@tatiivancohbitch

Por Tamara Haber*

Para empezar con este columna, voy a proponerles que se hagan esta pregunta, quizás un poco ridícula pero que pone en tensión los lugares que ocupamos muchas veces las mujeres en la política. Es muy sencillo: alguna vez se preguntaron ¿Quién le compra los calzoncillos a los dirigentes políticos?  Pero también: ¿Quien le pide un turnos en el médico? ¿Quiénes les preparan la vianda o les compra el almuerzo para poder alcanzar el ritmo que demandan las miles de reuniones y actividades? Quizás se están respondiendo estas preguntas de muchas maneras, pero seguro que hay un denominador en común: todas son mujeres.

La reproducción de las figuras políticas, el famoso y tan reivindicado concepto de la militancia de “poner el cuerpo”, de estar en los lugares necesarios,  requieren siempre de un trabajo que no es justamente el que se ve y que tradicionalmente lo ejercemos las mujeres. En los casos de las parejas de los dirigentes y sus compañeras, este trabajo lo ejercemos de manera no remunerada;  y otras veces, en los casos de quienes somos parte de estructuras u organizaciones políticas, lo hacemos como si se tratara de una actividad natural de las mujeres, obligadas por un llamamiento de nuestras capacidades innatas y que por esa razón lo haríamos bien. Lo más llamativo, y preocupante, es cómo estas actividades están estrechamente ligadas a nuestro crecimiento al interior de la organización, cómo los dirigentes nos premian con su confianza y nos piden estas cuestiones, pero en lugar de eso, terminan por invisibilizar nuestro lugar como actoras políticas y como pares en la discusión.

Una de las primeras actividades laborales que tuve que realizar en uno de los espacios que ocupe por mi vinculación con lo político fue decorar una oficina y diseñar sus muebles. Nunca fui muy hábil para las cuestiones de estéticas y de diseño de interiores, pero me dedique a medir el espacio, dibujar planos, elegir los muebles y el color de los tapizados.  Se trataba de una actividad que claro “cualquier mujer podría hacer bien”. Lo viví como una tarea de confianza y que quería llevar adelante a la perfección porque mal o bien también se ponían en juego mis habilidades. Aunque yo no me reconozco ninguna -me llevó dos años sacar las cosas de las cajas cuando me mude, todavía no me compre una biblioteca para living y durante años use de mesita de luz un cajon de botellas- hice el esfuerzo de conectar con algunos conocimientos estéticos y hasta inventé una motivación vinculada con mi interés en la arquitectura y el urbanismo para llevar adelante la tarea.

En otras ocasiones tuve que reservar turnos y realizar otras tareas feminizadas, cuando alguna de esas tareas se “complicaban” e implican una discusión con otres, me asignaban un “varón” para garantizar “su éxito”. Muchas veces mordí los dientes, me queje con mis amigas y compañeras más cercanas y muchas menos lo traté de poner en evidencia, pero la mayoría de las veces me conformé y encontré explicaciones vinculadas a mi trayectoria personal en la política, y no a mi condición de mujer. Probablemente ambas cuestiones se hayan puesto en juego, sobretodo cuando observaba las tareas a las que se les asignaban también a mis compañeras: grandes y valiosas dirigentas.

Pero sería injusta si sostengo que sólo me dediqué a esa tarea. La organización del trabajo en donde me estaba desempeñado implicaba una distribución temática.  Sin embargo, la distribución de los temas también resultó curiosa: a las mujeres nos tocó seguir temas de desarrollo social,  ambientales y de género quizás por “nuestra sensibilidad social y el vínculo casi telúrico con la naturaleza que tenemos las mujeres”.  Esto sucedió aunque muchas nos habíamos especializado en temas urbano y de vivienda e incluso algunas de mis compañeras habían sido referentes y militantes de villas en la ciudad durante más de 10 año. Una en particular, que admiro especialmente, había discutido política durante años con los punteros más duros de las villas de la ciudad.

Es llamativo cómo dentro de la políticas y de estas estructuras de poder se copia las instituciones patriarcales que hacen a la reproducción desigual de la sociedad. Será como decimos las feministas cuando sostenemos que lo personal es político: hay más continuidad entre los espacio privado y doméstico y los espacios públicos y políticos de las que somos capaces de advertir.  La familia tipo o tradicional es el núcleo de la sociedad patriarcal, en ella se cristalizan los roles y los estereotipos de género, pero también funciona como metáfora de funcionamiento de toda la sociedad. En las estructuras partidarias esto no es diferentes, la metáfora de familia sirve como instrumento de cohesión y confianza – el fenómeno extendido en la política argentina en el que se superponen los vínculos políticos con los vínculos de parentesco y afectivos es otro ejemplo de esto-, pero a la vez cristaliza roles estancos y de desigualdad entre los géneros.

Una postal que para mí sintetiza  esta imagen es un acto partidario que organizamos en un gran estadio de la Ciudad de Buenos Aires. Íbamos a cerrar el año con todos los frentes provinciales y de la ciudad de buenos aires. Llegué al acto a la mañana temprano, todavía no me habían asignado una tarea, entonces lo primero que hice fue saludar a uno de nuestros dirigentes y referentes de la organización: “andá a hacer las ensaladas con el resto”, me dijo.  Pase por debajo de la tribuna del estadio, pase por el sector de las parrillas, salude a algunos compañeros y cuando llegué al lugar de las ensaladas, noté rápidamente que “el resto” éramos únicamente mujeres. Las que lavabamos las lechugas, cortabamos el tomate y hablábamos entre nosotras sin advertir que del otro lado de las tribunas, los varones se estaba encargando de las parrilla. Esta postal, de las chicas a la ensalada, y los chicos al asado, que parece algo estúpida cuando hablamos de política, para mi es una imagen que sintetiza las dinámicas internas y cotidianas que las estructuras políticas y partidarias reproducen como un ejercicio de micro-violencia política.

En la política, ahí donde estamos para transformar estructuras y para distribuir el poder de una manera equitativa e igualitaria, se copian las formas más tradicionales que hacen y reproducen a las desigualdades. A pesar de que esa misma tarde una de las máximas referentes de género de nuestra organización iba a tomar la palabra en el acto central, las formas de producción de ese mismo acto seguían basándose en la desigualdad de género. Será, porque “la desigualdad de género es una contradicción secundaria” como alguna otra vez me habrán dicho.

Quizás elijo estas micro imágenes o situaciones por gajes de mi profesión: a les antropologues nos gusta ver las prácticas en el territorio, esas que no son disruptivas, pero que con análisis nos pueden decir mucho de las lógicas que allí imperan. Pero más allá de esto que es un hecho chiquito al lado de lo que quisiera expresar acá, y que por cuestiones de tiempo, y de limitación del lenguaje, o de mi emocionalidad terca y esquiva, me está costando. Hace unos meses algunas de mis compañeras comenzaron a compartir relatos y experiencias de abuso y violencia que vivieron al interior de nuestra organización, violencia de la que sentí y sospeché que existía, violencia que poco a poco había atribuido a “lo intrínseco” de la política y de la que yo esquivaba porque justamente no estaba dispuesta a jugar.  A la vez, violencia y prácticas, que me recordaban y me convencían permanentemente de mi condición de out-sider cuando en verdad invertía muchas horas de mi día, de mi cabeza y de mi experiencia en hacer crecer la organización. Todas estas formas son formas de violencia política que apuntan a la cancelación de la participación, la visibilización y el ejercicio del poder de las mujeres y de las disidencias.

Las notas de las compañeras, que fueron publicadas en esta revista, y en la revista sin-tesis, son de tremenda valentía, y dan cuenta de cómo estas micro-violencias impactan de manera concreta en las trayectorias políticas de las mujeres y en sus vidas cuando se tratan de militantes que tomaron la decisión de dedicar parte de su existencia a la transformación social. A mis compañeras decirles, no están solas, y a los dirigentes, advertirles: ya no somos ni locas, ni sumisas. Háganse cargo de sus calzoncillos.

 

*Tamy es Antropóloga, profesora en antropología política (UBA), jugadora de fútbol y feminista.

 

 

 

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