Por Alejandra Iriarte

No sabemos bien si empezó un nuevo año o si estamos en el loop del 2020. Estos días circularon varios memes sobre esto. Dejo uno:

El 1 de enero brindamos por un año mejor, no era mucho pedir a comparación de lo bajo que nos dejó la vara el año pasado. Pero a días de empezado el año los casos de coronavirus subieron en todos lados.

“Hola de nuevo 2020, vamos a vivir juntes un tiempo más”.  Aceptémoslo.

Pero más allá de la pandemia, que nos desorganizó planes y proyectos, la vida continúa.

En estas últimas semanas dos hitos, uno colectivo y otro personal, me pusieron en evidencia que el mundo sigue girando y que sigo viviendo a pesar del virus maldito.

Hito colectivo: Hace una semana que el aborto voluntario es legal en Argentina.

Hito personal: Hace dos semanas que perdí un embarazo de 4 meses.

La vida, o eso que conocíamos como vida, se dio vuelta, pero acá estoy, aprovechando esta montaña rusa emocional y vital para repensarlo todo.

Fue así que me zambullí (o mejor dicho me sumergí hasta hundirme bien profundo) en este proceso de tratar de entender(me), de tratar de develar el deseo (o no) de la maternidad. Ese que tenemos (o no) y que se esconde tras los mandatos, las expectativas y las proyecciones, nuestras y ajenas.

Para eso me dediqué estos días a buscar, indagar, leer, pensar, hablar y hablar, escuchar relatos de otras y, sobre todo, escribir. 

En este camino me encontré con el libro “Quién quiere ser madre” de Silvia Nanclares, donde cuenta en primera persona su búsqueda de la maternidad después de los 40, los procesos de fertilización asistida, las historias de otras mujeres, las esperanzas y desesperanzas. Pero sobre todo, con lo que me quedo del libro es con la pregunta inicial (o final) sobre el deseo.

Por qué es este interrogante el que me tiene dando vueltas en una calesita existencial.

¿De donde viene el deseo de ser madre? ¿Es un deseo real o nos lo han impuesto a todas las mujeres y personas con útero? 

¿Cómo saber si realmente tengo el deseo? ¿Se puede ser feliz no siendo madre? ¿Se puede ser feliz siéndolo? 

¿Puedo ser feminista y hacerme todas estas preguntas?

También me enteré en las últimas páginas del libro que Winona Ryder decidió no ser madre. ¿Por qué no lo sabía? Sabemos que Jennifer Aniston no quiso y por eso, entre otras cosas, amamos a Jennifer mucho más que a Rachel. 

Pero tampoco Winona!!  Y también amamos a Winona, ¿quien otra sino es nuestra referente de la rebeldía?

No se nada de todo esto, pero siento que solo puedo pensar escribiendo y (¿por qué no?) compartiendo.  Quizás me estoy metiendo en un mundo desconocido, del que después no voy a poder salir, o me voy a arrepentir de haberlo compartido. Pero ahora estoy acá, y ya me convencí de que el silencio no me va a salvar de nada, así que me voy a dejar hundir en esta búsqueda del deseo. 

Recomiendo el libro tanto para quienes se están preguntando si quieren ser madres, como para quienes ya saben que no es su plan, o para quienes sí. Creo que necesitamos leer y escuchar a más mujeres que se animen a hablar de sus vidas, de sus deseos y de sus frustraciones,  aún cuando no sean los que se esperan de las feministas.

Ahora que en Argentina tenemos la posibilidad de abortar de manera legal sin dar explicaciones de por qué queremos hacerlo; también tenemos que darnos los espacios donde permitirnos contar nuestras experiencias, nuestros miedos, nuestras incertidumbres, nuestras ambivalencias y contradicciones. 

 

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