El feminismo en tiempos de ultraderecha

*Por Carmen Monges

Hay algo que se siente en el aire. Un discurso, una narrativa que vuelve a instalar la idea de que el feminismo exagera, divide, molesta. Una necesidad constante de señalar enemigos. En tiempos de ultraderecha, el feminismo vuelve a ser incómodo y eso no es casual.

Lo primero que se cuestiona son los avances en derechos ya conquistados. Se ridiculiza la agenda de género. Se instala la idea de que hablar de esto es ideología, como si los derechos humanos fueran una opinión y no un principio básico de cualquier democracia que se tome en serio.

Otro rasgo de este momento político es la producción permanente de un “otro”. Siempre hay alguien a quien responsabilizar; el feminismo, las minorías, los movimientos sociales, quién piensa distinto. La figura del enemigo organiza el enojo, la rabia y simplifica conflictos sistémicos. Divide. Fragmenta. 

La desigualdad no es un error del sistema; muchas veces le es funcional. El poder se sostiene mejor cuando la sociedad está enfrentada consigo misma, cuando quienes comparten luchas colectivas compiten entre sí en lugar de preguntarse por las estructuras que reproducen desigualdades.

En este punto, las palabras de Rita Segato ayudan a entender la profundidad del tema. Ella sostiene que el patriarcado no es cultural, es político.

En tiempos de ultraderecha, el feminismo vuelve a ser incómodo porque recuerda el poder de lo colectivo. Porque discute quién toma decisiones y bajo qué reglas. Porque no se limita a denunciar desigualdades, sino que analiza cómo se organizan las estructuras que las producen. El feminismo es teoría política y es praxis: reflexión sobre el poder y acción concreta para transformarlo.

En este contexto, la respuesta no puede ser solo indignación. Necesita inteligencia política, la capacidad de leer el momento histórico que estamos viviendo y entender por qué estos discursos de odio crecen. Entender qué emociones movilizan esos discursos y ofrecer respuestas que no reproduzcan la lógica del enfrentamiento permanente. Saber que no toda confrontación fortalece la causa. 

El crecimiento de discursos de odio también responde a una estrategia. La polarización moviliza. Construir un “otro” organiza el enojo y genera identidad. En lugar de debatir políticas públicas, se disputa moralmente la legitimidad del adversario. El conflicto deja de ser político en el sentido democrático —donde hay desacuerdo dentro de reglas compartidas— y se convierte en confrontación existencial.

Sin embargo, el hecho de que el odio sea ruidoso no significa que sea mayoritario. Muchas veces ocupa espacio porque provoca, porque circula mejor en entornos digitales que amplifican emociones intensas. Pero no representa necesariamente el consenso social.

¿Cómo se enfrenta entonces este momento? No con ingenuidad, pero tampoco reproduciendo la lógica de deshumanización. Se enfrenta disputando sentido de lo común. Nombrando lo que ocurre. Reconstruyendo comunidad. Recordando que los derechos no son concesiones ideológicas, sino principios básicos de una democracia que se toma en serio la dignidad humana.

Quizás el desafío de este tiempo sea volver a poner en el centro lo colectivo. La empatía. La capacidad de mirar al otro y decir: tu mundo también me importa, y en tu historia también puedo encontrar la mía.

En tiempos de ultraderecha, el feminismo es memoria histórica y colectiva. Es análisis. Es organización.

Y, sobre todo, es no retroceder. 

Porque hay lugares a los que ya no volveremos.

No volveremos al silencio impuesto.

No volveremos a aceptar que la violencia es privada.

No volveremos a pedir permiso para ocupar espacios, para pensar, para decidir.

Cuando otros han decidido históricamente sobre tu cuerpo, tu tiempo y tu voz, decidir por vos mismano es una elección individual, es una posición frente a un sistema patriarcal. Es un acto político.

Porque los derechos que incomodan son los que realmente transforman la sociedad.

Últimas noticias