El laberinto de los estereotipos

Por Vanesa Mari*

¿Por nuestra sangre corren los estereotipos desde que nacemos o se construye sobre los cimientos de una sociedad desigual con miradas machistas que nos marcan y condicionan?

                                                                                                                                               Que nada nos limite. Que nada nos defina.

Que nada nos sujete.

Que la libertad sea nuestra propia sustancia”.

Simone de Beauvoir

Aunque estamos en contra de todos los estereotipos, aunque presentemos batalla una y otra vez, no dejamos de horrorizarnos cuando entramos a un vestidor y nos probamos un jean; corremos a la cama solar cuando tenemos una fiesta y tenemos un color piel fantasmagórico o no dejamos de pensar en que llega el verano y nuestra única salvación son las verduras y varios litros de agua. Entonces, repetimos una y otra vez: Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa!

Quizás esto se deba a que vivimos en una sociedad donde parte de nuestras vidas pasan por los medios de comunicación. Consumimos publicidades de belleza, de indumentaria de última moda, de alimentos saludables y hasta de artículos de limpieza! Sí, artículos de limpieza de cuyas publicidades las mujeres somos protagonistas. Entonces, parecería ser que los medios nos van llevando por el camino de la “pertenencia”, nos van marcando cómo tenemos que ser y cómo nos tenemos que ver pero sobre todo, como nos tienen que ver los demás. La televisión nos cala tan hondo que no solo la consumimos, sino que tomamos como principios verdaderos todo lo que se nos impone, si bien no podemos generalizar porque no todas compramos lo que nos dicen, no podemos negar que la tele es un gran generador de estereotipos que se renuevan una y otra vez.

Nacemos inyectados con una dosis de estereotipos y otra de roles que se van asignando según al sexo que “corresponda” y es eso mismo lo que venimos repitiendo de generación en generación a lo largo de los siglos; se van multiplicando “deberes y obligaciones” y seguimos reglas de moralidad que son social y culturalmente impuestos en un mundo donde reina el patriarcado. Será por todo esto que hasta el momento estos conceptos no fueron muy discutidos, tal vez porque son considerados como una especie de “ordenador social”; las sociedades siempre funcionaron así, nunca nadie rompió con esos moldes, todo parece estar ordenado en función de nuestros prejuicios y naturalizamos ciertas situaciones porque nos permite tener una mirada simple y rápida de la realidad.

Sin embargo, cuando naturalizamos tanto nos tienta el conformismo, es decir, todo está bien si logramos alcanzar los patrones de belleza, si tenemos la aceptación social y por tanto la pertenencia pero todo eso que nos hace sentir realizados nos genera al mismo tiempo un baño de individualismo, nos enceguece cuando miramos a nuestro alrededor. Sin darnos cuenta fomentamos estas piezas que profundizan la desigualdad social y por tanto la desigualdad de género, y sobre esta última se estructuran otras desigualdades mucho más arduas, que son por las que valen la pena luchar.

Por eso, cuando el amor propio deje de ser palabras bonitas para convertirse en nuestra bandera, ahí entenderemos que sólo nos pertenecemos a nosotras mismas y es en esa pertenencia donde nos debe unir el valor de resistir injusticias, el coraje de discutir conceptos e ideas, la valentía de romper con ese supuesto “orden social” y sobre todo reinventarnos para enfrentar dominaciones. Sólo poniendo cuerpo y corazón seremos una sociedad un poco más igual, con la mirada en el otro, el resto es pura frivolidad.

                                                                                                            *Licenciada en Comunicación Social Universidad Nacional de Quilmes, Argentina.     

 

Este artículo es parte de nuestro Dossier Febrero 2018 “Verano sin estereotipos”. Lee más aquí 👇

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