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Por Alejandra Iriarte*

Ya hace unos años que escuché por primera vez la famosa frase fundacional del feminismo más radical. “Lo personal es político” decían las feministas revolucionarias de los setenta “Lo personal es político” dicen las banderas y las remeras de las compañeras en las marchas contra los femicidios “Lo personal es político” dicen las docentes/académicas/especialistas en cada curso, charla o congreso de género “Lo personal es político” escuchamos y repetimos por todos lados.

Una frase con la fuerza para derrumbar el mundo, mi mundo. La sensación es como en esas películas yanquis donde una marea gigante se acerca para destruir Nueva York. Yo me sentía así, como Nueva York. Pobre ilusa, pero yo me sentía bastante conforme de ser blanquita, de clase media, universitaria, moderna, con rasgos europeos. Defendía mis privilegios con la fuerza de la heroína que defiende su ciudad, más bien con la del héroe, porque a las mujeres nos toca siempre ocupar el rol de la débil que necesita de un héroe varón que la salve de la implosión del mundo. Héroe o heroína, en ese entonces me daba igual, lo que me importaba era defender mi mundo lleno de privilegios.

Ese mundo que oprimía, pero que escondía los dolores, las violencias, las discriminaciones, bajo el manto de que somos todos iguales, el feminismo es el machismo al revés, bla bla. Ese mundo por el que circulaba con los ojos cerrados, justificando y explicando todo. Pero, por ahí cerca, la ola se venía gestando. Un maremoto enorme, siempre a punto de alcanzarme.

Mi primera reacción, casi espontanea, fue intentar resistir a la marea.

En mi primer trabajo, apenas me recibí de abogada, en una organización internacional de defensa de los derechos humanos, aclaré que el tema que menos me interesaba era el de “género”. De todas formas, me asignaron un caso de una mujer que estaba presa por haber matado a su bebé. Mi tarea era estudiar el caso y elaborar la defensa legal desde la perspectiva de los derechos humanos. Lo que vi al trabajar en ese tema fue todo un mundo que tenía al lado pero que no me permitía contemplar. Un sin fín de discriminaciones, opresiones, violaciones a los derechos fundamentales de esa mujer, todas, por el solo y único hecho de ser mujer y pobre.

En paralelo, había empezado a participar de una organización que militaba en la cárcel de mujeres de Tucumán. Al principio, que la cárcel fuera de mujeres o de varones, no me parecía un detalle relevante. Hasta que conocí a esas mujeres. Y las razones por las que estaban presas. Tráfico de drogas a pequeña escala; homicidio del varón violador, abusador y violento; aborto. Todos delitos relacionados únicamente con su ser mujer. De pronto las mujeres aparecían ante mí con toda su particularidad. Todo lo que no había podido ver e identificar en mi misma se hacía presente.

Antes y después de esas dos experiencias mi trabajo y mi militancia estuvieron y están relacionados con mujeres. Las casualidades no existen.

El aborto, para mí, siempre fue un derecho. Pero un derecho que nada tenía que ver con el hecho de ser mujer. Eso, al menos, me había enseñado en mi casa. La libertad ante todo, la libertad de las mujeres, pero porque les correspondía. Había como una barrera que no me dejaba entender del todo de que venía la cosa. ¿Por qué había mujeres presas por aborto? ¿Por qué había mujeres presas por defenderse de un violador? ¿Por qué había mujeres presas por ingerir kilos de cocaína para llevar de un lado al otro y destruirse el cuerpo?. Había algo que no cerraba. Así que, a pesar de mi resistencia, me puse a leer, a estudiar, a aprender, y a seguir mirando alrededor.

En esa búsqueda estaba, y estoy, cuando de pronto me llegó el impacto: lo personal es político. A medida que conocía, estudiaba, pero sobre todo miraba más a mí alrededor y a mí misma, mi mundo, construido prolijamente, por el capitalismo y el patriarcado, se empezaba a desmoronar.

Me vi a mi misma como una ciudad llena de luces, espejismos y falsedad; como una ciudad construida por otros, para su seguridad y su comodidad. No para la mía. Percibí todos los esfuerzos que había hecho inconscientemente para sentirme más a gusto con esa estructura sobre la que me sostenía. Detecté los mecanismos de defensa, las justificaciones, las excusas que inventaba para sobrevivir. Me di cuenta que me había acostumbrado demasiado a vivir en esa ciudad que nos construyeron otros, y que, por eso, me resistía a entregarla, por eso persistía en la obstinada lucha por protegerla. Me vi como el obrero que defiende los intereses del empleador; como el esclavo que defiende el interés de su amo; como la mujer que defiende a su opresor; como la mujer que soy defendiendo un mundo de varones, creado por y para ellos. Me vi como la última empleada de un hotel cinco estrellas de una Nueva York que se hunde por la llegada de un maremoto y que defiende la estructura del hotel con su cuerpo, mientras su casa es tapada por el agua.

Cada vez estaba más cerca esa ola, que es una marea, pero que también es un King Kong gigante, como yo, como Despentes, como todas. Porque todas somos un poco de la King Kong desde donde escribre Virgine Despentes en el revolucionario Teoria King Kong, mujeres que somos demasiado todo lo que somos “las no vendidas, las piradas, las rapadas, las que no se saben vestir, las que tienen miedo de oler mal, las que tienen el comedor podrido, las que no saben cómo manejarse, a las que los hombres no les regalan nada, las que cogerían con cualquiera con tal de que acepte cogérselas, las más putas, las trolitas….”, somos demasiado todo eso, y demasiado todo lo contrario. Somos un poco y mucho de todo y nada.

Al fin de cuentas, pensé, quizás no sea tan malo que me tape la marea, que me pise el mono gigante, que se me caiga el mundo encima. Que se rompa.

Entonces fue cuando empecé a entender. Lo personal es político. La di vueltas, la mezcle, la puse al revés, la repensé, la rompí, la critiqué, la tiré. Me refugié, me escondí, me tapé, me cubrí. Pero la marea ya llegó, King Kong ya rompió los edificios más cercanos, Nueva York se cayó en pedazos y yo con ella.

Entonces, cuando ya estaba tapada hasta el cuello, asomé mi cabeza a este nuevo mundo destruido. Y me gustó. Me descubrí entre las ruinas. Me encontré conmigo misma, de verdad, sin todos los subterfugios que había usado antes para describirme. Los escombros de este nuevo mundo me representaban más que los edificios y las luces del mundo anterior. Saqué la cabeza, los brazos, las piernas, y aprendí a caminar de nuevo; y en eso estoy todavía, y sospecho que en eso estaré el resto de mi vida.

Lo personal soy yo, de eso se trata. La política soy yo, de eso se trata. Descubrí que mi vida es política. La política no es otra cosa que la forma en que vivo todos los días, la forma en que como, en que trabajo, en que (no)me depilo, en que (no) hago deportes, en que cojo, en que sueño, en que juego, en que disfruto, en que leo, en que escribo, en que hablo, en que discuto, en que me callo, en que rio, en que lloro, en que pierdo el tiempo, en que milito, en que tomo decisiones. La política es la forma en que hago todas esas cosas y todas las que no hago, y todas las que deseo hacer, todas las que no me animo, todas las que disfruto. La política es la forma en la que vivo. Y por eso soy feminista, porque busco que cada aspecto de mi vida se parezca un poco más a eso que pienso. Porque intento vivir, soñar, trabajar, coger, militar, disfrutar de otra forma a la que lo hacen los varones que crearon el mundo a su imagen y semejanza. Porque quiero relacionarme con otros códigos, de otros modos, porque no quiero disputar poder todo el tiempo, porque quiero aprender, porque quiero callarme, porque quiero gritar, porque quiero vivir sin jefes, sin amos, sin normas impuestas por un mundo heteronormativo y heterosexual.

Ahora ya no puedo ver y habitar el nuevo mundo de otro modo. Cada gesto, cada movimiento, cada actitud, cada decisión, cada comentario, cada palabra, cada vínculo, cada espacio; todo mi alrededor lo veo ahora a través de las anteojeras feministas. “Lo personal es político”, me digo, y veo como el mundo sigue su marcha.

Por este camino me fui volviendo cada vez un poquito más intolerante, más inapta para soportar y sobrevivir en un mundo lleno de falsedades, opresiones, machismo y peleas de poder. Y así un día le contesté al varón que me dijo “mamita” mientras caminaba al trabajo. Al otro día le puse cara de culo a mi compañero de laburo que consideró una buena idea decir en una reunión laboral que me quedaba linda esa pollerita. Al otro día mandé a la mierda a un amigo que dijo que había dejado a la piba con la que salía porque era muy puta. Un domingo le contesté a mi abuela que no iba a soportar más sus comentarios homofóbicos (Ese día me abrace en secreto con mi primo gay que no se anima a salir del closet en que lo tienen encerrado los prejuicios de su familia pueblerina). Y así sigo, junto a muches, transitando por un mundo que me resulta totalmente ajeno y hostil.

Pero sé que no estoy sola en esto de sentirme extraterrestre, extranjera en un mundo que no fue construido por y para nosotras. Ahora nosotras somos marea, somos King Kong, somos Despentes. Y así como, como ellas y como todas las mujeres anónimas que sobrevivimos a la implosión de nuestro mundo machista y capitalista, vamos a construir un mundo feminista desde los escombros del viejo sistema.

*Abogada Feminista, Diplomada en Mujeres y Derechos Humanos por la Universidad de Chile.
*Fotografía de Jose Nico para Manifiesta

 

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