*Por Mónica Bareiro @monibareiro
Voy a usar 900 palabras para hablar sobre los orgasmos que me di yo misma. ¿Habrá una forma de contabilizarlos? No creo, porque antes de ser consciente de que eso que pasaba cuando me tocaba con tanto gusto, tenía un nombre, ya hubo muchos. Soy una privilegiada.

“E” no lo era tanto, aprendió a masturbarse a los 32 años por impulso de un novio extranjero. Mi amiga “M” no lo hace porque le da asco, sí, le da asco su propio cuerpo heteronormativo… Nunca ninguna parte de mi cuerpo, incluso las partes menos normativas, me dio asco. Soy una privilegiada.
Como todo en la vida, con el tiempo fui perfeccionando mis técnicas o los rituales alrededor de tocarme, de sentirme, escucharme y correrme. Hoy, que vivo a pleno lo que considero “madurez sexual”, tengo la certeza de que no sería posible si no conociera tanto cada parte de mi cuerpo y su capacidad de respuesta a los estímulos. Masturbarme me ayudó a disfrutar más de mis momentos compartidos. Ese también es un privilegio.
Cuando mucha gente necesita un juguete, un estímulo externo o sentir con el corazón a otra persona para liberarse, fluir y gozar, para mí, masturbarme es una necesidad básica y natural, como tomar agua. Innegociable.
Como la mayoría de las personas de mi alrededor, no tuve educación sexual. Mucho de lo que sé, lo aprendí con la pornografía, leyendo, escuchando a mis compañeras, porque aunque no sea normal ni frecuente, puedo hablar de ello.
Fundamentalmente, soy una privilegiada porque nací en un país que a pesar de ser machista, no forma parte de los más de 30 estados en el mundo en los cuales todavía se practica la ablación genital femenina, una práctica brutal incentivada por la religión.
No creo “pecar” por mencionar la religión en este escrito porque es el mismo concepto, con diferentes etiquetas, el que prohibiendo, castigando u ocultando, se metió con el placer de millones de mujeres a lo largo de la historia y lo sigue haciendo. Hoy, tengo el privilegio de ser atea y libre de mandatos que puedan intentar meterse con mi placer, en cualquiera de sus formas.
También tengo el privilegio de haber nacido en esta época y no en el siglo XIX, en coincidencia con un tal Jean-Etienne Esquirol, psiquiatra y médico jefe del Hospital Salpêtrière de París, que clasificó la masturbación como trastorno mental. Recién en 1968 se eliminó esta horrible etiqueta, y en 1972 pasó a considerarse “normal” aunque el estigma, el sentimiento de culpa y la vergüenza perduren hasta hoy.
Las redes sociales y la posibilidad de crear comunidad y visibilidad, es otra de las ventajas de haber nacido en 1987, justo dos años antes de que cayera la dictadura de Alfredo Stroessner en Paraguay. Actualmente hay movimientos en redes sociales que brindan información clara, con lenguaje sencillo, sobre el placer femenino y una infinidad de temas más. No es algo banal, o exclusivamente banal, sino de acercar a las personas datos que históricamente nos habían restringido.

Y a pesar de que la política sigue, al igual que la religión, metiéndose con mis placeres y los de mis hermanas, mi autoplacer es algo que no me podrán quitar, es mi derecho, mi privilegio, mi ventaja, mi alegría… No necesito más que mis manos y a veces ni eso…
Podría hablar de las sensaciones, de los sonidos, de cómo mi mente se queda en blanco y me relajo o logro el ánimo necesario para enfrentar mi día de la mejor manera, pero no lo voy a hacer porque entiendo y acepto que la percepción de placer es para todas diferente.
No, no me enseñaron a masturbarme, no sé si mi mamá lo hizo, o si mis hermanas lo hacen, porque en casa no se habla de eso ni se dicen groserías, pero somos libres y yo soy privilegiada, independiente… libre.
Esto no va de ir de sobrada por la vida, va de ir consciente. Porque para disfrutar de la sexualidad, una de las bellezas más grandes de la vida, hay que estar conscientes, explorar, conocer y asumir: ningún placer que no haga daño a terceros, puede dar vergüenza.
Aunque no quisiera, no puedo omitir acá que absolutamente nada de lo arriba mencionado, se relacionó jamás con los hombres. Privilegiados entre privilegiados, nunca cuestionados. No tuvieron que luchar por su placer, ni una sola vez en la historia.
Podría dar datos, citar a mucha gente imprescindible para el placer que a lo largo de los siglos luchó por lo que hoy tenemos, pero escribir esto con mi corazón y mi mayor sentido común, también es un privilegio. Hoy lo uso en compensación a tantas voces que callaron, que murieron sin saber que el mejor elemento para el placer, ya lo traíamos integrado al nacer, porque sí, solo las mujeres tenemos clítoris, todo un enorme órgano con más de 8.000 terminaciones nerviosas cuyo único fin es darnos placer.
Hace unos años empecé a hacerme fotos desnuda y tiempo después, a trabajar en un ensayo fotográfico sobre el autoplacer. Expongo y comparto mi placer porque quiero, porque es parte de la persona que soy y porque ninguna mujer en el mundo debería avergonzarse por ello.
Así que sí, mi autoplacer es un privilegio, no pienso renunciar a él y acabo este texto aquí, porque mis orgasmos fueron y espero que sean millones más, pero 900 palabras es acá mismo.
Me ha encantado. Tierno, reivindicativo, concienciado, auténtico, amoroso, placentero.
Me llamo Motse, tengo 17 años. Gracias Moni por qué tu mensaje llego a mi en el dia justo