Por Solana Lopez*

Vivimos en un contexto mundial donde el imperialismo sostiene su hegemonía neocolonial desplegando una estrategia de guerra en partes, cuyos métodos son múltiples, incluyendo ocupación territorial silenciosa con tropas norteamericanas, como sucede en Argentina.

Pero también se sirve para sostener su dominio de todas las formas posibles de opresión, haciendo uso de los medios de comunicación para que mantengan la impunidad y la mentira y les permita seguir construyendo consensos en torno a políticas antipopulares y autoritarias, como así también, la el poder juducial instrumental de este régimen para encarcelar y perseguir a dirigentxs del campo popular.

En este cuadro de contraofensiva imperialista, las mujeres e identidades disidentes que van asumiendo protagonismo político como sujetes emergentes y que se consolidan en el liderazgo de proyectos populares como es el caso de la compañera Critsina Fernandez, se transforman en el objetivo de ataque por parte de las derechas.

El sistema patriarcal le es intrínsecamente necesario al plan neocolonial de este capitalismo imperialista, que está recuperando terreno perdido en la batalla antineoliberal global que se le dio en las últimas décadas. Esta relación se debe a que, para ejercer el poder opresor requiere de la dominación subjetiva, el quiebre de la solidaridad con la fragmentación social (la famosa grieta que divide porciones de una misma clase y pueblo) y la desigualdad entre géneros que perpetúa la matriz de dominación. El patriarcado como una de las formas junto a la de clase, de relación social que sostiene las desigualdades.

Por este motivo, en primer lugar todo el sistema de violencia patriarcal adquiere un carácter político porque alimenta los proyectos de dominación en su ejercicio cotidiano.

Luego hay un objetivo que se transforma en sistemático y es la práctica de violencia en los ámbitos políticos y hacia militantes y dirigentas políticas, cuyo máximo exponente en la región ha sido el asesinato en Brasil de Marielle Franco y el encarcelamiento de Milagro Sala en Argentina. A su vez la persecución y acoso judicial que viven Dilma Rousseff y Cristina Fernández, como ejemplo que pretende ser disciplinador para aquellas mujeres que asumen la representación política de proyectos populares.

Hay un modo de construir poder y ejercerlo que le es propio al capitalismo, pero que encuentra en el patriarcado su soporte fundamental y ese modelo de poder se basa en la dominación y naturalización de dividir la sociedad en oprimides y opresorxs. Todo lo contrario a pensarlo como Poder Popular, para lo cual el feminismo revolucionario tiene mucho que aportar.

Los modos patriarcales de poder los vemos en todos los ámbitos y está presente en la práctica política global, por lo que la violencia política hacia mujeres e identidades disidentes es una realidad en todas las organizaciones e instituciones tengan una ideología u otra, pertenezcan a una cultura más popular o una más reaccionaria. En última instancia en las estructuras y proyectos democráticos y solidarios lo que existe es mayor grado de conciencia que permite un compromiso ante la visibilización de estas prácticas pero sin olvidarnos que le son propias al sistema político en su integralidad.

Por lo tanto, para erradicar la violencia política patriarcal hay que empezar por asumir que es una realidad transversal a todas nuestras estructuras y prácticas políticas. Que en contextos hegemonizados por las derechas, pasa a ser una función central en su despliegue de plan de dominación y en este momento de emergente revolucionante del feminismo, le es estratégico al imperialismo el combate violento contra nosotras, en tanto sujetas políticas

Es imprescindible el desarrollo de conciencia antipatriarcal, a la par del desarrollo anticolonial y antimperialista como saltos cualitativos en la construcción contrahegemónica de la etapa.

También lo es, fortalecer y desplegar el torrente popular y revolucionario del feminismo, al tiempo que los proyectos populares y sus organizaciones deben poder integrar, en contenido y forma, la despatriarcalización como un proceso de conciencia y práctica revolucionaria.

Debemos parecernos cada vez más a la sociedad que aspiramos. No sólo en el discurso, que es un gran aporte al desarrollo de conciencia, sino también, en la vida cotidiana de nuestras organizaciones de tal modo que la praxis sea un motor de contracultura que pueda ir penetrando también en la subjetividad y sea soporte de las transformaciones con sus tensiones propias de un cambio tan profundo, como es el de revertir las formas de opresión patriarcal antropológicamente arraigadas en les sujetes.

La ofensiva antiimperialista que debemos asumir, tiene que tener como bandera la lucha contra la violencia política patriarcal. Que implica combatir en todos los frentes las manifestaciones opresoras desde la violencia que la derecha neocolonial nos impone hasta las prácticas políticas que alimentan las desigualdades de géneros.

Al mismo tiempo que es necesario avanzar en fortalecer el movimiento feminista, desde el torrente popular y revolucionario que profundice el contenido y la lucha hacia una emancipación integral humana. Es posible dar este salto si además modificamos nuestras propias prácticas de construcción política y de poder. En ello la sororidad como ética feminista que sostenga nuestra lucha siendo protagonistas de los cambios y contribuya a desarrollar formas colectivas que hagan frente a los modos patriarcales reproductores, a las lógicas posmodernas de individualismos y a la desvinculación de la lucha de clases de los feminismos liberales.

Hay ejemplos en el mundo que dan cuenta de la integralidad efectiva en la combinación dialéctica de la luchas que atraviesan socialmente a un pueblo, sumadas a las luchas feministas y que tienen como protagonistas a las mujeres. Uno de ellos es el de las compañeras del movimiento de mujeres Kurdas. Esta integralidad les permite pensar como objetivo estratégico convertir el siglo XXI en la era de la liberación de las mujeres. En un llamamiento para el último 8 de marzo decían al respecto: “Conmemoramos a todas las mujeres que han sido asesinadas en el curso de cinco mil años de orden patriarcal, por medio de todo tipo de violencia masculina, guerras, terrorismo de Estado, ocupación colonialista, poderes enmascarados de religiosidad, manadas de hombres, maridos y pretendidos amantes. Es su memoria la que aumenta nuestra determinación inquebrantable de poner fin al feminicidio, que constituye la guerra más larga del mundo”. En este párrafo una síntesis de lo profundamente político de la violencia patriarcal.

Nos hace falta más feminismo popular y revolucionario, más conciencia y praxis antipatriarcal del movimiento popular y dar batalla juntes con un proyecto alternativo en marcha ante tanta barbarie imperialista que asoma al mundo ensombreciendo en su injusticias y dolor.

Solana es psicóloga social, referente nacional de la Corriente Lohana Berkins.

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