*Por Noelia Díaz Esquivel
Una ya no sabe si reír o llorar. No hablamos sólo de mediocridad, hablamos de una bajeza intelectual, ética y moral impresionante. Y lo peor es que son nuestras, nuestros legisladores, los que deberían marcar rumbo, los que tienen en sus manos uno de los poderes más importantes del Estado. Imagínense en manos de quién está nuestra democracia.
“Yo ahora me planté, porque no puede ser que no cobremos nuestro tañarandy… ocho millones de dólares… se van a repartir entre seis… van a pagar la cuenta de Nenecho…”, se escuchaba en la voz de la senadora Norma Aquino, alias Yamy Nal y el senador Javier “Chaqueñito” Vera. Así de burdos, así de impunes. Los audios los pillaban hablando de repartijas de una donación de Taiwán, mencionando a colegas colorados cartistas.
El escándalo terminó con su destitución, pero no nos engañemos: ella es apenas la cara visible de un sistema podrido hasta la raíz, donde los negocios turbios y las coimas se negocian como si fueran caramelos. Lo que hay que entender es que el problema no es solo Yamy Nal, el problema es la degradación completa de la institucionalidad democrática y representativa. Una busca palabras para describir la sensación de vivir en Paraguay en este momento y cuesta encontrarlas. Es demasiado grave.
Mientras tanto, ¿qué pasa afuera en la calle, en los barrios? Ciudades destrozadas como nuestra república, baches que parecen trincheras de guerra, hospitales donde sobrevivir es casi un milagro, una educación que no educa, salarios de hambre que no alcanzan para fin de mes, y encima la violencia constante contra mujeres, niñas, niños y adolescentes. Eso es lo que vivimos cada día mientras esta gente juega a hacer política como si fuera su circo privado. Repartiéndose maletines llenos de dinero que debería ser invertido en la gente, en nosotras y nosotros.
Probablemente lo mismo pensaban durante la dictadura: tanta podredumbre, tanto atropello, tanto descaro, y una preguntándose cómo seguir sin caer en la desesperanza. ¿Cómo se hace para no rendirse? ¿Cómo aportar para mejorar algo en medio de este desastre?
Tal vez ahí está la clave: hablarlo, pensarlo desde los feminismos, desde los espacios que construimos con dignidad, donde la solidaridad no es discurso vacío, sino práctica política diaria. Capaz no tenemos todas las respuestas, pero sí la certeza de que vamos a seguir denunciando, organizándonos y buscando salidas colectivas.
Porque si algo debería enseñarnos este momento es que la democracia no se defiende sola, y que mientras ellos la degradan, nosotras vamos a seguir sosteniendo la vida en medio del caos. No nos queda de otra.
Al menos eso espero, eso deseo.