Desocupada Revista Autogestion

*Maureen Montanía Ramírez

Desde el brote del Covid-19 la incertidumbre se destapó en el cotidiano de la humanidad. Perplejidad, negación y miedo fueron emociones universales, hasta que con el correr de los días y meses, la aceptación fue asomando tímidamente su rostro haciendo visible algo que hasta entonces habíamos tenido el privilegio de ignorar; no tenemos el control sobre las cosas, no tenemos el control sobre ninguna de las cosas, siquiera las más estables y ciertas.

La especie humana, nacida y nutrida en raíces sociales, tejió sus redes en el ciberespacio, con la esperanza de seguir siendo. Se reinventó como pudo, mejorando, empeorando, procurando permanecer. Para nadie fue una adaptación fácil, pero -como ya nos acostumbró la historia- el impacto fue mayúsculo contra quienes vivían en desventaja desde antes.

Las trabajadoras, amas de casa, maestras, enfermeras, cuidadoras y acompañantes emocionales, no conocieron descanso alguno. Se ocuparon de ahuyentar la incertidumbre ajena, aunque para la propia nunca hubo tiempo.

Fueron certeza y calma, aunque no tenían ninguna. Mientras el mundo se enredaba en cuándos, porqués y cómos, su única pausa para pensar era desplazada por el sueño. Sabían de antemano, porque así les enseñó la vida, que no hay otra respuesta que la adaptación.

Las mujeres cargaron sobre sus hombros algo más grande que un hogar; un hogar en pandemia.

La desigualdad se recrudeció, secuestrando su salud y bienestar en pos de escoltar la ansiedad ajena. Han habido homenajes de agradecimiento a este sacrificio, aplausos vacíos que solo refuerzan el sometimiento y alivian la culpa de los beneficiados.

Las investigadoras hemos decidido visibilizar esta realidad y discutirla para hacer un llamado a la acción. Reflexiones existenciales como esta, son un privilegio y -como tal- deben contribuir a la transformación de lo intolerable. Nadie necesita más letras muertas sobre la cuestión de género.

La evidencia es clara; las mujeres realizan la mayor cantidad de tareas domésticas (p=,000, OR=2,13; lavar ropa, p=,000, OR=2,75; planchar, p=,003, OR=1,64; cocinar, p=,028, OR=1,40) y cuidado de persona/s (p=,002, OR=1,70). Tareas que son tema de discusión con su pareja (84,09%), aunque al ser consultadas, expresan que sus parejas “ayudan”.

La feminización de los quehaceres domésticos lleva a la naturalización de la explotación de la mujer, incluso por parte de ella misma. Esta ecuación social mantiene la injusticia a flote, convenciéndola de que debe agradecer el mínimo involucramiento ajeno porque se le ha brindado una “ayuda”.

El coste es emocional, físico, y profundamente económico; 76,2% de todas las horas del trabajo de cuidado de las mujeres representa más del triple que el de los hombres (OIT, 2018). En pandemia, el índice alcanza entre 22 y 42 horas semanales (CEPAL, 2020).

A esta desventaja, se suma su abismal riesgo de contagio al estar más cerca de personas enfermas, y asumir tareas que implican mayor tiempo de encierro y exposición al virus: lavado de platos, de ropa, limpieza de superficies (SG/OEA, 2020).  Sumando a esto la sobrecarga de acompañamiento escolar de los hijos (Vuyk et al., 2020), queda claro que

La crisis del cuidado es una crisis multifactorial.

Desde el brote del Covid-19, la incertidumbre acompaña a la humanidad como una maestra de vida. Resta materializar la mayor de sus enseñanzas; ninguna mujer es perpetua, ni vino a este mundo para auxiliar. Su implacable trabajo debe -mínimamente- ser reconocido dentro de un modelo sociopolítico que proteja su dignidad humana, para lo cual la voz de expertas en las distintas áreas de impacto es clave.

La crisis de cuidado no es un bien inagotable. Es un agravio histórico sin amparo que ya no podemos tolerar.

 

*Mauree es Psicóloga especialista en terapias basadas en evidencia científica, evaluadora neuropsicológica, investigadora científica, docente universitaria (Facultad de Ciencias de la Salud-UniNorte), coordinadora de proyectos en «Aikumby» Centro de Altas Capacidades y Creatividad-Paraguay, co-fundadora de RLadies Asunción (organización mundial que promueve la diversidad de género en uso del lenguaje de programación R) y REDPAC (Red de Profesionales en Altas Capacidades-Paraguay)

 

 

 

 

 

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