yaguareté.

 

Por su parte, Lidia Galeano Portillo (33) llegó a Bahía Negra por amor y decidió quedarse incluso cuando su esposo falleció. “El único lugar donde me sentía bien era acá, también por la naturaleza”, relata. Se unió como voluntaria de Eco Pantanal, pero encontró en el combate al fuego su principal causa.

 

Cuando hicimos el curso, el segundo día hubo un incendio. Nos fuimos sin equipo, sin botas, sin protección. Fue peligroso, pero a la vez emocionante”, recuerda con una mezcla de susto y orgullo. Hoy, Lidia lidera la Brigada, que cuenta con 25 integrantes, aunque 12 son los más activos. “Cuando hay incendios, vienen todos. Parece que les motiva más”, dice entre risas.

 

Durante esta reunión, la Brida Yaguareté, se encontraba en la tarea de organizar una fiesta de San Juan para recaudar fondos.

 

Mujeres que se plantan ante el fuego

 

Lidia no solo coordina la brigada. También se forma, entrena y busca recursos. “No tenemos casi apoyo estatal. Si recibimos algo, es por gestiones de Eco Pantanal. Los uniformes adecuados todavía no llegaron”, lamenta.

 

En la brigada hay cinco mujeres activas y dos integrantes de comunidades indígenas que volvieron al grupo tras un tiempo alejados. “Me motiva el amor a la naturaleza. Amo a los animales y quiero hacer algo por este planeta”, dice Lidia mientras su hija Isabela Sofía, de un año, la acompaña a cada paso.

 

Algunas de las mujeres bahianegrense miembras de la bridaga.

 

Cuando no hay incendios, Lidia se las rebusca como guía turística, comerciante o consultora ambiental. “Acá no hay mucho trabajo. Hago de todo”, reconoce.

 

Educación ambiental entre juegos y libros 

 

Más allá de apagar incendios, Saúl y Lidia creen que la acción climática empieza en las aulas. Con Eco Pantanal, desarrollaron un material didáctico llamado 12 meses en el Pantanal, pensado para que los niños aprendan el ciclo del agua y la conservación de la biodiversidad de su propia región. “Es triste que en las escuelas no se enseñe nada de esto. Por eso adaptamos el contenido al currículum de ciencias naturales”, cuenta Saúl.

 

Esta fotografía fue tomada durante el lanzamiento oficial del material didáctico. Gentileza: Eco Pantanal.

 

El material incluye juegos de mesa y guías para docentes. “Si los chicos crecen con ese conocimiento, algún día no vamos a tener que convencer a nadie de proteger lo que tenemos”, dice convencido.

 

Esta apuesta educativa recibió apoyo del programa Voces para la Acción Climática Justa (VAC), que financia iniciativas que buscan que la juventud se involucre y que la conservación deje de ser un tema lejano.

 

El camino de Saúl y Lidia no es sencillo. Requiere convicción, paciencia y un corazón enorme. “Conservar es hacer que la gente interprete lo que les rodea y lo ame”, dice Saúl. 

 

Un tesoro vivo

 

El Pantanal Paraguayo es el humedal más grande del mundo. Ocupa 170.500,92 hectáreas en la cuenca alta del río Paraguay, departamento de Alto Paraguay. Este ecosistema alberga 2.000 tipos de plantas, 582 especies de aves, 132 mamíferos, 113 reptiles y 41 anfibios, y es vital para la regulación del clima y del ciclo del agua.

 

 

Pero su belleza también enfrenta amenazas cada vez mayores: los incendios forestales, la deforestación, la expansión ganadera y la crisis climática ponen en riesgo el equilibrio de uno de los mayores tesoros naturales de Paraguay y el mundo.

 

 

Edición: Mónica Bareiro / @monibareiro

Fotografías: Leo De Blas / @leodeblas

 

 

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