No fue solo una tragedia. Fue feminicidio. Y fue el patriarcado

    * Por Montserrat Valladares Lo que parecería la escena de una película de terror -secuestro, tentativa de aborto forzado, asesinato, quema y entierro del cuerpo frente a la casa del victimario- no es una ficción. Es Paraguay. Es 2025. Es otro capítulo de la serie “Paraguay, último bastión moral de Sudamérica”, donde la violencia estructural contra las mujeres y niñas se expresa con saña, y el Estado se mantiene en silencio o actúa como cómplice. El feminicidio de María Fernanda, adolescente de 17 años, no es un hecho aislado. Es la consecuencia directa de una sociedad moldeada por la misoginia, donde los cuerpos de las mujeres son territorios de control, castigo y disputa. En este país, el aborto es más escandaloso que un asesinato. En este país, se persigue a la propietaria de una farmacia por la venta de una pastilla anticonceptiva de emergencia, pero no se investiga con la misma urgencia a quienes secuestran, violentan y matan a una adolescente. Los medios no tardaron en llenar portadas con este caso. Pero lejos de aportar una mirada crítica, la mayoría eligió el camino del morbo, del escándalo y del detalle escabroso, como si el horror fuera un espectáculo para consumir. Se compartieron capturas de chats, fotos, nombres, suposiciones y partes de la autopsia sin ningún enfoque ético ni perspectiva de género. Se priorizó la violencia mediática por sobre la justicia y la dignidad de María Fernanda. Una vez más, los cuerpos de las mujeres, aún en la muerte, son expuestos, juzgados y mercantilizados para alimentar una narrativa que no interpela al sistema, sino que lo reafirma. ¿Dónde está la crítica al Estado que sigue sin políticas públicas integrales de prevención de la violencia basada en género? ¿Dónde está la protección real a niñas y adolescentes que viven en riesgo cotidiano? Mientras tanto, se estima que más de 30.000 abortos ocurren cada año en Paraguay, según una investigación realizada por el Centro Paraguayo de Estudios de Población (CEPEP), y ocurren en silencio, en la clandestinidad, lejos del acceso a derechos y cerca del peligro. Pero eso no conmueve. Lo que escandaliza es si alguien vendió o no una pastilla. La maquinaria mediática y judicial se mueve rápido para criminalizar a las mujeres, para montar una nueva cacería de brujas donde el aborto, real o imaginado, es la excusa perfecta para desatar una persecución moral. ¿Por qué es más fácil hablar de una supuesta amiga o de un fármaco que nombrar la estructura de violencia machista que permitió este crimen? Y mientras se repudia públicamente este hecho, una parte de la sociedad responde con la misma violencia que dice condenar. Lo vemos en los discursos de odio, en la necesidad de castigar con crueldad, de exhibir nombres, rostros y cuerpos como si el dolor ajeno fuera un espectáculo. Es la lógica del escarmiento, no de la justicia. Esta violencia es síntoma de una sociedad que, incapaz de mirar su propia complicidad con el sistema patriarcal, reproduce el horror bajo nuevas formas. La venganza no es justicia. El odio no repara. Y seguir culpando a las mujeres no salva vidas. María Fernanda fue asesinada por un sistema que sigue naturalizando el control, el castigo y la muerte sobre los cuerpos de las mujeres y niñas. Honrar su memoria es exigir políticas públicas reales de prevención, educación sexual integral, acceso a derechos reproductivos y justicia feminista. Porque el verdadero crimen es seguir viviendo en un país donde el horror se repite y se tolera en silencio.

Carta a mis hijas

*Por Noelia Díaz Esquivel   Impotencia Frustración Tristeza Miedo… ¡Y un profundo asco! Todos esos sentimientos se hacían bola en mi estómago y en mi corazón mientras escuchaba a la periodista Mabel Renhfeldt leer solo algunos de los más de 600 mensajes que, según la denuncia pública, un profesor de 53 años le enviaba a su alumna de 11 años.   Ni siquiera me atrevo a transcribir lo que este tipo le escribía, pero esos mensajes existieron y salieron del teléfono de esa bestia.    ¿Y qué hizo la justicia paraguaya? Lo absolvió y argumentó que todos esos mensajes eran “inofensivos”. El Tribunal de Sentencia de Villarrica, presidido por el juez Julio Alfonso e integrado por Víctor Ortigoza y Juan Ruiz Díaz, lo dejó en libertad.   Procesar semejante impunidad es más que un desafío y ni mi corazón de madre, ni mis pensamientos de una persona militante, pueden quedarse conformes. Yo, que siempre les enseñé a hablar, a decir no, a confiar en que si alguien les hace daño habría adultos responsables que las cuidarían. ¿Cómo puedo sentarme con ustedes y explicarles que no siempre es así? ¿cómo las protejo si el sistema que debería ampararlas elige proteger al verdugo?.   Porque no solo falló un hombre que ocupaba un lugar de poder frente a una niña. Falló el Estado hipócrita que habla de “Ministerio de la familia” mientras abandona a su suerte a las infancias. Falló la justicia que todavía se mide por “la cara del cliente”. Falló una sociedad que sigue siendo indulgente con los agresores y demasiado cruel con las víctimas.   Esta es una noticia que me encantaría ocultar, encerrar en una burbuja de amor, pasar por alto esta injusticia tan dolorosa, pero esta carta nace de un profundo dolor porque muchas veces en la vida necesitamos eso para pasar a una siguiente fase: la rabia. No la de venganza como en las películas, sino una rabia que nos obligue a actuar. A nosotras, a nuestras familias y a las de sus amigas. Luchar es la única forma de llegar a ese mundo que les prometí.   Mamá no es la única “loca” que sueña con un mundo justo y libre de violencias. No estamos solas, somos muchas las que seguimos luchando día a día por un país donde ninguna niña sea silenciada, abusada, violentada ni revictimizada. Donde el abuso no se tape, donde el miedo no gane, donde el derecho a una infancia feliz sea lo que verdaderamente valga. Las abrazo fuerte, hijas.   Aunque allá afuera todo sea tan duro, acá estoy yo, están las amigas, las tías, las abuelas para protegerlas, para creerles, para defenderlas. Y para recordarles que sí, sus voces importan. ¡Siempre!   Con todo mi amor,   Mamá.

Un ministerio para la familia… ¿Y las mujeres?

*Por Montserrat Valladares   Si algo nos enseñó la historia es que cada derecho conquistado costó lucha, organización y resistencia. Ahora, en nombre de “la familia”, nos quieren hacer retroceder décadas.   La creación de un Ministerio de la Familia que invisibiliza a las mujeres como sujetas de derechos no es casualidad, es parte de un proyecto que busca encajarnos de nuevo en la casa, atadas a roles tradicionales y alejadas de las políticas públicas que deberían garantizarnos autonomía, igualdad y libertad.     No es ingenuidad, es ideología. Cuando el Estado deja de nombrarnos, deja de reconocernos. Cuando en lugar de un Ministerio de la Mujer te ponen uno “de la Familia”, el mensaje es claro: la prioridad no son nuestros derechos, sino un modelo de sociedad donde quieren mantenernos relegadas al hogar, calladas y obedientes.   Nos venden todo esto como un avance, como una política “superadora”, pero lo que están haciendo es barrernos del mapa de las políticas públicas. Y no es un error, es una decisión política.   Nos quieren convencer de que la “familia” es el núcleo fundamental de la sociedad, pero se olvidan de que no todas las familias son iguales, de que hay maternidades forzadas, violencia machista, brechas económicas y un sinfín de desigualdades que no se resuelven con discursos vacíos sobre la unidad familiar.   ¿Dónde quedan las mujeres que no quieren o no pueden ser madres? ¿Qué atención tendrán las que escapan de hogares violentos? ¿Qué pasará con las que sostienen solas a sus hijos e hijas en un Estado que les da la espalda?.   Este ministerio no viene a garantizar derechos, viene a limitarnos en roles tradicionales. Nos quieren madres, esposas y cuidadoras, siempre disponibles, siempre postergadas. Nos corren del centro para ponernos como accesorio de “la familia”, como si no fuéramos personas con autonomía y necesidades propias.     Pero no nos van a borrar. Sabemos lo que sucede cuando el Estado deja de nombrarnos: significa menos presupuesto, menos protección, menos políticas para frenar la violencia y menos herramientas para la independencia económica.   Pero también sabemos que cada vez que intentaron encerrarnos en la casa, salimos a la calle a gritar que no vamos a retroceder.   Nos quieren invisibles, nos van a ver organizadas. Nos quieren calladas, nos van a escuchar en todas partes. ¡No vamos a permitir que nos arranquen lo que tanto costó conquistar!  

La traición de Abigail

Cuando vi la fotografía de Abigail, con sus brazos abiertos de cara al sol y ese ramo de flores con el que celebraba diciendo “Desde hoy soy Doctora en Educación”, no pude evitar que me lloviera el recuerdo agridulce de aquel día de su traición.   *Por: Vero Barreto   Ella es una mujer que creció en uno de los barrios más empobrecidos y vulnerabilizados de Asunción, el Bañado Sur. Mantenerse viva, sana o lúcida en contextos de problemáticas sociales agudas, requiere de por lo menos buena suerte, si no se cuenta con una gran capacidad de resiliencia, un entorno familiar unido, una red comunitaria con prácticas solidarias, y determinadas condiciones psicosociales para organizar la vida y proyectar un futuro.     Abigail tenía todo eso y formaba parte de un grupo de jóvenes con la suficiente rebeldía y osadía para autodenominarse Movimiento Revolucionario. En este grupo conocí a “Abi”, como la llamamos.   Este “movimiento” en realidad fue una organización bastante rígida que a su manera trabajó con personas del Bañado Sur, nos permitió sin embargo experimentar en común la rabia ante las injusticias, el dolor de la pobreza y la alegría en las pequeñas batallas ganadas.   Luego de mucho tiempo de trabajo comunitario, Abigail confesó que estaba dolida, en desacuerdo con ciertas prácticas del Movimiento y emocionalmente deshecha. Informó su decisión de iniciar una búsqueda de oportunidades de becas de estudio, y que en caso de ser beneficiada estaría fuera del país por algún tiempo.   Las primeras palabras que recuerdo luego de que Abigail tragara saliva y echara el aire en suspiro, fueron:  “Sos una traidora”.     Aunque los motivos personales de Abigail eran semejantes a los motivos de mis heridas y de otras mujeres presentes, heridas enraizadas en prácticas machistas y egoístas, la rigidez que mencioné antes no nos permitía dar opiniones individuales, o tan siquiera estallar en llanto. Así que no hubo buenos deseos para Abi, ni palabras de aliento, ni pedidos de perdón, ni expresión de cariño, o simplemente agradecimiento, nada de eso, solo un adiós frío y hostil, que señalaba su traición.   Abigail sin embargo no declinó en su decisión, y lo mejor de todo fue, que aquel acto de rebeldía con tan buen sabor, la agridulce traición se convirtió en un estímulo para mí, y para muchas otras que más tarde experimentamos nuestra propia liberación.    Así que, esta no es solo la historia de un éxito académico, es un capítulo brillante de la vida de una mujer que no se quedó prisionera de expectativas ajenas, ni de roles preestablecidos, ni de pronósticos superficiales por su lugar de origen. De hecho, no se quedó ni siquiera con el hombre que amaba, porque no se resignaba a nada ni nadie que la lastimara.   Su “traición” no fue un acto de egoísmo, sino de amor propio, de empoderamiento y determinación. Abigail descubrió una nueva lealtad, la que se ofrenda a sí misma, a sus ideales, a su esencial humanidad.   No fue nada fácil, Abigail no sólo proyectó su vida por sobre las dificultades materiales, sino que atravesó por situaciones dolorosas como el fallecimiento de su padre,  un golpe devastador, desengaños, la distancia de su familia, su casa, sus amigas y amigos, y otros obstáculos. Pero al poner como bandera al amor propio, ella potenció su fuerza interior, su capacidad de transformar el dolor en belleza. Su resiliencia se convirtió en su mayor fortaleza y su virtud en escudo.             Ahora deberían conocer la tesis doctoral de Abigail Vázquez, para entender en qué medida su virtud trasciende lo académico.   Este homenaje al empoderamiento, la resiliencia y el compromiso social de Abigail, es también para todas las “Mujeres Traidoras”, que se transforman en voces de aliento y en ejemplo para otras.     *Vero Barreto @verobarreto.song – Cantautora, Co-fundadora de Cancioneras Paraguayas, Investigadora en Mujeres Haciendo Eco. Gestora de Proyectos Culturales. Agente Copyright. Formación en Comunicación, Sociología y Psicología Jurídica.

Sabiduría para la acción climática

Las mujeres indígenas del Gran Chaco están transformando la lucha contra el cambio climático con su conocimiento y liderazgo. Desde Emancipa Paraguay, como parte del proyecto Voces por una Acción Climática Justa (VCA), trabajamos para amplificar sus voces y generar cambios reales, reconociendo el rol clave que tienen en la defensa de sus territorios y comunidades. A través del periodismo y la educación, apostamos por una comunicación feminista que desafíe desigualdades y construya puentes entre saberes locales y soluciones globales. Celebramos esta oportunidad de visibilizar la lucha de todas estas mujeres y reafirmamos nuestro compromiso de seguir creando espacios donde nosotras seamos protagonistas del cambio climático. Aquí mas info

Ante la censura: Sapukai

  📣Sapukái es nuestro grito colectivo, nuestra señal de alerta y nuestra declaración de resistencia. Es el eco de nuestras luchas por un mundo más justo, donde no solo nos defendemos de las violencias, sino que también celebramos la vida, creamos redes de apoyo y practicamos otros modos de cuidado. Luchamos por mejores condiciones para todas las personas, porque sabemos que el cambio no es solo para nosotras, sino para todas y todos. 💜🔥 ¡Las mujeres defendemos nuestras voces! *Sapukai (palabra en guaraní que significa grito)  

Sapukai contra la mafia

  📣Nos negamos a retroceder, nos negamos a callar. Más que nunca que resuene nuestro Sapukai colectivo! 🔥 ¡Este #8m las mujeres defendemos nuestras voces!🗣️💜 #sapukai #ContraLaMafia #8M #Paraguay #juntas

Marchar, desde la perspectiva de una criada

La supresión de los derechos de las mujeres y diversidades en un contexto de esclavitud atraviesa la trama de El cuento de la criada y nuestra intervención en la última marcha feminista. En un ejercicio polìtico de narrar(nos) y visibilizar las amenazas y resistencias, nos convertimos en criadas. Juliana Quintana Pavlicich*   «Es un poco como morir», pienso mientras avanzo en fila hacia el interior de la plaza Uruguaya. Envuelta en una túnica roja, siento cómo el calor violento de las 18:30 chamusca mi piel. La gorra nos impide mirarnos entre nosotras, y ese es un factor no menor que introduce la escritora canadiense Margaret Atwood en  El cuento de la criada, la novela sobre la que nos basamos para una intervención el último 25 de noviembre.    Las indicaciones son claras: hay que sostener al personaje durante toda marcha. Desde ese momento, el silencio reina entre nosotras. No es muy difícil imaginarnos que vivimos en Gilead, un régimen fundamentalista cristiano que, durante una “crisis de fertilidad” (de las preocupaciones más grandes de los gobiernos provida y las tecno-oligarquías ahora mismo), tomó el poder, militarizó el país y organizó a las mujeres en un sistema de castas. Nosotras, las criadas, somos mujeres fértiles elegidas para ser sometidas a violaciones sistemáticas orquestadas por el Estado. Cuando demos a luz, esos niñes no serán nuestros sino del régimen.    Apocalípticas, exageradas, trágicas. Podrán decir. Pero El cuento de la criada fue publicado en 1985, cuando grupos conservadores fueron detrás de las conquistas de las feministas de la segunda ola. El movimiento anglosajón exigió derechos políticos para las mujeres desde inicios de 1960, entre ellos, el sufragio femenino. En Estados Unidos, las reivindicaciones se centraban en la sexualidad (derecho al aborto, acceso a anticonceptivos y educación sexual), el trabajo (equidad salarial y valoración del trabajo doméstico), y la participación en el espacio público.      Hay una belleza en permanecer inmóvil y en silencio por mucho tiempo. Los pensamientos comienzan a escucharse en voz alta. Parece tonto, pero mientras que aguardamos paradas la señal para formar filas me pregunto cuándo fue la última vez que abandoné mi teléfono por tanto tiempo. O cuándo fue la última vez que cerré los ojos y dejé que los sonidos del entorno se dibujen en mi mente. Pájaros, saludos, gritos. Tambores, aplausos, risas. Un roce de telas, una tos aislada.   Debajo de la gorra, el mundo se reduce a una franja estrecha: zuecos, championes, zapatillas, sandalias, tatuajes de nuestras amigas, pelos sí, pelos no, pies descalzos, algunos muy chiquititos, pies que frenan para mirar o sacarnos una foto. Gotas gruesas me caen de la frente y se escurren por mi pelo. De pronto, una brisa. Y aunque no puedo verla, sé que es Angie Stirling poniendo la mirada donde nadie más ve. Luego, la voz de Moni Encina: «¡Amigas, nos movemos!». Las criadas de Atwood no tenían compañeras que les soplaran con un abanico ni que las guiaran para evitar que se tropiecen.    Lo colectivo cobra un nuevo sentido. El suelo es irregular pero confiamos en la pisada de la compañera que tenemos al frente. Cuando ella frena, vos frenás, cuando ella dobla, vos doblás. No hay más. No hay alrededor. No hay horizonte. En algún momento, la marcha se convierte en un flujo colectivo, un organismo extraño donde no existen nombres ni rostros. Muches pensaron que éramos un grupo provida tratando de sabotear la marcha. Qué genialidad la de Atwood al imaginarse el despojo de la identidad hecha traje.      Un aspecto clave de la novela es que las mujeres no tienen derecho a leer ni escribir. Ni siquiera las mujeres poderosas como Serena Joy, quien solía ser una académica antes de Gilead. Por eso, (voy a spoilear un poco acá) el lenguaje es tan importante en la historia. La primera vez que aparece una señal de rebeldía entre las criadas es cuando Offred, la protagonista, encuentra una inscripción dentro del placard.    Nolite Te Bastardes Carborundorum. Esta frase que aparece como un mensaje del pasado y se convierte en leitmotiv del inicio de una desobediencia, la antesala de una revolución, un signo de esperanzas para otras criadas que todavía ignoran su fuerza emancipadora. La idea de hacer un llamado a través de una frase evoca la práctica de grupos subversivos que dejaban mensajes políticos en dictadura en textos encriptados o códigos.    Durante la dictadura militar argentina -que, entre paréntesis, inspiró varias dimensiones del libro de Atwood, como la apropiación de bebés y las torturas en los centros clandestinos de detención- se prohibieron centenares de bandas y artistas. Entre ellos, Suis Generis, Pescado Rabioso, Los Gatos, Pedro y Pablo, León Gieco, Mercedes Sosa, María Elena Walsh, que marcaron a toda una juventud. Por eso, también, las canciones comenzaron a sonar como poesía.    Las cartas de las criadas nacieron con ese espíritu. El de documentar las penumbras del encierro y la tortura, expresar una nostalgia por los derechos arrebatados, archivar en la memoria histórica los crímenes que se perpetraban contra ellas (no sin la complicidad de otras mujeres que se encontraban también oprimidas pero en una situación de privilegio).    En la marcha, hicimos un guiño a ese momento. Distribuimos mensajes evocando la palabra para exponer el borramiento de nuestras subjetividades y el riesgo a perder nuestros derechos conquistados en un contexto de avanzada fascista en el país. Atwood confirma nuestras predicciones cuando explica que El cuento de la criada es una “ficción especulativa”, un género literario que teoriza sobre futuros posibles.    Solo para ponernos en perspectiva, este año, la ONU recomendó a Paraguay despenalizar el aborto en todas las circunstancias y garantizar servicios seguros y de calidad para adolescentes. También pidió que se garantice el reconocimiento legal de la identidad de género para niñes y adolescentes trans, y adoptar la educación en género como parte obligatoria del currículo escolar.    Por supuesto que el gobierno desoyó estas recomendaciones e invocó a la narrativa de defensa de la soberanía paraSeguir leyendo “Marchar, desde la perspectiva de una criada”

Feminismo y resistencia: la historia de una publicista que se convirtió en lideresa sindical

Cuando parecía que la vida laboral le cerraba las puertas, Angélica Salgado encontró nuevos caminos para reinventarse. Pasó de ser publicista a liderar un sindicato en una plataforma digital, abriéndose paso en el sindicalismo y el feminismo. Su historia inspira y demuestra que nunca es tarde para transformar la realidad.   *Por Noelia Díaz Esquivel   Angélica Salgado (52) es chilena, nunca imaginó que, a los 45 años la vida la obligaría a empezar de nuevo. Publicista de profesión, trabajó durante años en el mundo corporativo, rodeada de equipos que describió como “maravillosos”. Sin embargo, un día fue despedida, enfrentándose a una dura realidad: su edad se había convertido en una barrera para seguir trabajando en publicidad. «Era una señora, y eso en mi rubro significa que ya no tienes cabida. Me quedé sin empleo siendo madre soltera, con tres hijos que dependían de mí. Fue un golpe durísimo, pero también un punto de partida», recuerda. Fue entonces cuando un anuncio en redes sociales llamó su atención. La plataforma Cornershop buscaba personas con automóvil y tiempo libre para trabajar como choppers, encargados de hacer compras en supermercados y entregarlas a domicilio. «Pensé: ‘Yo puedo hacer esto’. Así comencé en un trabajo que parecía temporal, pero que terminó marcando mi vida de maneras que nunca imaginé», cuenta.   En ese entorno laboral, surgió la oportunidad de reactivar el sindicato de la empresa. Aunque inicialmente participó como una figura de apoyo, Angélica terminó siendo elegida presidenta. «Fue inesperado. Yo siempre había defendido mis derechos laborales, pero nunca había pensado en liderar un sindicato. Sin embargo, una vez ahí, entendí que era un espacio que había que ocupar para hacer los cambios necesarios», explica con convicción.   Su trabajo sindical no solo la llevó a negociar mejores condiciones para los trabajadores, como el acceso a agua potable, tiempos de descanso y protección contra el exceso de carga física, sino que también fortaleció su identidad como feminista. «Llegar al feminismo fue un proceso que lo inicié con mi hija. Con el tiempo entendí que también en el sindicalismo las mujeres enfrentamos barreras y muchas veces no somos escuchadas. Por eso es tan importante que nos involucremos y disputemos estos espacios. Permanecer es difícil, pero imprescindible para que las cosas cambien», reflexiona.   Para Angélica, el feminismo es una herramienta clave para transformar no solo las condiciones laborales de las mujeres, sino también la percepción de su rol en la sociedad. «Muchas veces se nos dice que no podemos o que no sabemos lo suficiente. Pero estar ahí, sentadas en la mesa de negociación, es la forma de demostrar que sí podemos, que sí sabemos. Y cuando logramos cambios, esos logros benefician a todas las que vienen detrás», continúa.   Hoy, Angélica mira hacia atrás con orgullo. Su historia es la de una mujer que no solo se reinventó, sino que encontró en el sindicalismo y el feminismo una manera de luchar por una realidad más justa. «No importa la edad ni las dificultades, siempre hay algo que podemos hacer para mejorar las cosas. Si queremos una sociedad más equitativa, tenemos que involucrarnos, ocupar los espacios y alzar la voz. Es difícil, pero absolutamente necesario», dice con convicción.   Hoy Angelica Salgado es Consejera Nacional CUT Chile, fundadora de la Secretaria de Nuevas Formas de Trabajo de la CUT y Presidenta del Sindicato Cornershop, único sindicato in house de Uber Global, su vida es un recordatorio de que los desafíos pueden convertirse en oportunidades y que, aunque el camino no sea fácil, la transformación personal y social puede ser posible.   «Y mi sueño es hacerle entender a los 44.400 y tantos trabajadores de Uber que ellos también pueden organizarse», concluye.

Cada derecho que hoy tenemos es la victoria de miles que no se rindieron

20 años de lucha por el aborto, derechos sexuales y reproductivos en Colombia, una cronología   Por: Ana María Quintero El reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en Colombia ha sido un proceso largo y lleno de obstáculos. Durante décadas, los intentos de despenalizar el aborto en el ámbito legislativo se enfrentaron a constantes impedimentos.   En 1975, el senador liberal Iván López Botero presentó un proyecto de ley que permitía la interrupción del embarazo de hasta 12 semanas en casos como riesgo para la vida de la madre o la existencia de una enfermedad incurable en el feto. La propuesta incluía restricciones de edad y requería autorización judicial o del esposo para mujeres casadas. Sin embargo, la iniciativa no prosperó.   Cuatro años después, en 1979 la senadora Consuelo Lleras del partido Liberal presentó el proyecto de ley “para la salud y la vida de las mujeres que habitan en Colombia”, el cual proponía la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) dentro de las 12 semanas bajo tres causales: violación, riesgo para la vida o salud de la mujer, o malformación fetal. Esta propuesta, al igual que la anterior, tampoco tuvo éxito. Proyectos similares también fracasaron, como el de 1989, impulsado por el senador Emilio Urrea, dos intentos en 1993 por Ana Pechthalt y Vera Grabe, y por último, en 1995 por la senadora Piedad Córdoba.    A pesar de los múltiples intentos de reforma, a inicios del siglo XXI, las mujeres que optaban por abortar o permitían que otra lo hiciera seguían enfrentándose a penas de 1 a 3 años de prisión. Además, quien provocara un aborto en una menor de 14 años enfrentaría penas de 4 a 10 años de cárcel. Estas leyes reflejaban un Estado y una sociedad que trataba como criminales a las mujeres que no deseaban ser madres y que decidían sobre sus cuerpos, sin garantía alguna de sus derechos sexuales y reproductivos.   A raíz de esto, la abogada Mónica Roa, junto con otras ciudadanas, presentó una demanda ante la Corte Constitucional cuestionando la inconstitucionalidad de los artículos 122, 123, 124 y el numeral 7 del Código Penal (Ley 599 de 2000). Fue así como, el 10 de mayo de 2006, la Corte despenalizó el aborto bajo tres causales: violación, riesgo para la salud o la vida de la mujer, e incompatibilidad del feto con la vida fuera del útero. En línea con el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos, la protección laboral de las mujeres embarazadas también ha sido un aspecto clave. Una mujer embarazada fue separada de su cargo provisional en la Rama Judicial; ante esto, interpuso una acción de tutela en la que la Corte Constitucional falló a su favor. Esta reconoce que las mujeres embarazadas deben recibir protección laboral especial y no pueden ser objeto de ningún tipo de discriminación, independientemente de si ejercen un cargo público o privado o si su cargo es de carrera administrativa o provisional. Asimismo, la Corte ha actuado como garante en la protección y el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y niñas en Colombia. Un ejemplo de esto se presentó en el 2008, al reconocer el derecho de una niña de 13 años, que fue violada, a interrumpir su embarazo. En su fallo, reiteró que la objeción de conciencia médica no puede ser un obstáculo para el ejercicio de los derechos de las mujeres y las niñas.   Además, en el 2009, reafirma el derecho de todas las mujeres, incluidas las menores de edad, a acceder a servicios legales de aborto y recalca que la objeción de conciencia es individual y no puede ser ni judicial ni institucional.También establece que los servicios legales de aborto deben garantizarse en todo el país.   Por otra parte, en el 2012, la Comisión de Regulación en Salud, del Ministerio de Salud, incluyó el misoprostol, medicamento esencial en ginecología y obstetricia, dentro del plan de beneficios del POS (Plan Obligatorio de Salud). La cual se alinea con la decisión de la Corte Constitucional en la Sentencia C-754/2015, que establece que los prestadores de salud deben brindar los servicios necesarios para la recuperación física y mental de las victimas de violencia sexual, incluido el aborto.   En relación con la protección de los derechos de las mujeres, el Tribunal Superior de Medellín condenó a lideres de grupos armados por obligar a las mujeres de sus filas a abortar, y afirmó que el aborto forzado vulnera los derechos fundamentales de las mujeres y se considera un crimen de guerra. En el 2017, el Congreso de la República extiende la licencia de maternidad remunerada de 14 a 18 semanas,  lo que representa un respaldo del Estado al desarrollo profesional y materno de las mujeres en Colombia, además de favorecer la salud física y mental de las madres y los recién nacidos. En 2018, la Corte ordena eliminar las barreras que dificultan el acceso al aborto en Colombia, reconociendo que estas siguen afectando, sobre todo, a las mujeres más pobres y de zonas rurales. Además, establece sanciones a EPS e IPS que no presten el servicio oportunamente.   Dos años después, en el 2020, el movimiento Causa Justa interpuso una demanda en la Corte Constitucional con el objetivo de eliminar el delito de aborto en el Código Penal colombiano, buscando que se reconociera el aborto como un derecho fundamental y no parcial. Debido a que la sentencia C-355 de 2006 seguia imponiendo barreras para las mujeres que deseaban acceder a un aborto seguro, lo cual ponía en riesgo su vida y salud.  Finalmente, el 21 de febrero de 2022, la Corte Constitucional emite un fallo histórico para los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, despenalizando el aborto hasta la semana 24, posterior a este tiempo aplica la sentencia C-355 de 2006 bajo las tres causales. Permitiendo a mujeres, niñas, hombres trans y persons no binarias a interrumpir voluntariamente su embarazo sin riesgo de enfrentar sanciones penales.    En septiembre deSeguir leyendo “Cada derecho que hoy tenemos es la victoria de miles que no se rindieron”

Observatorio del Sur: generar conocimiento más allá de la academia para sumar derechos e igualdad

Mientras en Paraguay se deja sin fondos a la investigación científica, se profundiza la línea discursiva y política de no reconocimiento de los derechos de mujeres y de personas LGTBI y se atropellan conquistas sociales, organizaciones del sur del país, comprometidas con la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, trabajan por la generación de conocimiento con perspectiva de género. Entre la academia y la sociedad civil, articulan esfuerzos para transformar nuestras realidades. *Por Julieta Gamarra La producción de conocimiento es, en Paraguay, una necesidad constante. Se trata de un ámbito históricamente desfinanciado, poco impulsado desde las políticas públicas, cuyo desarrollo muchas veces se encuentra acotado en espacios académicos centralizados. Con esta realidad en mente, la organización Kuña Róga de Encarnación elaboró el proyecto “Sumamos Derechos, Sumamos Igualdad”, una iniciativa conjunta con la Asociación de Investigación y Especialización sobre Temas Latinoamericanos (AIETI) y el financiamiento de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), que tiene como objetivo fortalecer las organizaciones de la sociedad civil y las instituciones públicas para el logro de derechos e igualdad de las mujeres y juventudes de cinco departamentos del sur del país: Itapúa, Ñeembucú, Misiones, Caazapá y Guairá. Como parte de sus actividades, el proyecto estableció la creación del Observatorio del Sur sobre igualdad de género, una iniciativa pionera que aglutina a tres universidades públicas: la Universidad Nacional de Itapúa, la Universidad Nacional de Pilar y la Universidad Nacional de Villarrica del Espíritu Santo.              Este Observatorio se estableció a partir de la firma de convenios con las instituciones y el trabajo intensivo a través del área de extensión, con docentes y estudiantes de las tres universidades. A través de encuentros y talleres, se desarrollaron los principales ejes de trabajo del Observatorio: participación política de las mujeres, derecho a una vida libre de violencia e institucionalidad y políticas públicas. Participaron docentes y estudiantes de las carreras de Derecho, Trabajo Social, Relaciones Internacionales y Economía. Si bien en el Observatorio es posible encontrar información de alcance nacional, se hizo un especial hincapié en generar datos y reflexiones a partir de las realidades de los cinco departamentos que abarca el proyecto. Esta decisión se basa en la necesidad de generar conocimiento que integre la perspectiva de género con una mirada local. Así, se espera que el Observatorio no sea solo una fuente de consulta para el ámbito académico, sino también para la ciudadanía en general y para las instituciones públicas, que pueden tomar los hallazgos para generar más conocimiento e inclusive exigir o proponer la implementación de políticas públicas de acuerdo a las problemáticas detectadas. Los ejes se encuentran plasmados con gráficos interactivos que facilitan la comparación de datos entre departamentos, el análisis de diferentes años y la visibilización de la desigualdad de género. Además, se encuentran publicados los informes cualitativos realizados por los equipos de las universidades. Además de esta sección, el Observatorio cuenta con una biblioteca donde se pueden encontrar en formato digital y descargable tres guías de formación con perspectiva de género y cuatro investigaciones enfocadas en visibilizar los derechos de las mujeres: “Rompiendo el ciclo: diagnóstico sobre violencia basada en género en los departamentos del sur del Paraguay”, de Hugo Valiente. “Fronteras vulnerables: investigación sobre la trata de mujeres en Paraguay y el corredor Encarnación – Posadas”, de Alejandra Mendoza, Ivonne Aristizábal, Paola Gayoso y Analía Rojas. “Género y juventud en las políticas públicas. Lecciones aprendidas de la experiencia local en el sur de Paraguay”, de Walter Morínigo y Belén Leguizamón. “Género en la política: una mirada regional”. Análisis de la participación y representación política de las mujeres en las Elecciones Generales 2023”, de Isolina Centeno Ubeda. Estas investigaciones fueron oficialmente presentadas en las tres universidades y también en instituciones como el Ministerio de la Mujer, gobernaciones y municipalidades, con el objetivo de que sirvan como un aporte diagnóstico para la elaboración de políticas públicas. El Observatorio busca ser un sitio dinámico y en permanente actualización, ligado a la coyuntura y la realidad del país. Por ello, en el marco de las Elecciones del 2023 se realizó un monitoreo de medios que tuvo como objetivo analizar la manera en que las mujeres políticas eran representadas en las noticias. Para este trabajo se sumaron estudiantes de las carreras de comunicación de la UNP, la UNVES y la UCI. Los resultados se encuentran también disponibles online. Kuña Róga es una organización feminista histórica del sur del país, que en el 2023 cumplió 25 años de trayectoria trabajando por los derechos de las mujeres en relación a la violencia de género, la participación política, los derechos sexuales y derechos reproductivos, la autonomía económica y la comunicación. A través del proyecto “Sumamos Derechos, Sumamos Igualdad”, puso en agenda la importancia de la articulación de la academia, la sociedad civil y las instituciones públicas para el logro de una igualdad real y sustantiva.  El Observatorio del Sur sobre igualdad de género, a contramano de las políticas del gobierno que persigue la no producción de conocimiento recortando recursos para la investigación científica, ahora continuará ampliándose de la mano de las universidades y continuará sumando información, visibilizando la situación de las mujeres en Paraguay y proponiendo la construcción de conocimiento como una herramienta de poder para transformar la realidad injusta en la que viven millones de mujeres. Te invitamos a conocerlo: www.observatoriodelsur.org   *Julieta Gamarra es integrante del equipo técnico del proyecto “Sumamos Derechos, Sumamos Igualdad

Robotik 8. M

  📍En el mes de la Mujer Trabajadora te presentamos 🤖 “La Robotik 8.M”, ella hace de todo: cuida, lava la ropa y los cubiertos, limpia, plancha, cocina y nunca se cansa… bueeeno casi nunca 🥴   💬 Con esta obra teatral te invitamos a pensar en todo lo que implica hacerse cargo de las tareas domésticas, trabajo que generalmente recae sobre las mujeres.   🤜🏽🤛🏼 Éste mes es una oportunidad para que recuperemos el sentido del ser hechakuaa desde nuestra propia casa y distribuirnos el trabajo. Eso también es mucho, mucho amor. ♥️   ¡Todas y todos podemos colaborar porque amar es ser hechakuaa!   *Hechakuaa: darse cuenta.   🎬 Ficha técnica Dirección: Paty Galeano y Christian Olmedo Actrices: Celina Fernandez y Joycie Di Tore Dramaturgia: Christian Olmedo Producción general: Plumaverde teatro Cámara 1: Alegría González Cámara 2 y post-producción: Noe Armele  

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