Por Emancipa Argentina

El Registro de femicidios, transfemicidios y travesticidios que realiza la Corte Suprema de la Nación Argentina incluirá por primera vez en la historia la variante étnico-racial. La incorporación fue lograda por el trabajo de las mujeres y disidencias afrodescendientes que participan del Área de Género de la comisión 8 de Noviembre.

 

Esta modificación en el Registro implica que el Estado argentino que durante décadas borró de su historia a negrxs, mulatxs e indixs, fundando uno de los mitos más mentirosos de la historia oficial (que “lxs argentinxs descendemos de los barcos”), al fin empieza a mirar a las negras, las indias, las marrones, empieza a registrar a las personas racializadas. “Ahora que si nos ven” corean las canciones feministas en las marchas, en las plazas y en las calles porque los feminismos saben de hacer visible lo que creíamos invisible.

 

Este nuevo registro de las violencias que sufren las mujeres y disidencias racializadas es un mérito de la lucha de los feminismos, y más específicamente, de los feminismos interseccionales que, muchas veces, tienen que pelear para hacerse un espacio, incluso, dentro del mismo movimiento. Para ser miradas y miradxs y reconocidxs en la particularidad de sus demandas.

 

Algunas de estas particularidades fueron cartografiadas desde los márgenes por la feminista negra Kimberlé Crenshaw: “Muchas de estas mujeres no pueden permitirse abordar sólo la violencia infligida por un maltratador, también tienen que enfrentarse a otras formas de dominación cotidianas, dificultando que puedan crear alternativas a las relaciones abusivas”.

 

Si quisieran alquilar una vivienda para alejarse de su agresor, tendrán que enfrentarse a situaciones de desconfianza y discriminación racial. Es posible que nunca lo logren. Con frecuencia serán ninguneadas en las entrevistas laborales. Deberán conformarse con los trabajos peores pagos. Además, como la mayoría de las mujeres y personas LGBTINB+, son responsables por el cuidado de les niñes. Y eso, preocupa.

 

La situación de las mujeres migrantes es aún más complicada porque las redes de parentesco y amistad, “salvavidas” en las situaciones de violencia, son más limitadas. Muchas mujeres migrantes, además, dependen de sus maridos para la información relativa a su status legal. Algunas veces, incluso son ellos su único vínculo con el mundo exterior a sus hogares.

 

Las barreras lingüísticas representan otro problema que limita a las mujeres y personas LGBTINB+ a utilizar los recursos estatales o de organizaciones sociales existentes. La mayoría de las instituciones del Estado no están preparadas para asistir y acompañar a personas que no hablen el español. Tampoco las campañas de prevención de las violencias o de información sobre posibles salidas se piensan o impulsan en otros idiomas.

Los abusos y vejaciones que experimentan las personas negras, indias, migrantes por parte de la policía dificulta que mujeres y personas LGBTINB+ se acerquen a las comisarías a realizar denuncias o buscar ayuda.

 

“El hogar no sólo es el castillo del hombre en términos patriarcales, sino que es también un refugio seguro contra las humillaciones de una sociedad racista” dirá Kimberlé.

 

Desde el área de género de la Comisión 8 de Noviembre explicaron que la falta de datos sobre las violencias que impactan en la vida de mujeres y disidencias racializadas en la Argentina es una dificultad para el desarrollo de políticas públicas eficaces para el acceso a derechos. En este sentido, este registro es un primer paso importante para que otros organismos e instituciones del Estado puedan también adoptar una perspectiva étnico-racial, aliada a la de género, en la aplicación de acciones que buscan erradicar la violencia hacia mujeres cis, mujeres trans, personas no binarias, varones trans, lesbianas, bisexuales racializadas.

 

Historias que duelen: Marcelina Meneses

 

El miércoles diez de enero, a las nueve de la mañana Marcelina Meneses se subió al tren Roca. Había viajado desde Bolivia a la Argentina cinco años atrás.

Esa mañana llevaba a su hijo Josua, de casi dos años, al hospital. Un testigo contó que nadie en el vagón le cedió el asiento. Marcelina viajó parada, con Josua en brazos. Cargaba bolsas y bolsones porque no sabía cuánto tiempo, ella y su niño, tendrían que esperar para ser atendidxs. Una de esas bolsas incomodó a otro de los pasajeros. Ese pequeño empujón desencadenó un ataque racista del que participaron otros pasajeros e, incluso, el guardia del vagón: “boliviana de mierda ¿no mirás cuando caminás?” “volvé a tu país”. A Marcelina y a Josua lxs empujaron del tren, cayeron en las vías antes de la estación Avellaneda y murieron. La empresa TMR (Transportes Metropolitano Roca) negó el episodio y declaró que había sido un accidente, que ella sóla había caído a las vías mientras caminaba por la terminal. También quiso coimear con “un autito” al único testigo del femicidio. El marido y la cuñada de Marcelina Froilán y Reina Torres llenaron la estación y la zona con fotos de Marcelina y su bebé buscando testigos. La empresa arrancó los volantes. A Marcelina y a Josua lxs asesinó el odio, el racismo y la xenofobia.

 

Registrar los femicidios, transfemicidios y travesticidios de las personas racializadas es recuperar estas historias de horror y dolor. Para pensarlas, para desandarlas. Es también recuperar las memorias de las luchas de las mujeres y personas LGBTINB+ contra estos tipos de violencia.

 

 

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