Ante la ofensiva antiderechos, más organización feminista, siete años después

*Por Clemen Bareiro Gaona

Cada 8 de marzo las calles de Asunción vuelven a llenarse de pañuelos , carteles y cantos colectivos. Miles de mujeres, jóvenes, adultas, niñas y disidencias marchan para reclamar derechos, denunciar violencias y celebrar las luchas que nos trajeron hasta aquí. Pero el 8M en Paraguay ya no es solo una fecha conmemorativa. Con el paso de los años se ha convertido en uno de los principales espacios de articulación política del movimiento feminista.

Desde hace casi una decada, organizaciones de mujeres y feministas de Asunción y de distintas ciudades del país –Encarnación, Ciudad del Este, Concepción, Coronel Oviedo, Pilar, Horqueta, entre otras – se autoconvocan para tomar las calles y las plazas. En ese proceso, el 8M dejó de ser un día de movilización para convertirse también en un espacio desde donde pensar estrategias, construir organización y colocar en la agenda pública debates que durante mucho tiempo fueron invisibilizados.

Una compañera definió una vez al 8M como el gran espacio articulador de los feminismos del Paraguay. Allí confluyen organizaciones, colectivas y activistas que impulsan debates sobre la violencia contra las mujeres, la desigualdad en el trabajo, el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, la precarización de la vida y la crisis de los cuidados.

Pero el 8M también expresa la diversidad del movimiento feminista. Cuando hablamos de feminismos hablamos de las mujeres en todas sus diversidades: mujeres heterosexuales, lesbianas, trans, urbanas y rurales, campesinas, profesionales, indigenas, madres y mujeres que deciden no serlo, artistas, estudiantes, trabajadoras, deportistas. Mujeres de distintas generaciones y trayectorias que comparten una convicción común: enfrentar un sistema de desigualdades sostenido por el patriarcado y por un modelo económico que reproduce exclusiones profundas.  

Cuando escribía sobre el 8M en 2019 hablábamos de una arremetida antiderechos que se expresaba en decisiones políticas concretas. La prohibición de materiales de educación integral de la sexualiad en el sistema educativo o la declaración del Senado “por la vida y la familia” mostraban la reacción de sectores conservadores frente al avance de la agenda de derechos de las mujeres.

Siete años después, ese fenómeno no solo continua, sino que se ha consolidado. Los sectores antiderechos lograron articularse como un proyecto político que disputa sentidos, instituciones y políticas públicas. A través de discursos que apelan a la defensa de la familia, la moral o la libertad, buscan frenar o revertir avances en materia de derechos sexuales y reproductivos, educación, igualdad y diversidad.

Esta ofensiva no es exclusivamente paraguaya. Forma parte de una avanzada conservadora que atraviesa América Latina y otros lugares del mundo, impulsada por redes políticas, religiosas y económicas que han comprendido que el feminismo se convirtió en uno de los movimientos sociales más dinámicos de nuestro tiempo.

En Paraguay, esta disputa se expresa en distintos ámbitos: en el sistema educativo, en el debate parlamentario, en los medios de comunicación y cada vez más en las redes sociales. No se trata solamente de una disputa por determinadas políticas públicas, sino también por el sentido mismo de la democracia.

Porque lo que está en juego no son únicamente algunos derechos específicos. Lo que está en juego es el tipo de sociedad que queremos construir.

Frente a ese escenario, el desafio del movimiento feminista sigue siendo fortalecer la organización y el pensamiento crítico. No se trata únicamente de resistir los retrocesos, sino también de seguir construyendo propuestas que amplien los horizontes de igualdad y justicia.

En estos años aprendimos que la lucha se da en múltiples frentes. Está el frente de las calles, donde las movilizaciones siguen siendo un espacio fundamental de visibilización y construcción colectiva. Está el frente institucional, donde compañeras que ocupan espacios en el Estado impulsan políticas públicas y defienden derechos conquistados. Y está el frente cultural, donde artistas, investigadoras, docentes y comunicadoras disputan los sentidos que organizan nuestra vida social.

No podemos regalar ningún espacio.

Al mismo tiempo, el movimiento feminista ha demostrado ser una de las fuerzas sociales con mayor capacidad de movilización en las ciudades del país. Cada año miles de personas participan de las marchas y actividades del 8M, generando un espacio de encuentro que convoca especialmente a nuevas generaciones.

Esa potencia movilizadora es una de nuestras principales fortalezas, pero también plantea desafios. Necesitamos fortalecer la organización territorial, ampliar los espacios de formación política y seguir construyendo alianzas con otros movimientos sociales: el movimiento campesino, el sindicalismo, el movimiento estudiantil y las organizaciones comunitarias.

En un país profundamente desigual como Paraguay, la lucha feminista no puede separarse de otras luchas por la justicia social. Las demandas por trabajo digno, por servicios públicos de calidad, por el reconocimiento del trabajo doméstico y de cuidados, y por el acceso equitativo a los recursos y a la tierra forman parte de la agenda feminista.

Las conquistas que hemos logrado – como el reconocimiento del salario mínimo para las trabajadoras domésticas –demuestran que los derechos nunca fueron concesiones. Son el resultado de años de organización y lucha colectiva.

Nuestro desafío sigue siendo combinar la fuerza del movimiento con la conquista concreta de derechos. No podemos quedarnos en el reclamo desde las calles, pero tampoco podemos abandonar ese espacio que históricamente ha sido el motor de nuestras transformaciones.

Hoy, frente al avance de discursos autoritarios y de odio que buscan restringir derechos y reducir la democracia a un ritual electoral, el feminismo vuelve a recordarnos algo fundamental: que la democracia solo puede sostenerse si incluye nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestras decisiones. 

Por eso, frente a la ofensiva antiderechos, la respuesta sigue siendo la misma que hace siete años: más organización feminista.

Porque sin igualdad, la democracia es apenas una promesa vacía.

Y porque nuestras luchas – como nuestras palabras – siguen siendo semilla que se siembra hoy para florecer mañana.

 

 

Últimas noticias