Cuando la palabra se hace territorio: crónica de un encuentro feminista

*Por Clemen Bareiro Gaona

La tarde cae despacio sobre la mesa del conversatorio. Hay tazas, cuadernos con anotaciones apresuradas y esa electricidad suave que aparece cuando un grupo de mujeres empieza a pensar juntas. Alejandra Ciriza abre el diálogo casi como quien abre un territorio: con la certeza de que mucho de lo que hoy llamamos teoría descolonial ya había sido dicho, pensado y peleado en América Latina hace más de medio siglo.


“Tenemos una riqueza enorme –dice–, pero pareciera que si no vuelve desde el Norte, no cuenta”.

 

La frase queda suspendida. Todas la sienten verdadera.

Hablan entonces de Bambirra, de Galeano, de Francine Descarries, de la teoría de la dependencia; nombres que alguna vez circularon como fuego y que hoy parecen escondidos bajo el polvo de modas académicas. Lo que piden no es nostalgia: es memoria política.

 

El diálogo viaja hacia Paraguay. Recordamos a Ramona Ferreira, periodista feminista borrada de la historia, y en esa evocación todo el grupo coincide en una intuición: recuperar nombres es recuperar la posibilidad de escribirnos de nuevo.

 

Alejandra, contundente, afirma que ninguna de nuestras luchas puede pensarse sin mirar la región. “La suerte de Brasil, de Paraguay, de Argentina… están unidas”, dice. Y la mesa asiente. Se sienten parte de una geografía compartida, marcada por genocidios y evangelizaciones, pero también por una terquedad luminosa: la de seguir organizándose.

 

Cuando interviene Lea Durante, su voz llega primero en italiano y luego en la traducción de Alejandra. Habla de las jóvenes que rechazan el feminismo como palabra, como si fuera un resto viejo, una jerga. Propone entonces algo simple y revolucionario: la conciencia feminista nace en la lucha, no en la definición perfecta.

 

La conversación avanza hacia los feminismos populares. Hablamos de lo que vemos  en los barrios: mujeres que arman redes de cuidado, que inventan trabajo, que sostienen vidas quebradas. Mujeres que quizá nunca se llamarían feministas, pero que practican el feminismo más radical: el de la supervivencia colectiva.

 

Alejandra responde con calma: no hay que imponer nombres. Las identidades se conquistan, no se decretan. Y la hegemonía desde abajo se construye escuchando, no etiquetando.

 

El clima se vuelve más político cuando aparece el tema de las derechas. Se habla de censuras, de ministerios que prohíben la palabra “género”, de iglesias ocupando escuelas. La sensación es conocida: la ofensiva conservadora avanza con velocidad.

 

Mabel Thwaites Rey propone algo que cambia el tono de la sala: interpelar también a los varones. No desde el castigo permanente, sino desde la reciprocidad. “No queremos vivir como amazonas”, dice entre risas. Queremos transformar juntos las formas de vincularnos. Queremos que los hombres pierdan privilegios, sí, pero ganen humanidad.

 

Lea vuelve a intervenir. Habla del planeta, del Amazonas incendiado, de Bolsonaro como síntesis de un odio que no distingue entre mujeres, indígenas, negros o naturaleza. Su idea es clara: el feminismo también es una defensa de la tierra. Y las mujeres indígenas lo saben mejor que nadie.

 

La conversación empieza a cerrarse, pero nadie quiere terminar. Hay una intuición común: el futuro se juega en recuperar la comunidad. Las relaciones que cuidan, los vínculos que sostienen, los territorios que resisten. Alejandra lo dice con una frase que cae como una semilla:

 

“Somos seres gregarios. No sobrevivimos solas”.

 

Queda un silencio largo, un silencio fértil. Algo se ha movido. Algo que no es teoría ni consigna, sino una forma de volver a pensarnos juntas en Nuestra América. Un hilo que conecta cuerpos, lenguajes y territorios. Un hilo que, como tantas veces, las mujeres empiezan a tejer.

*Entrevista realizada en el año 2017 a Alejandra Ciriza, Mabel Thwaites Rey y Lea Durante.

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