Foto: del Facebook de Noelia Díaz Esquivel

*Por Flavia Borja

Claramente agotada pero feliz, así terminé mi #8M. Feliz de estar con mis amigas, mis compañeras y con otras miles de mujeres en la calle. Vi tantos rostros jóvenes. La marea morada es un tejido que se regenera y se renueva.
Vi universitarias, migrantes, mujeres indígenas, campesinas, urbanas, lesbianas. Todas tan jóvenes y con ideas claras, con un entendimiento que, al menos a mí, me llegó de grande.

Entonces comprendí eso que dice Luciana Peker en el título de su libro: «La Revolución de las Hijas». Comprendí que estamos cambiando el mundo, de a poquito, pero lo estamos cambiando. Ya en el 25N pasado me había llamado la atención la cantidad de chicas jóvenes tomando la posta.

En la carpa de Revista Emancipa me tocó maquillar y vi de cerca sus caras radiantes, su libertad y la belleza de estar vivas en esta tarde de marzo. Por cierto, nos desbordaron, eran tantas, adolescentes con sus primas, hermanas, con sus madres.

Hablé con muchas de ellas. Muchas, realmente muchas estaban en la calle por primera vez. Me sorprendía y me invadía esperanza. Una señora me dijo que estaba feliz de acompañar a su hija, una adolescente de no más de 15/16, hermosa e iluminada por el sol que ardía. En grupos de WhatsApp muchas compañeras y amigas compartieron su felicidad porque era la primera vez que marchaban con alguna hermana, amiga, con su familia. Nadie estaba sola, todas estábamos juntas. Juntas en nuestros anhelos y temores, en nuestras coincidencias y diferencias.

La revolución de las hijas. Pienso en una amiga que llevó a su mamá a una de nuestras marchas. Pienso en su mamá a la que también quiero tanto. Pienso en ellas y pienso en mi madre y en mis abuelas y caigo en la cuenta de que cuando mis abuelas nacieron las mujeres todavía no podían votar ni disponer de sus bienes.

La revolución de las hijas. Pero también de las hijas del pasado, las que salieron a las calles a pintar paredes para que nos dejen votar, las que protestaron para cambiar la ley que permitía que un marido mate a su esposa «por honor».

El sentimiento es enorme porque no es solo uno sino muchos. El feminismo me dio amigas, hermanas, compañeras, me dio herramientas para pensarme desde otros lugares, para cuestionarme, para deshacerme de cosas que soy (o era) pero no quiero ser. El feminismo me interpela, me tambalea, me mueve el piso, a veces hace que me detenga y muchas veces me regala hermosas carreras, no precisamente de agilidad sino de resistencia, y en esas no me encuentro sola, sino con ellas y también con ellos, los que se cuestionan y aprecian la lucha.

Llegué a casa con los pies molidos, lo único que quería era darme un baño pero no quitarme de la piel todos los abrazos, de todas y todos les compas.

No sé cómo será el próximo 25N ni el 8M. Pero hoy fue gigante y otra vez me desordenó todo lo ya establecido. Me alegra y me da miedo, porque las luchas internas, esas que debe hacer uno para cambiarse a sí misma, son las más feroces. Lo único que sé es que sea como sea, elles van a estar y eso me da ganas de seguir.

PD: Revista Emancipa es lo más y nuestro programa en PDS Radio también, jajaja. Me hacen muy feliz, chicas.

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