Por: Catalina Suárez y Daniela Mora. 

Estamos viviendo la crisis sanitaria, social, económica y de cuidados más grave de la humanidad actual que ha dejado a muchas estructuras al descubierto, incluida la visión de política económica androcentrista dominante que desde el siglo XIX viene siendo cuestionada desde el movimiento de mujeres, y que en el momento presente ha permitido revelar las pandemias dentro de la pandemia. Como, por ejemplo, la injusta carga de los cuidados remunerados y no remunerados que llevan las mujeres y que ha desembocado en la necesidad social de enfocar acciones concretas para valorar y resignificar el papel de ese tipo de riqueza con la que se beneficia toda la sociedad, ya que son actividades que aseguran el sostenimiento de la vida, la producción y productividad de la fuerza laboral y que mantienen en funcionamiento la economía, aunque a muchos economistas incomode.

Aunque no existe un paraíso de consensos y tomar posición es habitar en medio de perspectivas y posturas que se contraponen, discuten y se encuentran, debería ser de amplio conocimiento las importantes reivindicaciones feministas que tienen su terreno en lo económico y que desde la década de los 90, se conocen con el termino de “economía feminista”. Sin la pretensión de convertirse en una corriente especifica más del feminismo si no, más bien, para configurar un conjunto teórico y práctico desde donde las diversas corrientes feministas piensan, hacen economía y generan propuestas que benefician a toda la sociedad; entre estas, cabe resaltar la apuesta por los sistemas públicos de cuidados, la igualación de los permisos de maternidad al padre, la organización de los comedores comunitarios, la legislación e inspección laboral del trabajo doméstico remunerado o el reconocimiento socioeconómico y laboral de las actividades de las madres comunitarias .

Ha sido ese conjunto de miradas críticas frente al sistema económico las que han permitido señalar tanto los sesgos y privilegios sostenidos en los roles de género, como las desigualdades exacerbadas desde las teorías ortodoxas y androcentristas, y además impulsar cuestionamientos clave sobre la relación entre la economía y la política como un nodo inseparable que interfiere las relaciones sociales. De allí que, mucho más allá de lo económico se tiene el objetivo político de visibilizar, criticar y transformar las lógicas de poder y dominación masculina naturalizadas y reproducidas en la sociedad.

El desarrollo de una economía política feminista aborda una discusión amplia y heterogénea construida desde diversas escuelas de política económica (como la clásica, marxista, neoclásica, post/Keynesiana, etc.) y desde diversas tradiciones del feminismo (como la liberal, radical, socialista). Pasa tanto por la crítica al pensamiento económico clásico del valor, la división sexual de trabajo, los roles de género dentro del hogar, la tutela por la ciudadanía económica de las mujeres, las discusiones marxistas por el trabajo doméstico y su articulación con la acumulación, los desarrollos neoclásicos de la Economía del hogar, las críticas por la concepción de un sujeto económico autónomo, hasta las más recientes discusiones sobre el sesgo masculino en los modelos macroeconómicos, así como en los sistemas fiscales y de presupuestos públicos.

Este pensamiento hace aportes inmensamente necesarios para nuestras sociedades porque propende por transformar los modelos económicos que, formuladores de políticas y economistas,  han centrado en el falso postulado teórico de que la economía es solo lo que pasa en los mercados –esa esfera pública dominada por los hombres- y que oculta las actividades de reproducción social que hacen las mujeres dentro del hogar.

Es decir, para la economía política feminista, a diferencia del paradigma económico, el funcionamiento de “lo económico” y “lo público” no solo sucede en los mercados, sino que se extiende, en particular, al hogar y a los diversos espacios no mercantiles; plantea que el género no es solo una variable más, sino que es una categoría de análisis para develar las dimensiones heteropatriarcales en el sistema y en la teoría económica; reconoce que todo conocimiento hace parte de relaciones políticas de poder y por ende se aparta de la posición neoclásica que define a la economía como una “ciencia” con “objetividad” de neutralidad por fuera de las valoraciones políticas y de las relaciones de poder social.

Pero más importante, demuestra que la precariedad de las mujeres en el ámbito económico, la menor tasa de participación y ocupación, la mayor tasa de desempleo, la mayor incidencia tanto en la pobreza como en la informalidad y la brecha salarial de género no son ni casualidad desafortunada, ni mala suerte individual, sino que se sostiene en estas relaciones políticas de poder reproducidas desde el mismo paradigma. Por ejemplo, sirve para entender que las brechas del mercado laboral entre hombres y mujeres aumentan porque desde antes de la pandemia la política laboral ya estaba sesgada en contra de las mujeres. En Colombia entre marzo y mayo de 2020, trimestre de auge de contagios y confinamiento, las brechas de participación laboral se han ampliado, la tasa de desempleo para las mujeres se ubicó en 21,4 % mientras para los hombres es de 15,2%, a la par que el tiempo dedicado a las labores de cuidado y trabajo doméstico no remunerado, así como la participación de mujeres inactivas en estas actividades (más de 7 millones de colombianas) en comparación con los hombres sigue aumentando.

Ahora que el confinamiento permitió revelar desigualdades, inequidades             e injusticias que son la “normalidad” con la que vive la segunda mitad de la población mundial, se hace más que necesario entender las apuestas de la economía política feminista. Primero, porque trata sobre el incuestionable impacto de género que se evidencia en los enormes riesgos que históricamente hemos cargado las mujeres al sobrevivir a políticas públicas excluyentes, empeorando en situaciones de crisis como la derivada del Covid-19 donde se están reforzando en los hogares y en la sociedad tanto los estereotipos de género, las violencias hacia las mujeres como los sesgos de participación laboral y de ingresos. Segundo, porque más allá de una reivindicación monetaria o laboral, este tipo de apuestas teóricas y prácticas son esenciales para poner al Estado Social de Derecho al servicio de la sostenibilidad de la vida, desbaratar los privilegios basados en la división sexual del trabajo y ejercer la transformación de prácticas cotidianas en nuestras relaciones sociales y de vida hacia formas más colectivas y desmercantilizadas.

Nota: Esta columna es escrita a propósito del debate abierto tras la publicación de la opinión del Profesor de Economía política de la Universidad Nacional, José Félix Cataño que con su argumentación hace un refuerzo del androcentrismo económico y por consiguiente la invisibiliza los aportes del feminismo a la economía política. Que vengan más debates y propuestas.

***Catalina Suárez es economista y magíster en sociología del trabajo; Daniela Mora es politóloga especialista en finanzas públicas.

REFERENCIAS

Cristina, Carrasco (2006): LA ECONOMÍA FEMINISTA: UNA APUESTA POR OTRA ECONOMÍA.

Amaia, Perez Orozco, Astrid Agnejo Calderón (2019): ECONOMIA FEMINISTA, VIVA ABIERTA Y SUBERSIVA.

 

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