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Por Monserrat Fois*

El 8 de marzo ha sido una jornada de encuentro de mujer (es) que en toda nuestra diversidad, “hermanadas y en manada” en más de 50 países, hemos puesto nuestros cuerpos para desafiar al patriarcado, ese sistema de relaciones de poder profundamente desiguales entre varones y mujeres en el que los privilegios les pertenece a ellos.

Estuve allí, marchando con mi madre, mi tía y una prima, codo a codo, con muchas mujeres que con diversas consignas en trozos de cartulina gritábamos al unísono ¡justicia! Pero las frases iban más allá de las cartulinas, se extendieron a los cuerpo(s) desnudos pintados en colores. Así, con frases pintadas y grabadas a fuego en nuestra memoria colectiva, todas las mujeres pusimos nuestros cuerpos en movimiento, en protesta y rebeldía.

Muchos de los detractores y detractoras del movimiento feminista en Paraguay y en otros países como Argentina, enfocaron su reprobación y críticas en las “formas” que las mujeres elegimos hacer visibles los reclamos que es, principalmente, a través de nuestros cuerpos en movimientos, cuerpos heterogéneos y ya no homogéneos, espesos y ya no etéreos, ruidosos y ya no en silencio. “Esas mujeres no me representan”, “Feminismo no es ser exhibicionista ni grosera”, “Las mujeres que han cambiado el mundo no han necesitado nunca mostrar otra cosa que su inteligencia”, son solo algunas de las frases que fueron difundidas en las redes sociales por muchos varones y mujeres que hacían referencia a aquellas que marcharon con los pechos descubiertos.

Estas reacciones invitan a preguntarnos: ¿por qué los cuerpos desnudos y presentes en público generan tanto repudio? ¿Son todos los cuerpos o sólo algunos? ¿Se los repudia en todas las situaciones o solo en ciertas ocasiones? Llama poderosamente la atención que solo algunos cuerpos provocan tanto rechazo como los cuerpos gordos, trans, negros, viejos, militantes, indígenas, pobres y migrantes (y podría seguir la lista). Realmente, muchas veces no importa si están desnudos o cubiertos, la sola corporalidad de las mujeres, es decir, ser/estar en el mundo como cuerpos vívidos, desafía al patriarcado. Aunque molestan más si los cuerpos protestan, reclaman, exigen o se manifiestan. Nada más rebelde y contradictorio con los “públicos y correctos” desfiles que exhiben (y en este caso sí aplica el verbo exhibir) “la belleza” femenina con sus “bellas y aceptadas” curvas, medidas y colores. Esto sin mencionar los grupos de whatsapp de ex compañeros donde, con total libertad, circulan determinados cuerpos. No señores y señoras… en esos casos es arte, moda o, más precisamente, muy buena “mercancía”.

También los cuerpos colectivos, cuando se sublevan y protestan, desafían e interpelan profundamente a este sistema que nos oprime y nos relega pero sobretodo un sistema que busca insistentemente la fragmentación social. Es por eso que la corporización de la lucha feminista implica, centralmente, articular sus prácticas y representaciones, es decir, pensar qué proponen, qué sentidos cargan, qué se leen en ellos. No me cabe la más mínima duda de que lo(s) cuerpo(s) de las mujeres manifestantes en aquel 8 de marzo constituyen cuerpos presentes e (in)disciplinados, cargados de sentidos y significados; cuerpos en flagrante rebeldía ante los mandatos sociales y morales de nuestras sociedades, que nos prefieren madres, blancas y sumisas. Precisamente, por eso mismo, son cuerpos que molestan tanto y esto fue advertido por importantes pensadoras del feminismo.

Simone de Beauvoir, en su célebre “Segundo Sexo”, critica la corporalidad de la mujer entendida esencialmente como cuerpo vinculado a las funciones de reproducción: “¿La mujer? Es muy sencillo, dicen los aficionados a las fórmulas simplistas: es una matriz, un ovario; es una hembra, y basta esa palabra para definirla” (Beauvoir, 2009). Las mujeres nos enfrentamos a límites corporales en tanto útero reproductor y por ahí podríamos empezar a pensar el repudio que generan los cuerpos críticos e irreverentes como son los cuerpos de las mujeres trans, por ejemplo. Los cuerpos que proponen romper esos límites que nos reducen a un aparato sexual y reproductivo, y nada más, desafían fuertemente a un sistema que nos prefiere quietas y en silencio, dóciles y obedientes. La presencia del cuerpo de las mujeres estorba si no es el que representa lo suave, esbelto, disciplinado y etéreo.

Quienes desacreditan la lucha de las mujeres apuntando a las “formas” en las que reivindicamos nuestros derechos, aducen que existen caminos más respetuosos del espacio público y de los derechos de terceros. Pero el gran problema para esta mirada conservadora no es sólo una cuestión de formas porque lo cierto es que la presencia de los cuerpos libres y expresivos de las mujeres en las calles, copando el espacio público, les es absolutamente amenazadora.

En ese sentido, Silvia Citro, antropóloga abocada a los estudios del cuerpo y la performance, retoma los planteamientos de Bourdieau al respecto. Recuerda como el autor critica el paradigma representacional a partir del cual el cuerpo solo es considerado como signo o símbolo pasivo anulando su carácter activo y transformador en la práctica social (Citro, 2010). El cuerpo entendido como herramienta, como materia vívida con capacidades y potencialidades que exceden ampliamente la función reproductiva, son cuerpos profundamente transformadores que interpelan y enfurecen a quienes, desde tiempos inmemoriales, imponen determinada función, moralidad y estética a cuerpos propios y ajenos. Los cuerpos en movimiento y re-significados, encoleriza a quienes naturalizan los modos de habitar y comprender esos cuerpos en su diversidad.

Otra lectura sobre el cuerpo, pero desde el feminismo marxista, es la de Silvia Federici en su conocido texto “Calibán y la bruja”. Allí interpreta la expropiación del cuerpo de las mujeres como fenómeno paralelo a la expropiación de las tierras comunales en la transición al capitalismo y sus formas violentas de instauración. Continúa estas reflexiones en “In prise of the Dancing Body”, donode sostiene que una de las búsquedas del capitalismo ha sido convertir los cuerpos en máquinas y que en la actualidad “los modelos para el cuerpo son el computador y el código genético, diseñando un cuerpo desmaterializado, desagregado, imaginado como un conglomerado de células y genes cada cual con su propio programa, indiferente al resto” (Federeci, 2016). Federici piensa los cuerpos y la historia de las técnicas de su disciplinamiento en los diversos modos de producción y enfatiza que una reflexión desde el feminismo sobre una profunda transformación social, económica, política y cultural de nuestras sociedades supone necesariamente la re-apropiación de nuestros cuerpos (Federici, 2010).

Nuestros cuerpos han constituido el espacio de la violencia. Sobre nuestros cuerpos se inscriben el terror y la muerte. Nuestros cuerpos, el de las mujeres, son lo primero que el patriarcado reprime y el capitalismo explota. Es por eso que nuestros cuerpos resisten y lo hacen día a día. Resisten a las doble y hasta triple jornadas de trabajo dentro y fuera de la casa; resisten al acoso del jefe; resisten a las horas bajo el sol los días de siembra y de cosecha; resisten al racismo y a la xenofobia; resisten a la desidia del sistema de justicia y a la cubertura irrespetuosa e incriminadora de los medios de los casos de violencia hacia las mujeres Nuestros cuerpos resisten también cuando fumigan nuestras casas humildes y las escuelas de nuestras hijas e hijos; resisten al desalojo; resisten cuando sube el río. Pero todo eso se vuelve más evidente cuando resistimos en las calles y ganamos con nuestros cuerpos el espacio público porque allí nos visibilizamos, nos expresamos, allí existimos.

Creo que es por todo esto que la lucha feminista es también la lucha por la re-apropiación de nuestros cuerpos y por re-descubrir sus diferentes potencialidades. Silvia Federici plantea que la danza es fundamental para este proceso de re-apropiación de nuestros cuerpos porque la danza permite explorarnos. El movimiento per sé constituye una forma de explorarnos de adentro para afuera y viceversa. Cuando marchamos estamos en movimiento, y en ese movimiento de nuestros cuerpos estamos redescubriéndonos individual y colectivamente. Cuando el 8 de marzo bailamos en las calles desnudas, vestidas, pintadas y coloridas, mostramos que nuestro cuerpo no tiene límites, que no es mecánico y que se expresa en múltiples lenguajes y formas. Claro que ese (in)disciplinamiento de nuestros cuerpos enfurece a un modelo de socidad que tiene subsumido y lo naturaliza controlado. La lucha antipatriarcal y anticapitalista es también una lucha por recuperar nuestros cuerpos. El movimiento es una forma de lograrlo, asi que movámosnos, pintadas, disfrazadas, en tetas o como sea. Mientras lo hagamos, tengamos la certeza de que eso enfuerce y tengamos en claro que lo hace porque es totalmente revolucionario.

 

*Monserrat Fois es feminista. Licenciada en Ciencias Políticas por la UCA, Paraguay y estudiante de de doctorado en Antropología Social de la UBA

 

Referencias
Citro, Silvia (coord.) (2010) “Cuerpos plurales: Antropología de y desde los cuerpos”. Ed. Biblos, Buenos Aires.
De Beauvoir, Simone (2009) “El Segundo Sexo”. Ed. Debolsillo, Buenos Aires.
Federeci, Silvia (2010) “Calibán y la bruja”. Ed. Traficante de sueños, Madrid.
Federeci, Silvia (2016, 22 de agosto) “In Praise of the Dancing Body”. En: God&Radicals. Recuperado de: https://godsandradicals.org/2016/08/22/in-praise-of-the-dancing-body/

 

 

 

 

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