Mujeres en Rebelión: los/as niños/as en el Conventillo

*Por Alejandra Iriarte

“El problema es que a los/as niños/as los hemos excluido del ámbito de lo política (…). Además, la noción de infancia es una noción histórica y culturalmente construida. De todas formas en todos los movimientos hay muchos más niños que antes, por lo que imagino que se está generando algún tipo de transversalidad rara”.

Responde el filósofo Paul (Beatriz) Preciado a la última pregunta antes de concluir la Conferencia “¿La muerte de la clínica?” en “La Somateca”, un programa de investigación y docencia que dirigió en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Barcelona en el año 2013. (disponible en https://www.youtube.com/watch?v=4aRrZZbFmBs)

Las Mujeres en Rebelión

Como todos los sábados un grupo de mujeres, que nos dimos en llamar “Mujeres en Rebelión”, nos reunimos en el local del Movimiento “Lucha y Rebelión”,  en el barrio Ramón Carrillo de Villa Soldati en la Comuna 8 de la Ciudad de Buenos Aires.

Ramón Carrillo es un barrio de casas humildes que crecieron en altura, de manera desordenada, con construcciones que se sostienen entre sí, entre calles de tierra. El barrio fue inaugurado en el año 1991 con el objetivo específico de alojar a las 600 familiares que debían abandonar el “albergue Warnes” (una mole gigante donde se habían instalado familias de escasos recursos) en la barrio de La Paternal.

Hoy en Carrillo viven más de 15 mil personas en condiciones de absoluta precariedad. A lado se encuentra la Villa de Fátima (o villa 3), un asentamiento un poco más precario que Carrillo, poblado de  viviendas improvisadas sobre pasillos también improvisados.

En el sur de la Ciudad de Buenos Aires están los barrios más pobres,  donde se concentra casi toda la pobreza de la capital de nuestro país. Dentro de estos contextos, las mujeres son las más castigadas. Hablar de feminización de la pobreza es ponerle nombre técnico a lo que se vive día a día en el barrio. Las mujeres son las que cargan con el peso más arduo de la pobreza; sobre ellas recaen todas las responsabilidades de cuidado y de trabajo doméstico, en tanto son las que tienen empleos más precarios (cuando los tienen) y con salarios más bajos.

A pesar de esto, son las mujeres, como siempre, las que se organizan para salir adelante. Las que luchan para sobrevivir. Por eso, este espacio de encuentro se fundó, por y entre, mujeres de Ramón Carrillo y Villa Fátima. Con la excepción de las únicas dos participantes externas que vamos al barrio buscando aprender y compartir lo poco que sabemos y lo que (mal) aprendimos desde nuestras profesiones; Sandra, compañera traductora feminista, y, la que escribe, abogada, tucumana y feminista.

Elogio al conventillo

Las mujeres que nos reunimos todos los sábados, conversamos, chusmeamos, “conventillamos”; como lo hacemos siempre. Este encuentro pautado es solo una excusa para juntarnos, para darle formalidad a las charlas casuales que tienen lugar cada vez que nos encontramos. Cada vez que nos cruzamos en los lugares de siempre: en la peluquería, en la verdulería, en la puerta de la escuela, en el colectivo, en el subte, en la salita.

A principio de este año descubrimos una nota de opinión en Página 12 de María Moreno, donde proponía un elogio del conventillo. Citando a María Pía Lopez decía que lo que se precisa es: Escuchar a las amigas, a las vecinas, a las mujeres de la familia. Escuchar incluso sus silencios, ofrecer la mano, cuidar, acompañar a denunciar, hacer un hueco en la casa propia. Fundar red. Conventillear. Armar la caldera. Brujerías necesitamos. Organización y trama. La consistencia de una amistad nueva, singular, micro política, amorosa. A la red social que tolera y ampara la misoginia contraponerle otra. Defensiva y constructiva. De eso se trata”.

La nota fue publicada en Febrero en Página 12 y nos sirvió para poner  en palabras eso que veníamos haciendo y no sabíamos cómo explicar. Nos sirvió para convencernos de que nuestras reuniones de los sábados son un acto político en sí mismo. Esos encuentros son nuestra manera de formalizar el conventillo, la excusa para encontrarnos, para escucharnos, para fundar red, organización y trama.

Por eso, los sábados no tienen agenda previa, el temario se construye en el momento. Con Sandra, las únicas dos que no vivimos en el barrio, llegamos a las 3  de la tarde (casi puntual), nos bajamos del premetro y caminamos el trayecto que nos lleva al local. En el camino vamos charlando sobre lo que quedó  pendiente del encuentro anterior, o lo que pasó en la semana. Cuando llegamos, nos espera Moni, y alguna más que, está vez, llegó temprano.  A medida que el mate circula y las mujeres van llegando, junto con sus hijxs, la charla se va volviendo más candente.

-¿Qué piensan de la entrevista de Cristina?- pregunta Pato.

Habla de Cristina Fernandez de Kirchner, la ex presidenta Argentina y actual candidata a Senadora de la Provincia de Buenos Aires. Lo sabemos sin necesidad que lo aclare. Todas coincidimos en la alegría que nos produce verla en la televisión, y lo mucho que la necesitamos. Esta vez acordamos hacernos una remera con una de sus frases célebres: “Yegua, Puta y montonera”. Sabemos que a ella no le gusta tanto, pero la queremos tener cerca, nos gusta sentirnos yeguas y putas, igual que ella.

Sabemos que Cristina, desde su rol en la política partidaria, nos cuida, y, las mujeres de Carrillo necesitan saberse cuidadas. Porque en ellas, en cuanto mujeres y madres (yeguas y putas),  recae todo el peso del cuidado.

Eso explica que, mientras conversamos, los/as niños/as dan vueltas a nuestro alrededor. Juegan, lloran, piden que los alcen, se quejan, toman agua, se ríen. Los/as niños/as están presentes en cada encuentro.

-¿Será igual en las reuniones políticas donde prevalecen los hombres?- pregunto.

-¡Nooo!- responden todas el unísono.

Sabemos, con una certeza del 99,99%, que cuando los hombres se reúnen, las mujeres cuidamos a sus hijos/as. Sabemos que las responsabilidades de cuidado recaen casi pura y exclusivamente en las mujeres. Sabemos que el espacio público es un terreno hostil que de a poco vamos ganando. Sabemos que en un mundo creado por y para hombres fuimos relegadas al espacio privado, donde tienen lugar las tareas de cuidado.

Pero ahora aprendimos que nuestras reuniones son políticas, que hablar de nosotras y de lo que nos pasa es un acto político, que fundar red y organización es un hecho político. De este modo convertimos el espacio privado, en este caso la casa de Moni, en un espacio político. Un espacio donde participan los/as hijos/as de las mujeres que asisten a los encuentros. Lo hacen, porque no tienen otra opción, pero al participar se convierten en actores del hecho político y en sujetos, en y de transformación. De este modo sabemos que el conventillo que creamos es un conventillo político. Un conventillo donde se arma red, donde tiene lugar la organización.

Al constatar esto, surge ineludible la pregunta de la asistente al curso de Preciado: “¿qué les vamos a enseñar a esos niñxs?”.

 A lo que se suman cuestionamientos más específicos: “¿Cómo van a crecer?, ¿cómo hacemos para crearles un mundo donde no exista la violencia?, ¿cómo hacemos para que ellos no se vuelvan reproductores de la violencia?, ¿cómo en medio de la pobreza se pueden construir otros modelos de infancia?.¿Es posible?”

-¡Sí!-. Estamos convencidas de que lo es.

Y de nuevo, me acuerdo de Preciado, cuando en una entrevista de febrero de 2016, invitada a reflexionar sobre  el suicidio de un estudiante transexual, propone crear una “red de escuelas transfeministas y queer” y afirma que Es utópico, pero no imposible. (…) no hay tiempo que perder, lo imposible es hoy lo necesario”. 

Si no lo creyéramos, no estaríamos sentadas este sábado alrededor de la mesa; no estaríamos compartiendo nuestras experiencias; los dos mates no estarían circulando en rondas caóticas (son dos porque unas tomamos mate dulce; mientras, otras, lo prefieren amargo); no estaríamos pensando cómo construir redes, tender puentes y compartir estrategias para salir entre todas de las diversas y múltiples situaciones de violencias por las que atravesamos las mujeres, y que acá en el barrio se agravan por la pobreza y la vulnerabilidad.

Si no lo creyéramos, no habríamos insistido en fundar esta alianza de mujeres que espontáneamente llamamos “Mujeres en Rebelión”. Creemos que es posible, y creemos que el hecho de que los/as niños/as crezcan alrededor de mujeres organizadas y en lucha, es en sí mismo una apuesta para la transformación de sus vidas.

La reunión sigue, y de Cristina pasamos a hablar de la inyección anticonceptiva que se puso una de las chicas; otra cuenta que está vez prefirió ponerse el chip, nos muestra su brazo todavía vendado, mientras trata de impedir que su hijo de casi dos años se coma unos chizitos –hace poco le diagnosticaron un problema estomacal y puede comer pocas cosas. Flor tiene 22 años, y mientras le esconde la comida a su hijo, afirma que ni loca tiene otro.

En un encuentro anterior, una de las chicas, que hasta hace poco afirmaba que nunca había víctima de violencia, empezó a animarse contar. De a poquito. Los relatos son similares. El machismo se parece, no hay mucha creatividad. Por eso analizamos la posibilidad de crear un  comando de mujeres contra el machismo, y cuando una no aparece durante un par de sábados, empezamos a preguntar por ella, nos mandamos mensajes, nos preocupamos, nos acompañamos.

La resistencia está en crear lazos, en que todas sepan que no están solas. En prometer que  nunca más la violencia va a quedar escondida tras las cuatro paredes de la casa; que ante cualquier signo extraño, hay otras ahí atentas.

Una experiencia similar se dio en relación al aborto. Al principio un tema tabú, pero que ahora es parte de la cotidianeidad de los encuentros. Las redes y el conventillo también nos ayudaron a rescatar a la hija de una de nuestras compañeras, cuando un sábado tuvo que enfrentarse sola al sistema de salud que se negaba a terminar un aborto incompleto del modo en que corresponde. La acompañamos y estuvimos presentes. Poniendo una vez más en práctica este armado político de mujeres que se reúnen a charlar, a conventillar. El aborto se hizo, no en el tiempo y del modo debido, pero se hizo.

La transversalidad: los/as niños/as en el conventillo

Los/as niños/as que transitan alrededor de ese espacio, forman parte de esta “transversalidad rara” de la que hablaba Preciado. Que de rara no tiene nada en los sectores populares. Acá, en el barrio, las mujeres y los/as niños/as están siempre juntos/as. La vida de las mujeres de Soldati es indisociable de la de sus hijos/as. Para bien o para mal. Con todos los estereotipos y roles de género que esto implica.

-¿Cómo creen que estás reuniones impactan en la educación de sus hijos/as?- pregunto antes de terminar la reunión.

-Ufff, por ejemplo, antes todas decíamos: los varones no hacen las cosas de la casa.

-Ahora ni locas. Las cosas las hacemos entre todos/as en casa.

-Yo a mi hijo le dije que si le levanta la mano a una mujer, se la corto.

-Nooo, eso nunca. A mí de chica me cortaron las manos por romper una olla. No creo que la solución  sea esa.

La charla sigue. Lo que nos queda claro es que estos encuentros nos cambiaron a todas, y cambiaron el modo en que las madres se relacionan con sus hijos/as, que las mujeres nos relacionamos entre nosotras, y que los/as niños/as se relacionan entre sí.

Por eso, en pos de fomentar y potenciar esta transversalidad creemos que las redes de mujeres emancipadas son el pasaporte a la construcción de infancias que escapen a la violencia. Creemos que no es utópico soñar con un futuro mejor para los/as niños/as que crecen alrededor de mujeres que se unen para enfrentar juntas la violencia y la opresión a través del armado de redes y organizaciones. Creemos que no es utópico esperar que ellas/os  sean los creadores de nuevos sistemas políticos y sociales.

Por eso, seguimos juntándonos, uniendo nuestras fuerzas, charlando, conventillando, preocupándonos y ocupándonos de la vidas de las otras como si fuera nuestra.

Por eso, cada vez que vuelvo a mi casa en San Telmo, lejos de la realidad en la que viven las mujeres con las que me encuentro todos los sábados, me voy llena de abrazos y, con el deseo de que, si algún día tengo un/a hija/o,  sea capaz de abrazar como abrazan esos niños/as que juegan a nuestro alrededor en la casa de Moni.

*Alejandra es Abogada Feminista, Diplomada en Mujeres y Derechos Humanos por la Universidad de Chile

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