Las gordas de verano

*Por Fran Torres Pacheco y Francisca Julve Vidal

Ser mujer y feminista significa desconstruirse siempre: armarse para desarmarse, avanzar, equivocarse, retroceder, volver a intentar. Y así un ciclo infinito. Porque tenemos enraizadas prácticas y pensamientos patriarcales: desde acciones que son el reflejo de los problemas más profundos de la sociedad actual, hasta pequeñas ideas que hacen darnos cuenta que falta mucho camino por recorrer, como lo es el odio total por nuestro cuerpo, odio que parte desde muy pequeñas. Según este estudio, 40% de las niñas entre 7 y 10 años suelen sentir vergüenza de sus cuerpos, cifra que se dispara al 78% entre jóvenes mujeres entre 17 y 21 años de edad.

Podríamos pensar “ya, filo, voy a querer mi cuerpo”, pero son esas cotidianidades, las más pequeñas, las que más cuesta ver y, sobre todo, erradicar. Especialmente cuando ciertos tipos de cuerpo están sobrerrepresentados en la publicidad, en películas, libros, blogs: ser blanca, alta y delgada es lo que nos enseñan desde pequeñas que es lo que merece ser glorificado y amado. Ahí es donde, desde muy chicas, aparece una vocecita que juzga cómo te vistes, cómo hablas, la depilación, el sobrepeso. Todo se hace aún más difícil cuando no sólo es el entorno el que genera la presión por el rol, la identidad e imagen que tenemos que cumplir las mujeres, sino que también, dentro del inconsciente, es una misma quien se juzga.

Y no hay peor época para reforzar el ideal hegemónico de cuerpo que el verano, cuando la ropa es menos gruesa y se deja ver más cuerpo. Hay industrias enteras que giran en torno a insegurizar a las mujeres en el verano con la presión del cuerpo listo para el traje de baño: cirugías, pastillas, gimnasios, dietas, etc.

“Cómo voy a usar ese enterito, o ese vestido tan corto, o ese short o esa polera que es demasiado apretada para un cuerpo como el mío; un cuerpo que no es delgado o no lo es tanto, que es muy voluptuoso o no tiene tantas curvas como se espera”, continúa la vocecita interior.

Por lo tanto, ir a comprar o elegir ropa del closet se transforma en un infierno desde dos trincheras: la primera, es el sistema y la industria que nos convence de que tenemos que vernos de una manera y que, por tanto, las que no entramos en ese canon establecido, tenemos que sentirnos incómodas. La segunda, es desde el acoso, que obliga a taparse más de lo deseado y te hace rechazarlo por las agresiones.

El tipo de ropa de verano que se vende regularmente en las tiendas grandes: ropa pequeña, apretada y no pensada para una mujer que pasa la talla 40-42 de pantalón. Y si es que hay prendas más grandes, no son de ninguna manera favorecedoras. Esto, inevitablemente, termina siendo frustrante porque no hay manera, no existe, de quedar tranquila. Porque aunque digamos que viva el amor propio y que da lo mismo el resto, son muchísimos años de crianza en el sentido contrario y son demasiadas las ideas muy internalizadas las que hay que soltar.

Algo frecuente que pasa cuando denunciamos acoso callejero, es el cuestionamiento que recibimos: “¿pero viste también cómo andabas vestida?”, “¡pero si tú incitaste eso!”, “es la naturaleza del hombre hacerlo”. Da lo mismo cómo andemos vestidas y no está en ninguna naturaleza: nada justifica esa falta de respeto. De hecho, actualmente el Observatorio contra el Acoso Callejero está trabajando en una campaña con respecto a este tema que aborda la culpabilidad en relación al acoso.

Ser acosada en la calle, es una cosa, y para más remate tenemos que luchar con los medios y la vocecita. El desafío suena simple, pero es complejo: aceptarnos y querernos como somos hoy. Porque la lucha es personal y, si una siempre tiene argumentos para discutir con el resto, imagínense cuando se pelea contra una misma.

*Fran Torres Pacheco y Francisca Julve Vidal, son voluntarias del Observatorio Contra el Acoso Callejero de Chile. 

Este artículo es parte de nuestro Dossier Febrero 2018 “Verano sin estereotipos”. Lee más aquí 👇

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