En el IV Encuentro Regional de Foro Madrid, el presidente Santiago Peña volvió apelar al “enemigo interno”. Un acercamiento al alcance pero también las fronteras de esta retórica en los discursos de la extrema derecha global.
* Por Juliana Quintana
Asunción fue lugar del IV Encuentro Regional de Foro Madrid impulsado por el líder del partido de ultraderecha Vox y el principal referente de las políticas antimigratorias de España, Santiago Abascal. La figurita repetida de la defensa de la “vida, familia y libertad” frente a la “amenaza del marxismo cultural” y “sus diversas máscaras”. Durante el 12 y 13 de junio, más de 45 oradores de 17 países de América Latina, Europa y Estados Unidos pasaron por el escenario del Banco Central del Paraguay.
Quizás muchos hayan visto recortes de los momentos más resaltantes en redes, como cuando el presidente Santiago Peña dijo que Paraguay luchó no solamente contra “adversarios externos”, sino también contra los “bárbaros” que “dentro de nuestras murallas tanto daño nos causaron como sociedad”. O cuando la senadora Lizarella Valiente dijo que “la homosexualidad se puso de moda” gracias a la música y los medios de comunicación. Y acusó a las organizaciones internacionales de estar detrás de una agenda para destruir la familia.
Nada de esto fue accidental. Fueron ideas cuidadosamente articuladas en un guión que repite fórmulas conocidas de la extrema derecha global. Como bien explicó el abogado Jorge Rolón Luna, el discurso del cartismo se aggiorna al modelo reaccionario global al reforzar su compromiso con el autoritarismo pero cae en la trampa de su propio discurso antiglobalista. Por mencionar un ejemplo, el principal motivo de persecución de organizaciones no gubernamentales el año pasado fue el financiamiento externo por la posibilidad de traer consigo ideas que pongan en peligro los valores del “último bastión moral” contra agendas foráneas.
El foro fue, en realidad, una oportunidad para reforzar una estrategia cada vez más familiar: la del enemigo interno. Un discurso que no necesita pruebas. Enunciados como los de Peña o Valiente comparten algo más que un marco ideológico. La idea de Dios, patria y familia como trincheras culturales sirve para consolidar poder simbólico y político. Y para eso, se necesita de un otro al que se pueda acusar.
Ese otro que debe ser combatido ya no es (solamente) el comunismo, ni la “ideología de género”, ahora puede ser una persona trans, una familia migrante, una organización feminista, una artista disidente, un medio independiente. No importa. Porque lo importante es cargar en ellos la responsabilidad de nuestros problemas estructurales.
La moral como espectáculo
La figura del enemigo interno no es nueva. Fue utilizada por las dictaduras del Cono Sur para justificar la represión, y hoy es reciclada por la ultraderecha con otros nombres. Peña lo definió clarísimo, casi como si nos estuviera dando una clase del enemigo interno. Para ellos, existe una lucha moral entre el bien y el mal, entre la belleza y la fealdad, entre la familia y sus detractores. Pero una nueva palabra tomó forma en el discurso de Peña: los wokes, que encontramos más frecuentemente en boca de Javier Milei o Donald Trump.
Como explican en este artículo de Presentes, el término woke, que en inglés significa “despierto”, surgió en las comunidades negras de Estados Unidos como una expresión para describir la conciencia frente a las injusticias sociales, especialmente el racismo. Comenzó a utilizarse en las décadas de 1930 y 1940 en círculos activistas y culturales afroamericanos, pero se popularizó en los años 60 durante el movimiento por los derechos civiles como una forma de mantenerse alerta ante la opresión.
A partir de 2010, el término fue recuperado por el movimiento Black Lives Matter, y el hashtag #StayWoke amplió su sentido: aludía al racismo sistémico pero también a otras formas de desigualdad como el sexismo, la LGBTIodio, la xenofobia y la violencia estatal. En ese contexto, ser woke o estar despierto implicaba un compromiso activo con la justicia social y los derechos humanos.
Sin embargo, en la última década, la ultraderecha global comenzó a usar el significante de forma peyorativa, para desacreditar cualquier discurso progresista o disidente, con la intención de vaciar el término de su carga original de lucha y resistencia. Esta estrategia ya fue utilizada por el cartismo durante las elecciones generales de 2023 y quedó demostrado en el libro Ruido, de La Precisa, que estudió el uso arbitrario del término “discurso de odio” durante la campaña del oficialismo.
Mediante la exacerbación del odio, potenciado por la lógica binaria de las redes sociales y el resurgimiento de lo “políticamente incorrecto”, el movimiento antiwoke se opone a todo lo que desafíe estructuras históricas de poder y desigualdad, como el género. Por eso, cuando un presidente dice que el progresismo es un enemigo, o una senadora acusa a la industria cultural de promover la homosexualidad, están sentando las bases simbólicas para continuar discriminando.
Ya lo hemos visto con la censura de proyectos artísticos disidentes, como el de Tentáculos del Poder, de la artista Ruth Flores; persecución a referentes y desaparición de centros culturales anticartistas, como La Chispa; prohibición de materiales con enfoque de género en la educación desde la Resolución Riera; denuncias contra organizaciones de derechos humanos, como con la promulgación de la Ley garrote; la falta de oportunidades para personas LGBTTIQ+, y la lista continúa.
El imperio broligarca y la emergencia de la womanosphere
La idea de que los ultraconservadores son la “verdadera minoría oprimida” me da un poco de gracia y sencillamente colisiona con la realidad. La táctica se suma a otras como relativizar consensos históricos y capitalizar el odio a las mujeres y diversidades, demonizar la participación política y básicamente antagonizar todo lo que involucre formar comunidad. Esto ocurre, desde ya, con el apoyo de una élite masculina o broligarquía -una estructura mediática, política y empresarial que está al frente de monopolios tecnológicos-.
El capitalismo neoliberal necesita cuerpos explotables para seguir funcionando. Entre los más vulnerables están los pibes que pasaron sus años clave de socialización en el encierro de la pandemia. Se trata de jóvenes precarizados que se sienten profundamente solos y encuentran refugio en las apuestas, Reddit, 4chan y otros foros misóginos de Internet. Así crece la manósfera, un ecosistema masculino dominado por discursos machistas, coaches de masculinidad, y un culto a la jerarquía y la virilidad tradicional.
Simultáneamente, millones de mujeres buscan contención en redes como TikTok, Instagram y YouTube que bombardean un universo de contenido hiperdirigido: “tradwives” o esposas tradicionales, influencers que promueven una feminidad conservadora que incluye maternidad full time, cocina, obediencia y “valores familiares”. A este fenómeno lo llaman “womanosphere”. Aunque en Paraguay no necesitamos un neologismo para hablar de mujeres antifeministas que defienden un único modelo de familia.
El rayo homosexualizador como relato
La senadora Lizarella Valiente dijo: “Los medios de comunicación forman parte de una gran estrategia. El mundo de la moda, la música, todo eso va involucrándose en el consciente colectivo (¿habrá querido decir inconsciente colectivo?) de nuestros niños, jóvenes y es así que vemos que la homosexualidad se puso de moda”. Lo que parece sugerir la senadora -si logramos, junto con ella, alguna vez interpretar lo que dice- es que cree en modelos de comunicación del siglo XX.
Me refiero a la teoría de la aguja hipodérmica (por cierto, refutada hace 85 años) que surgió post Primera Guerra Mundial, y sostiene que los medios masivos de comunicación inyectan sus discursos directamente en la mente del público, generando una reacción inmediata y uniforme, como si todos recibieran la información de la misma manera y sin cuestionarla. Esta idea se desarrolló en un momento en que la mass media despegaba y se empezaba a notar el poder de la propaganda política y la publicidad.
Pero estudios posteriores, como los de Lazarsfeld y Hovland (y luego otras decenas de científicos sociales), demostraron que la recepción de los mensajes mediáticos es mucho más compleja, mediada por factores sociales, psicológicos y contextuales y, por tanto, las personas no reaccionan igual ante un mismo mensaje, sino que interpretan, filtran, aceptan o rechazan según sus experiencias, creencias y entorno social.
Mientras que en una primera etapa, se consideraba que los efectos de los medios de comunicación masiva eran todopoderosos, inmediatos y planificados (finales siglo XIX hasta la década del 1940), en una segunda etapa, se sostuvo que los impactos eran limitados y moderados, de corto plazo y de refuerzo, más que de cambio de conducta o actitud (entre los años 50 y los 70). La tercera etapa –y, para muchos, la última- se basó en el efecto a largo plazo sobre la conducta social y la manera en que afecta a los individuos en su percepción de la realidad y la forma que interactúan con ella (a partir de la década de los 70).
En otras palabras, no porque veamos una película de acción vamos a salir a matar a media humanidad con un brazo de cyborg, ni porque reconozcamos la existencia de categorías analíticas científicamente demostradas, como el género en la educación, vamos a acabar con una superproducción de infancias homosexuales. Cuánta impunidad tiene esta gente para desinformar. De verdad todavía nos quieren hacer creer que uno se vuelve gay por contagio u ósmosis.
Por supuesto que también sé que ni Lizarella ni el resto de su bancada cree una palabra de lo que dice, pero estas teorías conspirativas disfrazadas de convicciones tienen poder porque se ejercen desde el poder y además cuentan con el apoyo de operadores políticos y medios aliados que legitiman prejuicios y violencias, habilitan climas de opinión donde el odio pasa a ser una “expresión de la libertad” y definen cuáles son los temas importan en la agenda.
En El orden del discurso, la clase que dictó en el Collège de France el filósofo e historiador Michel Foucault en 1970, habló de los discursos hegemónicos que sobrevivieron en la historia a través del ejercicio del poder. Según explicó, hay discursos que influyen tanto en la vida de los individuos que son capaces incidir sobre su libertad -como el discurso de la ley- y sobre su salud mental -como el de la medicina o la psiquiatría-. Pero ambos están supeditados a un poder más amplio que es el discurso de la razón y de la modernidad, del cual se desprenden los sucesos históricos.
Foucault fue abiertamente homosexual y estudió, por ejemplo, cómo el poder utilizó las prácticas sexuales consideradas perversas para controlar a comunidades históricamente marginalizadas. Él va a decir que el poder define qué discursos se imponen sobre otros, y es por esto que la subjetividad está configurada por los procesos históricos. Las minorías a las que se refiere -los presos, los enfermos, las disidencias sexuales, los migrantes, los jóvenes y las mujeres- fueron despojadas de la historia.
Está clarísimo que en la síntesis “Dios, patria y familia”, los militantes provida lograron acumular un enorme capital social, pero si estudiamos teorías de la comunicación no basta con exponernos a este eslogan para sumarnos a la ola antiderechos. El efecto es más lento, pero profundo y, en este caso, peligroso porque va, gradualmente, formando lo que el psicólogo social Serge Moscovici denominaba “representaciones sociales”.
Para las feministas, el desafío es doble: comprender los engranajes simbólicos de la ultraderecha y construir relatos alternativos donde la igualdad y la justicia social sean más que consignas. En el mes del orgullo bisexual, marika, torta, travesti, trans, no binarie, cuir, intersex, y a días de uno de los feminicidios más mediatizados del último tiempo, siento que necesitamos disputar sentido.
No hay receta. Pero ahora, más que nunca, creo que no podemos esperar que los discursos discriminatorios se diluyan solos. Si algo nos enseña la historia reciente es que los discursos de odio, cuando no se enfrentan, terminan anquilosándose en el poder y convirtiéndose en política de Estado.
Excelente artículo Juli!