Por Solana Lopez*

Me encuentro entrado este siglo, amando. Algo que quizás haya renegado más de una vez y de lo que me alejé conscientemente un tiempo. Es que necesitaba poder ubicar al amor. Ubicar significa no desterrarlo de la vida, al contrario, sostengo al amor como el lazo fundamental de la condición humana, que se hace presente en muchos órdenes, uno de ellos es, el amor en el vínculo de parejas. Ese vínculo que ha sido construido como garantía de la opresión patriarcal.

Evidentemente nada fácil es pensarlo y llevarlo adelante a contrapelo de lo que se nos impone como modelo de amor, que lejos de ser genuino y particular en cada vivencia, se transforma en un regulador de conductas, en un controlador de la vida de las mujeres. En nombre del amor se nos condena a una vida amputada, a una existencia empobrecida y a una subjetividad colonizada, en nombre del amor se enriquecen a costa nuestra obligándonos a trabajos no remunerados ni reconocidos socialmente.

Ahora de lo que se trata. es de tejer un amor con otres que sean pares en este desafió, que se sientan interpeladxs ante las desigualdades cotidianas.

Tampoco es entrar en la negación del amor, o el reemplazo absurdo de amor por cosificaciones nuevas, de las que despojan a les sujetes de su humanidad. Hay que poder ir encontrando el camino compartido que nos haga libres y a la vez responsables por el otre, esa relación dialéctica que está puesta en la necesidad como punto de apoyo y de aceptación de que somos sujetes en sociedad, que compartimos la condición de ser seres inacabadxs, que estamos hechxs de una historia personal que se inscribe con otres.

Mi experiencia amorosa es una invitación a sentirme algo profana en la rigurosidad posmoderna que nos impone superficialidades, consumo de cuerpos y una ajenidad de si mismes ante la colonización.

Poder tener en claro que una cosa es la dependencia que devora y otra la asunción de la necesidad de otres en una vida socialmente constituida, donde elijo una pareja con quien caminarla juntxs. En estos días se ha debatido mucho sobre el poliamor. Lo que es importante en la experiencia que asumamos, que no sea desubjetivante, que no vacíe y que tribute a la vitalidad, en el placer y en el amor, que no cosifique ni se apropie de otres. Puede existir opresión en relaciones monógamas o en vínculos menos estructurados o disidentes con lo heteronormado. Porque lo principal no es una moral sino la ética que pone de manifiesto mi condición de sujetx frente a une semejante.

Cruce un océano sobrevolando para llegar a la otra orilla, aún así no dejo de ser pájaro, ahora con más millas recorridas. Reconozco del camino alguna de sus formas aunque cada vez adopte un modo particular de transitarlo más aún si es de a dos, algo que lo hace único. No hay certezas posibles en ningún universo, las convicciones como los sentimientos permiten dibujar los pasos que luego pintamos con la paleta de la vida misma. Amar en tiempos de feminismo, me desafía a construir el vínculo desde una ética que nos implica a lxs dos, compromete renuncias a privilegios y reproducciones, a pensarse y pensarnos y a disfrutar mucho más de la compañía y de cómo la amasamos todos los días.

Amar en tiempos de feminismo tensa todos los planos de la vida, así como la lucha de clases nos trajo un reconocimiento de la realidad que la hizo palpar en lo insoportable de la injusticia, de la misma manera la lucha antipatriarcal y feminista nos atraviesa en la médula, nos revuelve los hilos de nuestras costuras estructurales y nos sacude en nuestras prácticas cotidianas.

Llegar a la otra orilla es un remanso y un nuevo giro vertiginoso porque vuelven las olas una y otra vez y en el horizonte el sol y la luna que nos deja soñar esa cuota que no encaja en ninguna razón, metáfora apenas para dar cuenta que hablamos de amor y de vida.

*Solana es Psicóloga Social, referente de la Corriente Nacional Lohana Berkins Argentina.

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