@marta.piedra

 

Rosaura Ruiz*

Recientemente me encontré reflexionando sobre cómo influyeron en mi niñez y adolescencia las muñecas Barbie y las películas de “princesas” Disney. ¿Realmente tuvo un impacto en mi desarrollo emocional la exposición a tales productos del mainstream? La imagen de “mujer ideal” que retratan, ¿me llevó a tener problemas al enfrentarme con la realidad de mi cuerpo perfectamente imperfecto? 

Juegos de infancia

Felizmente nunca fui una niña demasiado absorbida por el fanatismo consumista, tal vez porque en aquel entonces (nací en el 87) todavía no era algo tan exagerado como lo que se ve hoy en día. Entre mis juegos de infancia recuerdo a las muñecas Barbie, pero también a los más simpáticos Pin-y-Pon, con los que jugaba en la delicada casita de madera hecha a mano por mi abuelo, y también un trailer de camión del que estaba muy orgullosa, pues se abría y se convertía en una gasolinera muy realista, llena de detalles. 

La verdad es que lo que más recuerdo de las Barbies es que, ya siendo más “grandecita”, las usaba como iniciación a los entresijos del romance y el sexo. Sus “partes” tan lisas e insípidas no lograban engañar a mi curiosidad y recuerdo que, aunque tenía un muñeco varón, lo que más me interesaba era cómo las Barbies se frotaban entre ellas. Creo que esa fue mi primera incursión mental en el sexo lésbico. 

Sobre las películas Disney, la verdad es que nunca llegué a sentirme identificada con ninguna de las protagonistas: demasiado hermosas, demasiado buenas, muchas veces demasiado mojigatas. Más que nada, me enamoraba de ellas. Me pasó con la exótica Pocahontas pero, sobretodo, con Ariel, la Sirenita de cabello rojo. Ahí me enfrenté por primera vez al deseo ante la representación de una mujer… aunque en nada se pareciera a una mujer real.

Errores de juventud

Pensándolo bien, no fue la cultura pop la que motivó que creyera ser fea y algo pesada en mi adolescencia. Ni la que me llevaba a usar sujetador cuando mis pechos son menores que los de la talla más pequeña de cualquier fabricante, o a preferir una ropa por lo “sexy” en vez de por su comodidad y utilidad, aunque después la dejara guardada años en un armario por ser “demasiado sexy” para mí. 

Tampoco tuvo nada que ver en que durante años me afeitara piernas y axilas, sin saber hasta hace demasiado poco cómo lucían mis pelos, los pelos del cuerpo de una mujer, del cuerpo que habito. Incluso una vez fui tan estúpida de ir a hacerme una “limpieza facial” y a que me depilaran las cejas a la cera. También usaba diariamente una plancha de pelo para acabar con mis caóticas ondas, que no eran ni lo suficientemente rizadas ni lo suficientemente lisas.

Ni qué decir tiene que Barbie y Disney no fueron los responsables de que me lavase regularmente con un producto especial de “higiene íntima” para no oler mal, ni que no me importase cómo se veía la textura de mi sangre, ocultada bajo una capa ultra-absorbente y, por supuesto, “odor-control”, de plástico. 

A las Barbies y las princesas de las películas de mi época no les hacían esa cara de estar disponibles sexualmente todo el tiempo, como las de ahora, así que imagino que tampoco influenció demasiado en mis tímidas incursiones en el maquillaje y en mi idea de que si me mordía el labio éste se hinchaba un poquito y parecía, de nuevo, más “sexy”.

Buscando un culpable

Y entonces, ¿quién tuvo la culpa de las inseguridades respecto a mi cuerpo, de la normalización de los cánones de belleza y de todos los procesos de consumo asociados, de la “higienización” de la menstruación, de que las mujeres lleguemos a pensar que siempre hay algo que mejorar en nuestro aspecto y que es algo positivo el ser vista como una atractiva hembra?

La respuesta para mí se puede dividir en tres partes involucradas: la propia mujer, sus círculos de afecto y confianza, y el omnipresente sistema capitalista-patriarcal. Es obvio que la víctima no es la culpable, sobretodo si es objeto de lavados de cerebro sistemáticos desde que nace, pero sí que sería bueno, una vez somos conscientes del maltrato al que nosotras mismas sometemos de buena gana a nuestros cuerpos y salud mental, hacernos cargo de nuestra parte de responsabilidad. “Mi cuerpo, mis reglas”, desde luego, pero estáte atenta a las reglas que tú misma te estás imponiendo.

Los círculos familiares y de amigos juegan un papel muy importante, sobretodo en los años de crecimiento y en la adolescencia, y si bien podemos reaccionar contra los modos de pensar de nuestros padres, intentamos copiar los estilos y comportamientos de las amigas. Si para tus círculos es absolutamente normal que una mujer tenga que lucir depilada, teñida, oliendo a perfume y llevando sujetador hasta para dormir, difícilmente pondrás en duda que existan otros modos, tal vez más naturales, y no menos bellos, de ser mujer.

La sociedad es una fuente constante de presión hacia el ser mujer y el comportarse “como tal”. Embebida de patriarcado y capitalismo hasta el vómito, se rige por normas que nos son impuestas desde fuera de nosotras, desde arriba, desde quien quiere crearnos necesidades para vendernos más y más caro y someternos minando la confianza en nosotras mismas, en nuestras capacidades y bellezas naturales. Todos los supuestos “rituales” de belleza femenina conllevan que compres algo, y generalmente que te intoxiques de una forma u otra y comprometas tu salud. Piensa tan sólo en la cantidad de químicos altamente dañinos que usa una mujer media al día, entre champús, suavizantes, gel de ducha, body milk, tinte de cabello, polvo facial, maquillaje de ojos y labios, desmaquillante, desodorante, perfume, jabón “íntimo”, compresas o tampones industriales, etc. Sin siquiera mencionar otras amenazas a la salud física y mental como el querer estar permanentemente delgada.

Desde el sistema se nos plantean ideales de mujer sólo al alcance de diosas, para que la constante insatisfacción nos mantenga adictas a sus productos. Barbie es una de esas imágenes idealizadas y altamente discriminatorias, por supuesto, pero no sólo: toda la publicidad, las películas comerciales, tus series favoritas, las letras de las canciones mainstream, etc, todas nos bombardean con lo mismo. Pero creo que sería tonto pedir al capitalismo que deje de hacernos esto, ese es, básicamente, su despreciable trabajo. Pedir que Barbie deje de ser rubia, blanca, flaca y cheta está bien, pero mejor está no comprar Barbies, no dejarse engañar por la rueda consumista, mirar con escepticismo todo producto del capitalismo, responsabilizarnos de nuestro cuerpo y emociones y probar alternativas diferentes, saludables, que nos permitan respetarnos y amarnos. 

Una mujer linda es una mujer liberada

El camino recorrido hasta la (casi) total aceptación y respeto a mi cuerpo, mediante la liberación de ideas impuestas sobre la belleza y el cuerpo femenino fue algo gradual, que se podría esquematizar así:

  • La liberación de mis pechos de cualquier cosa que las apriete que no sean unas manos cálidas y queridas.
  • Dejar de quemar mi cabello y verlo crecer “a su aire”, cortándolo muy cortito de vez en cuando para comprobar que mi “femineidad” seguía intacta.
  • Dejar absolutamente de rociar mis genitales con jabones químicos (hecho: la vagina se limpia sola y la vulva sólo quiere agua) y dejar de creer en un supuesto “mal olor” que de hecho no existe en condiciones normales y es bueno poder detectarlo si llega a existir, porque es síntoma de infección.
  • Dejar de usar compresas de plástico y comprobar que la sangre huele mucho mejor que los “aromas” artificiales que impregnan las compresas, y que consigo identificar su textura y color (y por tanto ver si todo está bien) con el uso de compresas lavables de tela que, además, no tienes que comprar cada mes y no acaban llenando algún vertedero o flotando en el mar.
  • No depilarme más. Es cómodo, es hermoso, es natural: quien lo probó lo sabe. 
  • En la ropa que visto me gusta la creatividad y la funcionalidad, y sólo compro ropa de primera mano en casos extremadamente necesarios. Sólo así puedo llegar a sentirme “sexy” si la ocasión lo requiere.
  • Uso un solo jabón en pastilla para cabello y cuerpo, de preferencia natural. No se necesita más, si te lo han hecho creer es para que compres más y productos, no lo dudes. Ni qué decir tiene que las “limpiezas faciales” las hago con agua.
  • No tengo nada contra el maquillaje, me parece que puede ser tan artístico y creativo como pintar un cuadro. Pero no uso más que algún detalle en los ojos muy de vez en cuando, y tal vez un pintalabios en alguna ocasión especial. ¿Porqué? Sólo un ejemplo: taponar los poros de la piel con polvos químicos es lo que produce “imperfecciones” en la piel, que luego limpiar con limpiadores químicos, cubrir de nuevo con polvos y correctores químicos, etc, etc. 

Y con todo esto no siento que haya perdido nada, muy al contrario, son sólo ventajas económicas, ecológicas, de salud y de posicionamiento contra el sistema. Y me veo (y tengo constancia de que se me ve), más bonita que nunca. 

Cada una tendrá sus procesos para llegar a aceptarse, quererse y decidir qué es lo que quiere para su cuerpo. Pero que no sean falsas expectativas impuestas las que inclinen la balanza. Que tu apariencia física no sea una expresión de tus inseguridades, una sumisión a los poderes patriarcales ni una propaganda constante de lo sexualmente activa que puedes llegar a ser. Un cuerpo de mujer real es mucho más complejo y hermoso de lo que nos venden. Una mujer linda, es una mujer liberada.

 

*Rosaura https://rosauraruizportfolio.weebly.com/

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