@lulidibuja

Por Manuela Bares Peralta y Jimena Gibertoni*

 

Susana Melo, Lorena Fabiola Barreto, Verónica Soule, Cristina Iglesias y su hija Ada, son algunas de las víctimas de otra pandemia, una mucho más antigua sobre la que aún ningún Estado elaboró una cura efectiva: la violencia machista.

 

El aislamiento social preventivo y obligatorio decretado en el marco de la emergencia sanitaria que atraviesa nuestro país, a raíz de la propagación del COVID-19, nos forzó a tomar distancia. Una especie de “distancia de rescate”: quedarse en casa es la única vacuna contra la pandemia que azota al mundo y es verdad. Pero, ¿qué pasa cuando esa premisa se convierte en una sentencia para muchas mujeres? ¿Qué pasa cuando los países están tan lejos de encontrar una solución a una amenaza histórica que se imprime sobre nuestros cuerpos?

La extensión de las medidas de protección temporal para víctimas de violencia de género por 60 días dictada por la Cámara Nacional de Apelaciones parecía un alivio. Las mujeres que pudieron acceder a un canal de denuncia, abrir un proceso legal y lograr que la Justicia dicte una medida de protección son apenas parte de una cifra que no figura en ninguna estadística. Hay una gran dimensión de la violencia machista que se vuelve incuantificable y que, sólo encuentra algunas aproximaciones en registros y relevamientos de organismos de la sociedad civil. Lo que queda fuera es una cifra que crece con la misma rapidez con la que ascienden los casos que llegan a los zócalos de los noticieros locales. La peor cara de la violencia que no encontró en la justicia ni en los organismos gubernamentales un canal accesible de protección y denuncia.

A esas mujeres muchas veces lo que las salva son las redes de contención comunitarias: pasar tiempo en la casa de una vecina que sabe lo que le pasa, un espacio de tejido donde logra hablar con otras mujeres, un comedor donde acudir si intenta escapar de su casa. En el aislamiento todos esos salvoconductos se anulan: la cuarentena nos distancia y, a las mujeres que ya se encontraban aisladas las aísla aún más. Los obstáculos para acceder a los canales de denuncia se agudizan, la violencia que antes era difícil transformar en estadística se vuelve aún más incuantificable.

Frente a este panorama la realidad se presenta como un laberinto en el que aún no se vislumbra la salida y nos abre el siguiente interrogante ¿cómo podemos dirigir adecuadamente los esfuerzos para cumplir con las medidas de aislamiento dictadas en el marco de una emergencia sanitaria sin precedentes cuando en el seno de nuestro hogar la violencia machista se intensifica cada día y ese aislamiento podría convertirse en una sentencia de muerte?

La realidad supera cualquier lógica ficcional cuando caemos en la cuenta de que las muertes en nuestro país producidas por un virus que pone en jaque y en vilo a la humanidad entera (COVID-19) se encuentran mano a mano con las generadas por la violencia machista.

Las respuestas no son sencillas pero nos interpelan a pensar mecanismos efectivos que se adecuen a las problemáticas concretas que estamos atravesando, ahí donde las lógicas barriales tradicionales ya no pueden utilizarse como vía de escape de tantas mujeres y la virtualidad se convierte en un obstáculo más para acceder a la justicia, debemos articular y poner en funcionamiento sistemas de detección y prevención temprana de las violencias acudiendo a las lógicas territoriales, estableciendo interlocutores válidos intermediarios en cada uno de los barrios que luego articulen con los organismos estatales que abordan estas temáticas. Para ello necesariamente debe existir una red de contención amplia, un plan institucional al alcance de las compañeras que proporcione vías de escape alternativas  con resultados concretos.

Tenemos una sola certeza la solución no puede ser aislada ni individual y necesitará de la colaboración de toda la sociedad en su conjunto, estableciendo referentes con roles claros y capacitaciones adecuadas, presupuesto acorde y un plan estratégico nacional que de una vez por todas decida afrontar el problema de manera concreta y efectiva.

Tras el anunció de extensión de la cuarentena se abre un nuevo desafío para los organismos gubernamentales tanto municipales como locales y nacionales: ¿están preparados para hacer frente a la ola creciente de femicidios? ¿Nuestra sociedad puede tejer lazos de solidaridad lo suficientemente fuertes para no aislar a quienes ya estaban aisladas? ¿La tecnología y la digitalización son herramientas válidas en lugares donde las mujeres no tienen acceso a un teléfono celular? ¿O acaso la única distancia de rescate que no desaparece es la que construyen otras mujeres en el propio territorio?

El coronavirus existe pero también hay una pandemia que crece año tras año y es la violencia machista.

 

*Manu y Jime son integrantes de la Red de Abogadas Feministas y Abogadxs Culturales CABA

 

 

 

 

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