
Por Cabra Papaya*
Son cerca de las ocho y replegamos, sabemos que a las nueve no es hora para estar en la Dignidad si no quieres correr, así lo dicta la represión. El cuerpo está cansado, los pulmones, los ojos, el corazón por sobre todo. Hoy nos vamos caminando con calma y riendo.
Llego donde una amiga y nos sentamos un rato con las piernas en alto de cansancio. El teléfono suena y un compañero me cuenta que está herido porque se cayó empujado por la desesperación de un despavorido huyendo del zorrillo. Bajo con el suero, el agua y todas las cosas que hay que cargar. Nos sanamos mutuamente, mientras nos pasamos la botella de agua y mantenemos conversaciones desconectadas, no hacemos cariño y abrazamos.
Me tengo que ir, tengo el auto en la calle y una gata herida que espera por mí en la clínica. No hay protestas, ni pacos a la vista, solo el olor a lacrimógena que lo colma todo. Y ahí estamos todes acompañándonos, máscara colgando, lentes en la frente, los frascos de agua con bicarbonato y el suero en el bolsillo. La gente que se acerca, habla, sonríe, compartimos y nos mostramos heridas… un día cualquiera.
Tomo un taxi que pasa y enrumbo a mi destino, no faltan más de seis o siete cuadras, cuando un guanaco bloquea el camino, los autos le hacen el quite y pasan por el lado, pero el taxista que me lleva, se detiene y me hace bajar, me niego, discutimos tanto, que termino bajándome con un grito, tampoco le temo tanto a un guanaco y un zorrillo, pienso sin seguridad. Al hacerlo los veo, como una horda, sola yo, sin primera línea, ni escudo que interceda, mi peor miedo: la soledad y la repre. Veo una luma alzada que ni sé si es para mí y la cara de ese ser, que no era humano, rojo y desbordado bajo su casco verde, con la transpiración en los ojos, las venas marcadas en su cara colorada y los ojos que te dicen que ahí habitó un ser humano. Nos miramos mientras él subía su arma, que ahora también me miraba, sentí que el pecho y la guata se juntaban, replegando sin aire para sentir el golpe, mientras pensaba que no alcanzaba a ponerme los lentes ¡no a los ojos! ¡a los ojos no! Y me volteo en posición de sobrevivencia. No han pasado ni segundos y el taxi sigue ahí y me subo de vuelta enojada reprochando que cómo me expone a eso, le grito que si me hubiese pasado algo, lo tendría en su conciencia, eso espero.
El hombre avanza y casi no hay luz en la calle, no llevamos ni una cuadra, cuando para y de nuevo me hace descender, le pido que dé una vuelta más larga, que allí no me voy a bajar, Patronato está cerrado, la luz es poca y las múltiples fogatas no alcanzan a iluminar. Mi falda se me hace demasiado corta, mis hombros demasiado expuestos y recuerdo gritando que soy mujer y dejarme ahí es peligro de vida, peligro de cuerpo, para pacos y cualquier patriarcado ¡No quieren que me pesquen sola! le grito. Me hace bajar y mantengo la puerta abierta y sigo peleando, a una cuadra de ese pikete que ya vi, con ese ser inhumano. Y ocurre eso que me recuerda que 100 metros no son nada, los veo venir encima y la poca gente que corre y la luma en alto y las armas y las balas, y yo que seguía gritando al taxista desde la vereda, todo era demasiada oscuridad. El auto avanza y me subo como reacción de sobrevivencia mientras corro y siento el golpe en mi pierna que sabe a represión.
El hombre enojado, el hombre, parte rápido y en medio del mercado, a oscuras, me pide que me baje mientras seguimos discutiendo. El taxista me dice que ya no hay pacos, que me deja ahí, yo le grito que soy mujer, que mis miedos no son solo los pacos, cómo se le ocurre tirarme al Mapocho en medio de la oscuridad y yo con mis piernas al aire, que en la mañana el sistema me recordó que eran carnada de abusadores, aunque me enrabie, aunque me resista a eso.
La desobediencia tiene precio y se castiga, no bajarme fue una acto de rebeldía y el tipo partió rumbo adonde quiso mientras mi voz nerviosa trataba de averiguar adónde iba, trataba de humanizar a ese ser tras el volante para que me dejara en un lugar conocido, que no me llevara también estando sola. Mientras mi desesperación se aferra a la manilla para abrirla y correr de ser necesario, marco un número amigo, del mismo que curábamos nuestras heridas más temprano, mi desesperación se hace voz y él me pide que no cuelgue, que diga dónde estoy, que grite mi ubicación. La voz al teléfono se hizo escudo, se hizo primera línea. El hombre en el volante se humanizó y me habló, quizás porque evidencié que hablaba con otro hombre, eso fue importante para él. “En La Moneda”, me dice, en plena zona de tiro, “ahí te dejo”. Como rehén, iniciamos una negociación sobre mi mismo cuerpo, acordamos un par de cuadras, ahí me dejaba. Sigo al teléfono y mi amigo corre por la calle a encontrarme. Yo me bajo y corro por la calle a encontrarlo.
Nos abrazamos y lloré, lloré porque tuve miedo, por el Estado que persigue a quienes gritamos. Pero por sobre todo, tuve miedo porque ser mujer aún es peligro de muerte, es peligro de ultraje, es peligro de tortura.
Lloré porque los “avisa cuando llegues” se vuelven comunidades que corren por la calle cuando el corazón se ablanda. Porque ese abrazo se hizo humano, tras mirar a la cara a la inhumanidad, pensando que me dejaba ciega.
Y acá estamos, avisándonos -como siempre- que llegamos bien, pero no sabemos si vamos a llegar ¿y si nos pillan solas? “Para las mujeres, todos los días son de Estado de Emergencia” y ayer la vida me hizo recordarlo.
*@Cabrapapaya es periodista feminista, magíster en DD.HH. y democratización para América Latina y el Caribe. Habitante sin fronteras, activando en la vida y en la Coordinadora Feminista 8m de Santiago.