trabajo

 

Por Vanesa Mari*

Hace algunas semanas atrás, en los talleres de orientación laboral que se dan en distintos penales del Servicio Penitenciario Bonaerense, trabajamos las trayectorias laborales de los grupos de crianza y cuando preguntábamos: ¿A qué se dedica tu mamá?  Respondían: nada, está ahí, es ama de casa. Así como algo natural, como algo obvio, como una obligación y sin lugar a discusión del rol que tienen (¡y deben tener!) esas madres, esposas, hermanas y todas las mujeres que rodean la vida de estos hombres que transitan una situación particular.

Esta anécdota refleja un pensamiento primitivo de una sociedad machista que aún le falta amoldarse a los nuevos tiempos y aunque algunosreconocen que las mujeres ya no tienen exclusividad en el hogar y en el cuidado de la familia, no dejan de suponer que los quehaceres domésticos deben recaer sobre ellas pero claro, eso no es trabajo, es “su obligación”.  El trabajo tiene género y eso es histórico, por eso es que hablamos de la “división sexual del trabajo”; la mujer en el ámbito doméstico con la tarea de la reproducción social y el hombre con tareas en el ámbito público, el macho proveedor y productivo. Si bien esta diferenciación de roles  tiene una construcción cultural y por tanto susceptible de ser modificada, no dejamos de estar atados a un sistema que promueve dichas discriminaciones entre varones y mujeres, ese sistema que nos organiza la vida a través del dinero no es ni más ni menos que el capitalismo. El mismo sistema que nos dice qué comer, qué vestir, qué estudiar y qué consumir para “pertenecer”, constituye jerarquías a través del salario y ahí tenemos todas las perder.

En el ámbito laboral la división sexual del trabajo está determinada por la asignación social de los trabajos remunerados del ámbito público a los varones y los trabajos no remunerados en el ámbito privado a las mujeres y para el capitalismo, el único trabajo posible es el asalariado, aquel que produce bienes y servicios, el que otorga poder, autoridad, reconocimiento y algún tipo de  status,  el resto es invisible. La crianza de los hijos, el cuidado familiar, la limpieza de la vivienda y todas las tareas relacionadas a la reproducción no tiene un reconocimiento salarial, por mucho amor, esfuerzo y tiempo que dediquemos no percibimos ninguna remuneración a cambio y por tanto no es considerado trabajo. Sin dudas, es el capitalismo el que produceeste modelo de feminidad propia del patriarcado, basado en estereotipos de mujer y esposa ideal, amorosa, dedicada y naturalmente identificada con las tareas hogareñas. Este modelo establece lo que el sistema cree que es “un orden social”, con normas y conductas a seguir y donde los niños y las niñas son educados y socializados para aceptar y replicar ese orden social como algo natural.

Tal vez sea el sistema capitalista y dentro de él, el patriarcado, lo que lleva a que surjan respuestas como las del inicio de este artículo. Es el mismo sistema el que excluye y el que legitima la dominación del varón por sobre la mujer, transformando y profundizando la diferencia en desigualdad, jerarquizando roles y tareas que socialmente le fueron asignados a los varones. Sin embargo, este sistema no reconoce y no visibiliza la importancia del trabajo en el ámbito privado que todos los días realizamos, sino más bien, lo utiliza a través de la manipulación cultural y económica transformando nuestros cuerpos como herramientas reproductivas. Si bien las mujeres fuimos ocupando espacios dentro del mercado laboral, no estamos en condiciones de igualdad y mucho menos redistribuimos o resignamos tareas en el interior de nuestros hogares, por el contrario, cargamos con doble jornada laboral, una remunerada y otra no remunerada a pesar de las largas horas que le dedicamos a las tareas domésticas. En resumen, el capitalismo no sólo se desarrolla en la fábrica sino también en nuestras familias y por tanto en la sociedad.

No podemos negar que el sistema en el que vivimos nos moldea constantemente y que genera factores que contribuyen al empobrecimiento femenino, como por ejemplo: trabajo gratis, doble jornada laboral, salarios menores al de los hombres, menos posibilidades para acceder a un trabajo, empleos precarios, entre otros. Si bien no podemos escaparnos del sistema capitalista, podemos y debemos generar estrategias que nos permitan convivir en una sociedad patriarcal donde estamos en desventaja, necesitamos seguir empoderándonos para  concientizar acerca de nuestra doble jornada de trabajo, que además de no ser reconocida muchas veces es subestimada; luchar por un salario digno y equivalente al de los hombres y romper con la desigualdad de género en el mercado laboral, estos son apenas algunos puntos que debemos remontar de manera inmediata pero claro que es imprescindible el respaldo del Estado, un estado que promueva políticas de género, que garantice cupos laborales femeninos, que regule el mercado laboral y salarial para que exista una acceso  equitativo tanto para hombres como para mujeres. En fin, debemos ir quebrantando esos moldes culturales que están sometidos a la vorágine de un sistema cuyos intereses son solamente económicos, un sistema en donde la mujer trabaja y el capitalismo, ahorra.

*Vanesa es  Licenciada en Comunicación Social Universidad Nacional de Quilmes, Argentina.

 

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