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Liliana Bodoc: la madre de los confines

Por Aldana Martino*

En una charla sobre literatura que dio (y recibió, claro, como cada vez que compartía un espacio con alguien) en un penal de mujeres en Mendoza en 2012, Liliana Bodoc leyó un poema de Walt Whitman para las mujeres que la escuchaban. Lo presentó así: “Este señor maravilloso es…”. Se pausó por un momento. Y continuó: “si, es, sigue siendo, porque los poetas no se mueren nunca”.
Casi como un presagio, Liliana nos dijo lo que todos y todas sentimos hace algunos días, cuando nos llegó la noticia de su partida física.
Es cierto también, que ella fue mucho más que una escritora, que una poeta. Con sus palabras, logró ponerle voz al silencio sobre la verdadera historia de los pueblos de América Latina.

Pero no de cualquier forma. Se introdujo en la vida de quienes disfrutamos con el alma sus historias con La Saga de los Confines, una trilogía de literatura fantástica que narra la historia de los pueblos de las Tierras Fértiles, que lucharon contra el Odio Eterno que con ella tuvo forma y nombre y se llamó Misáianes, y que con sus ejércitos llegaba desde las Tierras Antiguas para conquistar y destruirlo todo. El Odio que era hijo de la Muerte, que desobedeciendo las leyes naturales que le indicaban que no podía jamás engendrar a otros seres, había parido un hijo.
La batalla que le dan los Husihuilkes del sur, los Zitzahay, los brujos y la resistencia en las propias Tierras de Misáianes, no se reduce a la espada y la magia: se compone también de los pequeños gestos y de los amores que todas esas critaturas, entretejidas, le opusieron al crecimiento del Odio Eterno. “Cuando los hombres cantan, el odio retrocede”, decía Liliana.

Hace días que las redes sociales se colmaron de historias sobre ella. Cada uno de sus lectores tiene algo que contar sobre cómo su obra transformó aunque sea una parte de sus vidas, y también, sobre cómo su amor desbordante y su bondad nos abrazó a quienes tuvimos la oportunidad de conocerla, aunque sea por un ratito. Y es que a pesar de ser ya una escritora de la talla de los más grandes de la literatura fantástica, nos dedicó siempre a quienes la buscamos su tiempo y su espacio. Contestando correos, ofreciendo entrevistas, compartiendo un mate en su casa o en un taller literario en algún Centro Cultural.

Así me pasó a mi, también. Cuando la vi por primera vez en una Feria del Libro desbordante de gente y le pedí que me dedique uno de sus libros, le conté que queríamos entrevistarla para un programa de radio que hacíamos un grupo de militantes, estudiantes secundarios, sobre cultura, política y educación. Sin decirme nada, me anotó en el libro mismo, abajo de su dedicatoria, su mail, su teléfono y la dirección de su casa. Por supuesto que después, efectivamente nos dedicó una tarde entera en un café, y nos siguió acompañando de múltiples formas durante varios años. Claro que las historias que sus lectores fuimos contando en las redes, pueden pasar casi por anécdotas personales. Pero todas juntas dan cuenta de cómo era ella: se ofrecía con toda su grandeza hasta al más pequeño ser, y tejió una cercanía con sus lectores que pocos autores han logrado construir.

Creo que Liliana logró resignificar la literatura fantástica en nuestro país. Nos la trajo, retomando a los grandes escritores como Tolkien o Le Guin, explicándonos que eligió el género fantástico para contar la realidad de nuestra historia, porque lo fantástico empuja la frontera de lo que es posible expresar. Porque nos abre la puerta a un inmenso mar de formas de decir, hermosamente, las verdades sobre quienes somos.
Fue capaz de crear mundos con los pies bien puestos en este mundo, y fue hermana de todas las causas de lxs oprimidxs, lxs humildxs, de lxs que luchan por cambiar el orden de las cosas. Militó con su arte, pero también con una impresionante claridad política sobre la necesidad de organizarse y dar pelea. Como los husihuilkes en las Tierras Fértiles.

Además de sus Confines, nos dejó una enorme cantidad de historias, una más exquisita que la otra, en las que se perpetúa. Para quienes no lo hayan hecho todavía: háganse un favor y léanla. Van a ser un poco más libres y un poco más felices.

Estas palabras que salen casi como un desahogo después del dolor de perder a alguien que logró alcanzar tantos corazones sin conocernos pero conociéndonos, intentan ser un pequeño homenaje. Gracias, Liliana, por tu poesía. Esa que como decías vos en cada charla, en cada entrevista que vimos y seguimos con la convicción de que estabas representando de alguna forma nuestras luchas, es una caricia en la cabeza cuando hay dolor, una sopa caliente cuando hay hambre, una compañía cuando hay soledad.
Cuando te encuentres a la Vieja Kush, al Brujo Kupuka, al guerrero Dulkancellin o a la niña destrenzada, contales que seguimos acá dando pelea.
Cuando los hombres cantan, el Odio retrocede. Y si, es que el amor vence al odio, siempre.

*Aldana Martino es estudiante de derecho, militante de Proyecto Popular y lectora inagotable de Liliana Bodoc

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