Por Agustina Villa*

“Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza”*

Las mujeres fueron las primeras en salir la caverna en busca de un orden más justo para ellas; fueron las mujeres con más facilidades, blancas y de clase privilegiada. Pero no quedó ahí: volvieron a buscar a todas las demás y comenzó a gestarse el movimiento feminista.

Hoy, el feminismo convoca cada vez más. Cada vez más mujeres y, consecuentemente, cada vez más varones. Se entiende que por cada varón que participa en la lucha hubo antes una mujer que luchó, le discutió y lo convenció. Porque el feminismo era cosa de mujeres y su lucha era la emancipación de la opresión masculina.

La expansión del feminismo y la incorporación de distintas personalidades e identidades sexuales y génericas, vino acompañada de una complejización de las discusiones al interior del movimiento. Ahora tenemos más conciencia de las limitaciones del sistema patriarcal y heteronormativo; entendemos que nos condicionan a todos, todas y todes a ejercer nuestro ser de una manera determinada. No todxs lo padecemos igual: en una pacto social fundado en la desigualdad de géneros, hay opresores y oprimides. Algunxs tienen el poder, otrxs no. En todo orden, quienes primero sienten las cadenas son aquellxs que más sufren su atadura.

El feminismo es justicia social universal. No sólo viene a emancipar a las mujeres y sexualidades disidentes de la opresión patriarcal; cuando rompe con el mandato machista, rompe con el estereotipo de masculinidad que determina a los varones cis heterosexuales. Es fundamental que los compañeros varones comprendan ésto: el feminsimo también es para ellos y, por ello, es menester discutir la violencia que el patriarcado ejerce sobre sus cuerpos hegemónicos.

Hacemos mucho hincapié a los compañeros en que “renuncien a sus privilegios”. Sí, es necesario seguir reforzándolo. Sí, la mayoría no tiene idea cuáles son, aún haciendo eco de la consigna. Pero a la par es necesaria una revisión de las exigencias del patriarcado sobre su género. Esa es hoy la contribución más importante que pueden hacer al feminismo. No es posible encontrar empatía con las exigencias socionormativas de las compañeras -es mucho más difícil que la solidaridad ante los maltratos físicos más extremos y los femicidios- si no son capaces de encontrarse con las propias. Y es importante no sólo en base a la relación con las mujeres y otras identidades, sino para los vínculos entre los varones mismos: hoy en día el pacto más grande que existe entre ellos es el de la opresión, individual y general, sobre la mujer. ¿No es un pacto de mierda?

“Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su ignorancia, qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz, y al hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del tabique (…) ¿no piensas que se sentirá en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía eran más verdaderas que las que se le muestran ahora?”

Necesitamos empezar a fomentar relaciones entre varones que no se basen en la opresión y objetivación de otros géneros; tanto la idea de fraternidad como la de masculinidad deben ser revisadas. En este punto es crucial la revisión sobre uno mismo y los mandatos que se siente obligado a cumplir. Este ejercicio viene con sorpresas: cuando se analiza la violencia que el sistema ejerce sobre uno mismo, uno se encuentra con la violencia que ejerce sobre lxs demás.

Se encontrarán, entonces, en ese camino con su potenciable; su potencial maltratador, violador, golpeador. Si la masculinidad se define, en su máxima, por la acumulación cuantificada de parejas sexuales mujeres, es muy posible pensar que la mayoría se encuentre así mismo en varios momentos cerca de abusar/abusó de alguna chica no muy convencida de meterse entre sus sábanas esa noche. Encontrarán no sólo un historial de hechos espantosos sino de potenciales aún peores. Sí, es una mierda. Sí, fue todavía más mierda para aquellas chicas forzadas a tener sexo sin estar del todo convencidas.

Cuesta tanto verse a uno mismo de esta manera, que es suponemos que la resistencia voraz de algunos compañeros al feminismo tenga que ver con la imposibilidad de enfrentarse a esa realidad. Ofendidos, rechazan a las compañeras que los señalan, se molestan ante generalizaciones sobre la condición de su género. Se enojan cuando decimos que todos podrían ejercer violencia de género o, incluso, violar. Pero estas afirmaciones no tienen que ver con individualidades; no nos estamos refiriendo a una historia personal que propicia o no ciertas prácticas, sino con la efectividad para responder a un sistema que los educa preparados para eso. Es tanto el esfuerzo por negar esta condición, que se pierde la posibilidad de mirar un poco más de cerca la historia personal y encontrar que es posible.

“Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran?”

Tuve un profesor que en un taller nos compartió su experiencia de encontrarse con su propia violencia machista, que pensaba inexistente: cuando su vecina le mostró todos los mails que le enviaba su ex marido, denunciado por violencia de género y alejado con perimetral, se halló así mismo en muchas de aquellas palabras. Nunca le había pegado a ninguna mujer, apoya y milita el feminismo, no es una persona típicamente violenta; sin embargo se pudo ver en aquella violencia que, en ese momento tenía el nombre de un otro ajeno a él, pero que desde ese instante se le redefinió como normalidad.

Reconocerse parte de un género que ha sido educado socialmente, sistemáticamente, para violentar y reprimir, es fundamental para poder desarticular definitivamente el dispositivo de violencia de género. Ese abismo que los varones que no violaron a ninguna mujer sienten frente a los violadores de las noticias, probablemente no sea tan profundo como creen. Rita Segato habla de la violencia intragénero y el funcionamiento de la masculinidad patriarcal como un aleccionador que genera violencia. Cuando los varones violan, no lo hacen motivado por un deseo sexual, sino por un deseo y demostración de poder. Ésto se ve reflejado en las violaciones grupales, donde la exhibición de la hazaña se hace inmediata, el poder se espectaluriza y comparte entre amigos. También nos resulta familiar si pensamos en los famosos piropos callejeros.

Abandonar la idea hollywoodense de la violación como agarrar una mujer en un callejón oscuro es fundamental. Los conceptos y definiciones, la idea de algo, los armamos socialmente, por lo que son mutables y desarmables. Lo que pensábamos no era violación o abuso hace 10 o 5 años -o sabíamos que lo era pero no nos resultaba inadmisible- hoy sí lo es. Puede serlo. Tendremos que discutirlo, deconstruir lo que sabemos y volver a empezar. Poder entender ésto facilita verse cómplice o protagonista de acciones que se pensaban lejanas, de otros; cosas que uno no hace.

“Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los otros objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A continuación contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la luz de los astros y la luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol. Finalmente, podría percibir el sol, contemplarlo cómo es en sí y por sí, en su propio ámbito”

Entender que la violencia que se les impone conlleva necesariamente a depositar esa violencia en otros cuerpos y poder pensarse sin prejuicios en esa lógica, es un ejercicio inevitable para modificar los vínculos violentos con las mujeres y poder seguir avanzando en las transformaciones sociales. No habrá feminismo en nuestra sociedad si los varones feministas no empiezan a tomar sus propios caminos dentro del movimiento para ocuparse de los temas que conciernen a su género. En el trayecto hacia un mundo más igualitario, más justo y más libre, es de su competencia emanciparse de los mandatos patriarcales e masculinidad y pensar su nuevo rol para una nueva sociedad.

Así como fue y es fundamental que las mujeres tengan espacios propios de discusión, los varones necesitan encontrarse con los mismos relatos, experiencias y descubrimientos: no verse sólos. Adueñarse de sus propios espacios. La lucha de las mujeres y las identidades disidentes debe servir como ejemplo y guía para generar un proceso que les pertenezca.

Los varones deben poder pensar qué tipo de masculinidades quieren vivir y ejercer. Por ellos y por nosotres. Necesitamos que encuentren su rol dentro de esta revolución. Necesitamos que salgan a ver la luz.

*PLATÓN, República, Libro VII

*Agustina Villa, Politologa. Militante feminista.

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