Bailaremos

Fuente: http://almaencolores.tumblr.com

La música suena. Los sonidos se apoderan de una pieza vacía. Mis pies comienzan a moverse, le siguen mis caderas, mi panza, mis senos, mis brazos alzados y mi cabeza. Bailar.

Desde que tengo uso de razón me gusta bailar. Sola en mi pieza, en clases de danza, en fiestas familiares, en lugares públicos. Bailar siempre fue algo natural en mi vida. Gran parte de esta naturalidad para bailar se la debo a mi familia. Bailar junto a mi madre, hermanos, primas y primos, tías y tíos, siempre fue natural. No había que bailar bien- pese a tener grandes bailarines y bailarinas en la tribu-, simplemente había que bailar.

Al ir creciendo, el baile siguió siendo parte de mi vida. En las fiestas universitarias no había canción que quedara impune. Cada fiesta en casa, con amigos o familia, tenía que terminar en baile. Pero en la universidad me di cuenta de que para todas las personas no era tan natural bailar de manera desinhibida. Había un extraño aura en las demás persona que nos veían a mi y mis primas y amigas pararnos a bailar solas en la pista de baile. Una incredulidad que nos hablaba de que estábamos haciendo algo prohibido o al menos, no acordado socialmente: bailar para nosotras.

La bailarina y coreógrafa feminista peruana Morella Petrozzi* parte de la base de que “vivimos en un mundo controlado y dominado por los hombres”, para analizar la danza de las mujeres, afirmando que “el cuerpo habla. La forma como nos movemos habla de nuestra habilidad de poner en acción nuestros propósitos y de darles expresión”. 

La peruana recuerda lo analizado por la feminista alemana  Arianne Wex que “ha fotodocumentado a cientos de hombres y mujeres de todas las edades en movimientos cotidianos típicamente masculinos y femeninos revelando una acentuada oposición del lenguaje corporal. Concluyó: . . . en general las características de las posturas que toman las mujeres son de piernas juntas, pies juntos paralelos apuntando hacia adentro y los brazos pegados al cuerpo. Pareciera que la mujer se tratara de encoger y hacerse más pequeña y delgada para ocupar menos espacio. Pasa todo lo contrario con las posturas que asume el hombre. Sus posturas son de piernas separadas, pies apuntando hacia fuera y los brazos separados del cuerpo. El hombre usa más espacio. En general usa mucho más espacio que la mujer”

Pudiéramos decir entonces que uno de los pocos espacios en los que la mujer usa más espacio que el hombre, es en la danza, en el baile, en el momento en el que es completamente dueña de su cuerpo y sus movimientos. De hecho, algunas tesis afirman que el mundo de la danza es un espacio esencialmente femenino, pues “la danza permitió a las mujeres salir del esquema de lo “personal”, lo “natural” en el que habían sido confinadas durante tanto tiempo”**

Hace varios años, una amiga feminista turca me contó que en los sectores más rurales y conservadores, cuando se va a una fiesta familiar es fácil identificar a las mujeres que han sido madres de hijos y las que lo han sido de hijas: las madres de hijos bailan al centro de la pista moviendo sus brazos y senos con libertad, las que han sido madres de hijas, simplemente no bailan.

En ese momento, además de ser evidente la terrible carga que puede ser para algunas culturas ser mujer, me pareció interesante que para hacer público este “triunfo” fuera el baile la herramienta elegida. El cuerpo de la mujer siendo ocupado por el patriarcado en gloria y majestad como espacio de disputa.

La creadora suiza Sophie Kasser** escribe: “a las mujeres el control de nuestro propio cuerpo nos ha sido negado en un proceso de sujetar a los cuerpos que se desarrolló en la cultura occidental, haciendo del placer corporal un tabú, algo negativo, creando rejas, ataduras con el cristianismo, las tecnologías, la lógica consumista, en fin una lógica de poder masculina. Al cuerpo está asociado lo aceptable, lo prohibido, la moral, el control”

El cuerpo de las mujeres es un espacio que el patriarcado intenta controlar a través de diversos designios: nos dicen que debemos sentarnos con las piernas cerradas, nos enseñan que las niñas no deben caminar brusco, nos dicen que no podemos bailar de cierta forma, nos avisan que llevamos la falda muy corta, nos imponen que debemos pesar ciertos kilos, nos avisan que está en nuestros futuros ser madres, nos dicen que debemos ser putas en la cama, pero damas en la mesa.

Hace unos años una Intendencia de Chile dio a conocer un instructivo que indicaba a sus trabajadoras cómo debían vestirse; hace dos meses una periodista fue excluida de un acto municipal pues no iba vestida como debía; y hace solo un par de semanas una universidad colombiana emanó un instructivo para evitar los acosos sexuales pidiendo a las estudiantas que no usaran más minifaldas.

Terminando esta columna recuerdo dos momentos culmines de dos series de girl power: Grey’s Anatomy y Girls. En ambas series las protagonistas viven momentos de libertad máxima cuando suben la música de sus radios y simplemente bailan, bailan y bailan.

Sin darse cuenta, mi familia plantó la semilla de la autonomía sobre mi cuerpo cuando de niña me mostró que cada una y uno puede bailar como quiere y cuando quiera. Tomar ocupación de nuestros cuerpos al bailar se torna entonces revolucionario, mover las caderas y levantar las manos al ritmo de la música sólo para saber que estamos vivas, porque queremos, porque podemos, para y por nosotras.

Bibliografía:

*Ensayo “La danza moderna, más allá de los géneros: hacia el descubrimiento de un lenguaje corporal en la mujer” Morella Petrozzi

**Ensayo “El cuerpo femenino en la danza: escritura de mujer” Sophie Kasser

Este artículo es parte de nuestro Dossier Febrero 2018 “Verano sin estereotipos”. Lee más aquí 👇

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