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Es cierto, tía, no tengo un marido
Tuve uno, pero no sé dónde lo dejé.

Pero vamos, tía,
La estética no está a la altura de mi belleza,

Ni mi cintura cabe en sus estándares.
Mi pelo corto, me encanta.
Y si los hombres las prefieren con el pelo largo,
Por las dudas, siempre tengo unas tijeras.

El tabaco hace mal a la salud,
De eso no hay dudas,
La carne también
Ni hablar de la exposición mediática en las redes sociales.
Y otras drogas.

Según investigaciones recientes,
la stevia no es la fórmula del éxito.
Así que tía, cuidado,
Con el café descafeinado
La leche descremada
El edulcorante
El aspartamo
Y las grasas trans.
No todo es lo que parece.
Tampoco el amor.

Es cierto, no tengo un marido,
Pero tengo una cama,
Una cama grande que me compré yo solita
Donde caben todos mis placeres.
Soy dueña de mi territorio y no le pido permiso a nadie.

Tengo un vestido blanco, precioso
Ya no me queda
Y no sueño con que me quede.
Aprendí a comprarme ropa más grande,
cuando no me alcanza la “fuerza de voluntad”
Después de una jornada de
trabajadora-madre/Es cierto, no tengo un marido
Y mis acciones distan mucho de hacer cosas para tenerlo.
Tía, no solo no tengo un marido
no quiero tener marido.

La rutina, me aburre
La dependencia afectiva, me sofoca.
No estoy dispuesta a negociar libertades, a cambio de migajas.
Los rituales del querer, me angustian.
Dormir todos los días con la misma persona, no me atrae.

Sí,
corresponde aceptar que sí
Que a veces me gustaría que termine el día
Y que el teléfono suene
Compartir una conversa amena
unos buenos besos
un té de jengibre cuando tengo mocos.
Y que el amor no sea un territorio de disputa.
Pero vamos, tía.
No todo es lo que parece.
Porque si por el matrimonio fuera,
Después de tantos años,
Vos, por lo menos,
Tendrías que tener una sonrisa.

Texto: Fátima Aguilar
Ilustración: Lucy Salgado

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