Humanizar la política no es romantizarla

*Por Noelia Díaz Esquivel

 

La política te atraviesa entera: el cuerpo, la cabeza, el corazón. Y de eso quiero hablar hoy.

Hace días doy vueltas a estas ideas sin encontrar cómo empezar. No porque no tenga qué decir, sino porque todavía estoy procesando cómo me siento. En ese vaivén de pensamientos, hubo una frase que me quedó clavada, dicha por Johanna Ortega: hay que humanizar la política.

 

Para mí, humanizar la política es no tener miedo a sentir miedo. Es permitirse la alegría, la ansiedad, la rabia, la frustración, la culpa, el cansancio. Incluso la envidia. Sí, la envidia. Porque aunque una sea feminista y haga política desde convicciones profundas, también siente envidia. Y reconocerlo no nos debilita; nos vuelve honestas.

 

Humanizar la política es admitir que muchas veces sentimos que nunca es suficiente, sobre todo en un espacio que todavía sigue estando mayoritariamente controlado por hombres, aunque nosotras estemos dando una batalla feroz por transformarlo.

 

En esa misma línea, es motivo de  orgullo enorme ver hoy a mujeres valientes y capaces disputando lugares de poder que nos fueron negados durante siglos y a los que todavía accedemos muy pocas. Mujeres que no solo ocupan espacios, sino que los disputan entre ellas para alcanzar poder real. Y decir esto también es parte de humanizar la política.

 

Porque humanizar no es romantizar. Llegar al poder implica competencia, y eso está bien. Está bien discutir, polemizar, marcar diferencias, señalar fortalezas y debilidades, criticar, debatir ideas y propuestas. Lo que no podemos es perder el sur*.

 

Y el sur es claro: llegar a la cima para derrotar al partido de gobierno y, más aún, derrotar un sistema prebendario y corrupto de hacer política y administrar lo público. En este caso, nada menos que la capital de todas y todos los paraguayos: Asunción.

 

Johanna Ortega y Soledad Núñez no perdieron ese sur. Y en especial Johanna, diputada de País Solidario, dio una lección política enorme al reconocer, con dignidad y coherencia, a Soledad como candidata única de la oposición rumbo a la intendencia de Asunción. Incluso cuestionando el método de selección, honró el acuerdo de unidad. Eso también es hacer política en serio.

 

Las lecciones que dejan estas mujeres son profundas. Primero, la necesidad de construir acuerdos a pesar de las diferencias. Segundo —y todavía más importante—, respetarlos. Y tercero, entender que fue la coyuntura la que llevó a legitimar una candidatura mediante una encuesta, pero sin confundir herramientas con democracia.

 

La democracia no se define por una medición. La democracia es un sistema político y social donde la soberanía reside en el pueblo y se expresa a través del voto, del sufragio, de la participación real.

 

Ahora nos toca a nosotras y nosotros, como asuncenas y asuncenos, estar a la altura de ese esfuerzo. Honrar las renuncias que hicieron Johanna y Soledad. Acompañar la campaña de la candidata de la oposición. Trabajar en acuerdos claros de cogobernanza para que la oposición llegue unida y sólida, no solo a la intendencia, sino también con una Junta Municipal renovada, comprometida y capaz de impulsar las reformas urgentes que necesita la administración municipal y la vida digna que merecemos todas y todos.

 

Humanizar la política no es romantizarla. Es entender que, en el camino hacia la cima, nos atraviesa un huracán de emociones. Que está permitido —y a veces es necesario— llorar. Pero sin dejar de ser pragmáticas. Porque lo que queremos es llegar.

 

Sí, es muy difícil. Pero vale la pena.

 

 

 

*Sur: elegí usar el sur para señalar la meta como un gesto político y amoroso. Porque el horizonte también se construye desde acá, desde nuestros cuerpos, saberes y luchas. El sur no es periferia, sino dirección.

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