La memoria histórica también se siembra

* Por Fátima Regina Morínigo

¿Cómo le contamos a las niñeces lo que significa la memoria histórica?

¿Es correcto? ¿Desde qué lugar y dónde se cuenta?

En el mes de febrero, al planificar las actividades pedagógicas anuales, estas y muchas otras interrogantes acompañaron el proceso de pensar en el desarrollo de la “Salida pedagógica” con estudiantes sordos y sordas.

 

El disfrute de la lectura, el acceso a libros adaptados en formatos accesibles para la niñez sorda y la disponibilidad de recursos bibliográficos adaptados en los espacios públicos son realidades que se gestionan desde el aula mientras se acompañan a las familias que tampoco pueden acceder a estos recursos, sea por cuestiones sociales, económicas o por las mismas barreras comunicacionales existentes en el acceso a la lengua de señas paraguaya.

 

Y ahí, los libros como puentes de conexión fueron el camino seleccionado para materializar la experiencia de conocer un lugar y un hecho histórico disfrutando de la lectura con materiales adaptados y realizando los ajustes razonables necesarios.

 

Pero ¿cómo le contamos a las niñeces lo que significa la memoria histórica?, ¿es correcto?

 

Si pensamos a la memoria desde su rol, el de ser la función cognitiva y cerebral que le permite al organismo codificar, almacenar y recuperar información del pasado, la memoria está presente en cada persona de manera diaria desde que existe como persona.

 

Cada niña y cada niño, tiene una memoria, personal e individual y que además, desde los procesos vinculados a la educación, es la base del aprendizaje resultando esencial para la adaptación e incluso la identidad personal. Esa memoria le permite aprender día a día, le conecta con una comunidad que está formada por otras personas como ella y como él, que a su vez tiene una memoria individual y que en la convivencia con los demás forjan una memoria colectiva.

 

Una memoria que se construyó desde diversos lazos que fueron entretejiendo un entramado diverso, cargado de elementos sociales, culturales, económicos y políticos también diversos.

 

Una memoria acompañada de miedos, de esperanzas, de dudas y de violencias. Que repite miradas paternalistas o autoritarias, que nació desde ese Adultocentrismo que ve a las niñeces como objetos de cuidado solamente y no como sujetos con dignidad y derechos.

 

Una memoria que se acostumbró a ver a la discapacidad desde el capacitismo naturalizado, donde la lástima se transforma en deshumanización, en infantilización, en constantes “tomar la voz” de la niñez, encima, una en situación de discapacidad y que literalmente “no tiene voz” porque el entorno le somete a una privación lingüística tal, que le niega el derecho al acceso a la lengua de señas, su lengua natural.

 

El aula se convirtió, incluso para las propias educadoras en el laboratorio de experimentación de materiales didácticos adaptados: informes de Verdad y Justicia, libros de textos y de comics, presentaciones y videos con explicaciones y señas y un trabajo coordinado entre educadoras sordas y oyentes hizo posible la comprensión de aspectos teóricos vinculados a la memoria histórica que decidimos abordar.

 

Esa memoria es el esfuerzo consciente de una comunidad por rescatar, valorar y conservar los recuerdos de su pasado, especialmente de hechos traumáticos, injusticias, dictaduras, para dar voz a las víctimas, buscar la verdad y evitar que se repitan los errores.

 

Una memoria que vulnera día a día a quienes transitan por las aulas, que está presente en las prácticas áulicas, en la cultura institucional, en el chake a la diferencia, en el chake a lo diverso, en el chake a la innovación.

 

Y una memoria histórica que además se inserta, se intersecciona y acompaña a la niñez sorda como parte de una comunidad que resiste a años y años de vulneración y atropello de sus derechos lingüísticos.

 

Por eso y por mucho más: Sí, sí era correcto habilitar, aproximarnos a conocer, signar, hablar y reflexionar sobre la memoria histórica.

 

Pero ¿Desde qué lugar y dónde se cuenta?.

 

Desde qué lugar de enunciación se narra “eso que duró tantos años”, eso que al nombrarlo genera distancias, eso que al nombrarlo sigue sembrando miedo, eso que causó tanto daño por tanto tiempo, eso que aún persiste en las prácticas autoritarias, del cual no conocemos “su seña” particular por no usarlo corrientemente.

 

Con la niñez sorda no podemos hablar de la Dictadura más larga de América Latina, la Dictadura de Stroessner en Paraguay sin referirnos a los lugares y a los hechos atroces que ocurrieron, la niñez sorda aprende de manera visogestual pues es su canal de acceso a la información, pero cómo “cuidamos” lo que mostramos, cómo nos acercamos a eso atroz sin quedarnos solo en el dolor que generó el daño? Y dónde colocamos lo que después de eso nazca del corazón? ¿Dónde guardamos lo que sentí/pensamos de lo que vimos?

 

Ahí emerge una fisura pequeña de esperanza, que nace de la posibilidad de hacer comunidad con quienes defienden los derechos humanos.

 

La plaza de los (las y les) desaparecidos (desaparecidas y desaparecides) sería el punto de encuentro, el contramonumento de Stroessner, los árboles y los nombres de las personas encontradas serían la ruta y el itinerario. Las personas: familiares, víctimas y sobrevivientes serían quienes compartan un encuentro con la niñez sorda, sus familias y educadoras, un encuentro donde recordar lo desarrollado en aula, donde preguntar en lengua de señas, donde narrar la historia en primera persona, donde abrazarnos, sentarnos bajo el árbol a compartir la merienda sería la excusa de hacer puentes para sembrar esa memoria histórica colectiva.

 

Y así fue, en un espacio de compartir con Celsa Ramírez, Rogelio Goiburu y Nestor Vera pudimos aproximarnos a la memoria individual de ellas y ellos, pudimos posicionarnos como personas individuales y como personas miembros de una comunidad: familiar, educativa, sorda a conocer, reconocer y construir esa memoria histórica colectiva.

 

Los aprendizajes fueron abundantes y diversos: desde vencer el miedo (¿se puede hacer esto?), pasando por conocer nuestra propia memoria individual como familias (tiene mi mismo apellido, era una niña cuando le pasó), como educadoras (yo no sabía eso, no le conocía a él), transitando hacia cómo haremos el encuentro (jamás hicimos algo así en la Plaza), los ajustes que realizaremos (¿será que tendremos intérpretes de lengua de señas? ¿Y el bus, como lo conseguimos?).

 

Pero el más grande de todos los aprendizajes fue sentir la posibilidad de que el espacio físico sanador, ese espacio público que conecta, que se toma como escenario de aprendizaje cobijo de manera intergeneracional e interseccional a una belleza de diversidad que con solo estar hizo mucho ruido abriendo grietas más profundas en la apatía social que nos quieren instalar para adormecer la memoria colectiva.

 

“La memoria histórica también se signa” era el nombre del Proyecto, y tenía como desafío el poder aprender en lengua de señas paraguaya sobre ese pasado que no queremos que se vuelva a repetir nunca más, por eso, al terminar el recorrido se entregaron semillas de árboles nativos porque “la memoria histórica también se siembra”.

 

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