Ilustración: Día Pacheco

*Por Clemen Bareiro Gaona

En 415, 1605 años atrás, una mujer llamada Hipatia de Alejandría fue asesinada por una turba de cristianos. La desnudaron completamente, la golpearon y le cortaron trozos del cuerpo. Al finalizar, ya despedazada, llevaron sus partes a un lugar llamado Cinarón y los quemaron.

¿Qué hizo Hipatia para merecer tal castigo?

Fue una mujer brillante: filósofa, matemática y astrónoma. Se negó a renunciar a sus conocimientos científicos para convertirse al cristianismo. Hablar, tener pensamiento propio y ocupar el espacio público le costó la vida.

Mary Beard, en su libro “Mujeres y poder”, habla de la enorme maquinaria que es la cultura de Occidente para montar todas las piezas necesarias para silenciar a las mujeres y castigar a aquellas que osen enunciar su voz en el espacio público. Hace un recorrido desde Penélope, cuando fue callada y enviada a “resguardarse” en sus aposentos por Telémaco, su hijo adolescente, hasta nuestros días de Twitter y otras redes sociales.

El año 1789 fue de revoluciones, de libertades, de igualdades y fraternidades. De fraternidad: libertad e igualdad entre los hombres. En ese entonces, Olympe de Gouges fue considerada compañera revolucionaria hasta que visibilizó que en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano debían estar incluidas las mujeres y para eso escribió la Declaración Universal de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. ¿Cuál fue el costo de su observación? La guillotina.

Otra mujer que en plena Revolución Francesa fue castigada y guillotinada fue Madame Roland, y entre los motivos por los cuales se tomó esa decisión se puede leer: “Por su antinatural tendencia a la actividad política”.

Da igual cuál haya sido nuestra motivación para ocupar el espacio público y poner la voz, siempre hemos sido castigadas. Porque como dice Mary Beard: “No es fácil hacer encajar a las mujeres en una estructura que, de entrada, está codificada como masculina: lo que hay que hacer es cambiar la estructura”.

¿Cómo les decimos a las mujeres que no se callen, que denuncien, cuando tenemos una Justicia que opera para silenciarnos, para cansarnos? Que esto no tiene que ver con el auge del feminismo; al contrario: es así como se configuraron estas instituciones, en un sistema donde desde pequeñas y desde todos los espacios en los que nos desenvolvemos nos dijeron que “calladita te ves más bonita”.

Este sistema judicial opera para llevar a las denunciantes al cansancio, al hartazgo y a no querer someterse a las múltiples y reiteradas violencias que sufren las mujeres que deciden hablar, contar. Sin embargo, también están esas otras mujeres que deciden sostener el proceso durante el tiempo que dure, y ese es el caso de Alexa, una catequista que denunció al cura párroco de su comunidad por acoso sexual.

El cura se llama Silvestre Olmedo, y reconoció en un audio haber manoseado a Alexa. Pero cuatro años después de que el juicio haya iniciado, una jueza, Dina Marchuk y un juez, Hugo Segovia consideraron que si alguien te toca los pechos sin tu consentimiento una sola vez, no puede ser considerado acoso. Sucedió el 10 de agosto de 2020.

Entonces, ¿qué nos queda a las mujeres, frente a una Justicia que sistemáticamente nos violenta, nos revictimiza y nos jode?

Ante esta consulta la respuesta de Alexa a la prensa fue contundente “Es muy difícil, con nuestra Justicia paraguaya, llegar a estas instancias y que se le condene a un acosador, pero creo que de todas formas no hay que callar. Este tipo de casos deben salir a la luz porque de alguna u otra forma más adelante se va a hacer justicia, ya sea por justicia divina o por justicia terrenal»

Entonces lo que nos queda a las mujeres como siempre sucedió a lo largo de la historia es no callarnos, es organizarnos, es saber que nos tenemos unas a otras. Es reconocer esas redes que se tejen alrededor de las diferentes necesidades que tenemos y reconocemos que son nuestros derechos. Recordarles que no les pedimos que nos regalen cosas, les exigimos derechos.

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