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Por Alejandra Iriarte*

Hace un tiempo intenté ver la nueva película de Netflix “Hasta el Hueso”, estrenada en el mes de junio, que propone abordar el tema de los trastornos alimenticios. Sin embargo, no logré soportarla más de 30 minutos. Comparto acá algunas de las reflexiones que me surgieron al verla.

En primer lugar, porque bajo la excusa de concientizar sobre una problemática que aqueja a miles de personas, principalmente mujeres, como son los trastornos de la conducta alimenticia, el gran gigante de las series y el cine se sigue llenando de plata. El capitalismo con conciencia social es un oximorón.

Con esto ya sería suficiente para no caer en el engaño de las películas “que buscan concientizar”. Netflix es una plataforma de entretenimiento, no le pidamos más. Pero es inevitable, unx siempre cae en estas trampas.

¿Visibilización o más invisibilización?

La película propone visibilizar un tema “tabú”.  La anorexia y la bulimia. Se trata de trastornos de la conducta que, según datos de la Organización Mundial de la Salud, afectan al 5,6% de la población adolescente mundial.

En tanto en nuestro país, de acuerdo a un estudio de la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (Aluba) realizado en el año 2016 en Colegios Secundarios de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el gran Buenos Aires,  casi un 30 por ciento de los adolescentes sufren algún tipo de desorden alimentario. Sin embargo, la película hace un abordaje desde un plano puramente físico, a través de la exposición de jóvenes actrices flaquísimas, que a los 20 años no pesan más de 30 kilos.

La protagonista es Lily Collins, quién sufrió de anorexia y se recuperó luego de largos tratamientos. La crueldad parece no acabar nunca cuando se trata de un producto para ser vendido. Por eso, ahora es invitada por el gigante del cine a revivir su enfermedad para ser protagonista de este film.

Tanto Lily Collins como las demás actrices responden a los cánones tradicionales de belleza y cumplen al pie de la letra lo que se espera de las mujeres en una sociedad occidental y patriarcal. Son lindas y además son jóvenes, simpáticas, graciosas y talentosas.

De acuerdo a los datos publicados por Aluba, luego de la encuesta realizada en 2016 en el área Metropolitana, un 55,64% de las mujeres manifestaron que les “atemoriza” ser gordas; mientras que un 55,08% confesó “pensar en la comida, cuándo comerá y cómo lo comerá”. En tanto,  el 40,65% expresó que se sentiría mejor “si fuese más delgada” y el 33,44% aseguró verse “gorda aunque los demás afirmen que se ve normal o con bajo peso”.

En este sentido, la imagen que nos da la protagonista ¿no termina siendo un ideal a imitar? En el fondo ¿qué efecto produce en las mujeres reales que vemos esa película?, ¿no querremos ser como ellas? ¿no querremos ser como todas las actrices que protagonizan películas y series?.

Porque ni esta película ni las otras que encontramos en la misma plataforma, muestras a mujeres reales. En la gran oferta de contenido disponible, todas las mujeres son iguales. Ninguna se corre ni un milímetro de los estereotipos de belleza imperantes. Ni siquiera el gran David Lynch, capaz de trasladarnos a mundos fantásticos en Twin Peaks, se permite incluir actrices que rompan con los patrones de belleza femenina.

Cabe destacar que en la actualidad el 80% de las personas que padecen de trastornos de la conducta alimentaria son mujeres. Pero ¿dónde estamos las mujeres de verdad, las de carne y hueso? ¿No es todo esto una invitación a seguir pensando en cuán flacas estamos y a fomentar el miedo a la gordura?

La cenicienta anoréxica: la culpa es de la madre

En cuanto al abordaje del tratamiento médico que recibe la protagonista, lxs especialistas en el tema han señalado que se trata de una mirada sumamente superficial, que difunde un mensaje erróneo y riesgoso para quienes padecen la enfermedad.

Esto en tanto plantea que la cura depende de una decisión absolutamente personal. En este sentido se ha expresado la titular de Aluba, Mabel Bello, quien señaló que el mensaje que se da es sumamente confuso; y criticó duramente el mensaje de que es necesario “tocar fondo” para recuperarse.

No me voy a adentrar mucho en este punto, que ya fue objeto de debate entre los especialistas, pero hay dos puntos más de la película que no se pueden pasar por alto.

Se trata de los estereotipos alrededor de los cuales se construye la historia. Las causas por las que padece la enfermedad y las razones por las que logra curarse. Lamentablemente estos dos puntos no han sido materia de debate, ni de crítica en profundidad. Por el contrario, se han dado por supuesto. Pero al mirar la película desde una mirada feminista saltan a la vista con toda claridad.

Y así es como una vez más aparece la madre como la culpable de todos los males. En los primeros 35 minutos de la película, ya sabemos que, una vez más, la culpa la tiene la madre.

Es culpable por haber sido una madre “abandónica”, por haberla dejado cuando era una niña. Pero, no solo por eso, sino también por ser lesbiana (¡horror!).

Sin mayores explicaciones el mensaje parece ser demasiado evidente: “¿qué se puede esperar de una madre lesbiana? Una hija anoréxica es lo de menos“.

Una pregunta similar se hizo hace unos años la Señora Mirtha Legrand. Cuando consultó al aire si cuando una pareja de homosexuales adopta a un chico no existe riesgo de que lo violen.

Estos estereotipos están tan vigentes que se repiten una y otra vez. El cine aparece una vez como la caja de resonancia de todos los prejuicios de esta sociedad heteronormativa y patriarcal.

En su momento, la Señora Legrand recibió muchas críticas. Una violación es demasiado, pero quizás una hija anoréxica es un castigo tolerable.

Ya vamos viendo cómo se construye la trama. La culpa de todos los males siempre es y será de las madres. Y, sin son lesbianas, con mayor razón.

Entonces es cuando aparece el salvador. El que viene a rescatar a la protagonista. El héroe. ¿Y quién es? Sí, adivinaron ¡Un varón! Un médico demasiado lindo, y con mucha onda,  que convence a la protagonista a hacer el tratamiento médico para recuperarse de la anorexia. La maltrata un poco, le dice que todo depende de ella. La convence de que lo siga y (supongo) la salva.

Hasta acá tenemos la trama clásica de un cuento de hadas. Si reducimos la trama a la estructura mínima como nos propone Rodari, nos encontramos con el cuento de hadas clásico. La joven víctima de una mujer malvada está en problemas y es rescatada por el héroe. Así de simple. La estructura clásica del cuento de hadas en su versión Disney. Es decir,  cargada de todos y cada uno los estereotipos y roles de género.

Desconozco cómo termina la película, y, la verdad, no creo que vaya a  ser capaz de averiguarlo. Supongo que efectivamente el héroe salva a la protagonista de la anorexia. Supongo que sigue su vida y se transforma en una mujer exitosa. Quizás la madre deje de ser lesbiana. Probablemente yo nunca me entere. Probablemente me dedique a pensar cómo recuperar el arte como herramienta de transformación social y política.

*Abogada Feminista, Diplomada en Mujeres y Derechos Humanos por la Universidad de Chile.

1 comentario

  • Es genial el análisis. Si sirve de algo, la trama se vuelve aún más bizarra: dentro de la institución conoce a un bailarín que pasa por lo mismo y comienzan un coqueteo. Técnicamente es él quien la salva (o sea, el amor ¿?)

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